7. Chapter 7
Medianoche
Mi abrigo de salamandra y el brillo mercurial de Ithalen relucían y resplandecían mientras yo permanecía en mitad del camino de tierra apenas iluminado que conducía al núcleo de Satau.
Una única lámpara de gas, encaramada en lo alto de un gran poste de madera, proporcionaba la única fuente de luz adicional.
Era una noche oscura. No había estrellas ni luna en el cielo.
Solo nubes y una abrumadora sensación de amenaza que saturaba el aire.
La sabana se extendía oscura a las afueras de Satau. Podía albergar muchos horrores. Mucho peores que leones, zombis y serpientes. El Continente Oscuro no dejaba de engendrar nuevos terrores con los que atormentar a sus habitantes. Aun así, perseverábamos. Siempre lo hacíamos.
Candace permanecía serena a mi lado. Ya se le había pasado la borrachera.
El aire frío ayudaba. Sostenía un libro de hechizos en una mano y llevaba una mochila llena de muchos otros.
Tenía la hoja Necro envainada al costado.
Había sido mi viejo wakizashi encantado.
El Nuevo Señor Necro lo había utilizado para cometer muchas atrocidades, entre ellas asesinar a mis amigos.
Yo no quería usarlo. Pero lo justo era que lo utilizara la única y verdadera Necroseñora.
Brett mantenía la calma mientras revisaba sus armas al otro lado de mí.
Tenía un rifle preparado. El FN que llevaba su nuevo amigo.
Prestado. Llevaba la escopeta colgada a la espalda y dos pistolas enfundadas a los costados.
En el suelo había una bolsa de viaje llena de armas y munición. Estaba preparado para cualquier cosa.
—Se acerca algo —susurró Treth, apareciendo justo a mi lado. Desenvainó su espada espectral y preparó el escudo.
Por lo general, oía a los no muertos antes de verlos. Pero la noche permanecía en silencio. Silenciosa incluso cuando dos ojos azules, fríos como el hielo, nos observaron desde aquella negrura de tinta.
Brett sacó una bengala del bolsillo del chaleco y se dispuso a lanzarla.
Los ojos se acercaron. Cada vez más. Y, conforme avanzaba, la criatura abrió la boca resplandeciente. Una sustancia roja y luminiscente goteó de sus fauces y desapareció en la Oscuridad.
Brett activó la bengala y la lanzó. La intensa luz roja surcó la oscuridad y aterrizó justo a los pies de lo que, a primera vista, solo podía describir como una monstruosidad.
Se detuvo cuando la bengala cayó cerca. Ninguno de nosotros dijo una palabra mientras se agachaba y recogía la pequeña bengala roja entre dos dedos huesudos y descarnados. Casi deseé que la bengala no nos hubiera permitido ver tanto.
La carne putrefacta se desprendía de la caja torácica abierta de una criatura alta y larguirucha, de brazos y piernas esqueléticos.
El pelaje apelmazado y el cuero se aferraban a la carne reseca.
Y coronándolo todo había un cráneo de ciervo macho, con múltiples astas que le sobresalían de la cabeza y la espalda.
—Nunca me había enfrentado a algo así —murmuré.
—Siempre hay una primera vez —respondió Brett mientras introducía una bala en la recámara.
Al oír nuestras voces y el chasquido de la bala encajando en su sitio, la criatura volvió la cabeza hacia nosotros. De algún modo percibí un odio primigenio en aquellos ojos azules y brillantes. Odio y algo más.
Hambre.
La criatura nos miró y, con un movimiento rápido, apagó la bengala.
Brett disparó contra la Oscuridad. El fogonazo iluminó durante un segundo la negrura de tinta y reveló el cráneo de la bestia.
Brett disparó una y otra vez. La criatura no esquivó los proyectiles que se hundieron en su carne.
Candace recitó un conjuro y lanzó una bola de luz que quedó suspendida sobre la calle, como colgada de un hilo invisible.
Justo a tiempo, pues la criatura acortó la distancia sin emitir un solo sonido.
Brett disparó una ráfaga rápida con el rifle y arrancó pedazos de carne de la monstruosidad justo cuando llegó hasta nosotros.
Me abalancé delante de mi novio mientras mi abrigo llameaba de entusiasmo. Había echado de menos la caza. Y, he de admitirlo, yo también.
Una enorme mano en forma de rastrillo, rematada en garras, chocó contra Ithalen. Gruñí mientras resistía el golpe. La criatura reculó y se lanzó hacia atrás antes de desplazarse como una exhalación hasta mi costado.
¡Joder! Mi punto ciego. Me volví. Demasiado tarde. La fuerza de las largas piernas de la criatura me lanzó hacia atrás. ¡Maldito parche! ¡Maldito Mentor!
Brett soltó el FN y, con un único movimiento, desenfundó la escopeta y disparó.
La descarga destrozó la pierna de la criatura y esta trastabilló.
Sin embargo, no derramó sangre. Ni roja ni negra como la necro-sangre.
Qué extraño. Hasta los no muertos tenían sangre.
Era donde residía la energía nigromántica.
Lisiada, la criatura intentó incorporarse del suelo.
Treth no le dio tiempo a recuperarse y se abalanzó sobre ella, apuñalándola en la cabeza y el pecho.
La espada dio en el blanco, atravesó a la bestia en lugar de limitarse a pasar a través de ella.
Aquel ser era malvado. Hasta las leyes arbitrarias del cosmos estaban de acuerdo.
Brett volvió a disparar y arrancó más carne de la criatura mientras esta se retorcía bajo los golpes de Treth. Me sumé a la refriega, descargando tajos sobre ella con Ithalen.
La criatura arremetió contra mí y yo esquivé el golpe hacia un lado, le cercené los dedos y volví a apartarme para ensartarle la cabeza. Eso solía bastar.
Bajo nuestro asalto, la criatura se estremeció y forcejeó en silencio, en vano. Pero no dejó de moverse.
Algo iba mal…
Salté por encima de la criatura y aproveché el impulso para cercenarle primero un brazo del torso y luego el otro. Brett se situó sobre sus piernas agitadas y usó dos disparos a quemarropa para amputárselas.
A menudo, al luchar contra monstruos, era importante compartimentar. Coger un problema grande y dividirlo en tareas más pequeñas. A veces, literalmente. Y, a medida que caían las extremidades, dejaban de moverse y se desvanecían convertidas en ceniza.
—Solo un… poco más… —gruñí mientras descargaba un tajo tras otro sobre la criatura.
Hasta que dejó de moverse.
Le asesté una última puñalada por si acaso y luego salté hacia atrás. Treth se teletransportó a mi lado mientras Brett disparaba por última vez, agotando su último cartucho.
Jadeé. Había sido agotador. No tanto peligroso, pero hacía siglos que no tenía que acuchillar algo con aquella falta de miramientos. Me recordó mis primeros tiempos luchando contra hordas de zombis. ¡Ah, qué tiempos aquellos!
—Sinceramente, esperaba más —dijo Treth.
—Sí —añadió Brett—. Los aldeanos estaban aterrorizados con esta cosa. Pero no es tan excepcional para ser un no muerto.
—No subestiméis el miedo como fuente de poder —dijo Candace—. Esta cosa desprende horror. Quizá no sean más que efectos especiales. Una técnica necroevolutiva para espantar a los enemigos y paralizar a las presas.
—Sea como sea, ahora está muerta —dije—. Metámosla en una bolsa y vayamos a dormir un poco…
No supe por qué esquivé el golpe. Tal vez se debiera a mi instinto de cazadora adiestrada. Quizá fueran los espíritus de la Vasija velando por mí. Pero, entre una llamarada de mi abrigo, rodé hacia delante cuando una andanada de astas arrasó el suelo donde había estado un instante antes.
El polvo se me metió en el ojo descubierto y en la garganta y, mientras tosía, oí los estampidos de las pistolas de Brett y los gritos de Treth, que me preguntaba si estaba bien.
Recuperé la visión mientras Candace me ayudaba a levantarme.
Horrorizadas, vimos cómo la criatura volvía a ponerse lentamente en pie sobre lo que habían sido sus piernas destrozadas.
Los huesos rotos se recompusieron ante nuestros ojos mientras la carne se regeneraba.
Entre crujidos y sonidos viscosos, los pedazos de carne que habíamos destruido volvieron a crecer.
De forma grotesca, los brazos que yo había cercenado se regeneraron, rezumando un exceso de carne y pus mientras se formaban.
Brett vació dos cargadores enteros de ambas pistolas contra la criatura, sin ningún resultado, mientras esta alzaba una garra hacia él y la descargaba.
—¡Brett! —grité, lanzándome hacia delante. Demasiado tarde. Brett salió despedido como un muñeco de trapo. La criatura se volvió hacia mí mientras mi abrigo estallaba en una furiosa columna de humo y magma.
Con un rugido, cargué contra ella, pero no encontré nada porque desapareció.
Candace gritó y cayó al suelo. De pronto, palabras ácidas brotaron de sus labios. Sonaban como uñas arañando una pizarra. La criatura se detuvo e inclinó la cabeza.
Candace paró; el alivio y los últimos vestigios de miedo se reflejaban con claridad en su rostro. Hasta que la criatura la alzó y ella se quedó blanca como un fantasma.
Embestí a la bestia, que soltó a mi hermana de alma. De haber podido emitir algún sonido, sabía que habría gritado mientras retrocedía ante mis llamas.
—Yo… yo no he podido dominarla —balbuceó Candace, presa del pánico—. ¡No tiene firma nigromántica! ¡No tiene mente de no muerto!
Se apartó rodando cuando la criatura intentó golpearla. Me interpuse y bloqueé el ataque con Ithalen. La criatura pareció encogerse ante las llamas de mi abrigo.
—¿No te gusta el fuego, grandullón? —me burlé—. ¡Mala suerte!
Amagué con lanzar un tajo, pero en vez de hacerlo me agaché por debajo de su guardia y dejé que las llamas de mi abrigo lamieran su caja torácica colgante y su carne putrefacta.
Candace dejó la mochila en el suelo y sacó un libro.
—¡Mantenedla ocupada! —gritó.
—¡Estoy haciendo todo lo que puedo!
Treth atacó sus tobillos con la espada espectral. La criatura cayó, pero volvió a levantarse. Sus tendones sanaban a medida que los cortábamos.
Le abrí un tajo en el costado y entonces sentí que un golpe se detenía justo antes de alcanzarme por mi punto ciego. Me volví y vi a Treth a mi lado, con el escudo bloqueando el ataque de la criatura. Me guiñó un ojo.
—Te cubro las espaldas y el costado, Kat.
Abrió mucho los ojos y yo me agaché. La otra garra de la criatura lo atravesó y me habría destripado de no haberme agachado.
—Aberrante, Draugr, necrófago… —enumeró Candace en voz alta mientras pasaba frenéticamente las páginas del libro—. ¿Qué es?
La cabeza de la criatura se volvió de repente hacia Candace. Como si supiera lo que estaba haciendo.
—¿Nachzehrer? ¿Wiederganger? ¿Espectro? ¿Podría ser alguna clase de vampiro?
La bestia esquivó uno de mis tajos, ignoró la herida que Treth le había abierto en el costado y se abalanzó sobre Candace.
Mis alas aparecieron en una llamarada, proporcionándome el impulso necesario para lanzarme ante ella y abrirle una larga herida en el pecho.
Ithalen atravesó su carne como si fuera mantequilla, hasta que se detuvo. Entrechocando contra algo.
Saqué la espada y retrocedí, perpleja.
—¿Eso era cristal? —dije en voz alta.
—¿Cristal? —preguntó Candace, levantando la vista del libro.
Alcé Ithalen y paré una andanada de golpes de la criatura. Treth la hizo retroceder con el escudo.
—He golpeado algo duro. Mi espada ha entrechocado contra ello. Como al golpear metal macizo o cristal…
—¡O hielo! —Candace abrió mucho los ojos.
La criatura se recuperó y se alzó amenazante sobre nosotros mientras Candace comenzaba a recitar otro hechizo. Uno que reconocí.
—¡Mantenedla ocupada! —grité.
—¿Qué crees que hemos estado haciendo hasta ahora? —replicó Treth, sudando y jadeando pese a ser un fantasma.
Bloqueé un golpe tras otro y descargué tajos contra la criatura, solo para ver cómo sanaban sus heridas. Yo empezaba a cansarme, pero ella no aflojaba. Y Candace continuaba recitando el conjuro sin perder el ritmo.
Era joven, pero también una maestra en lo suyo. Una auténtica archimaga.
Solo tenía que dejarla trabajar. Y no permitir que la criatura…
Oí el zumbido en mis oídos antes de sentir el golpe que me hizo volar por los aires y estrellarme contra el lateral de un edificio. ¡Maldito punto ciego!
Treth se materializó a mi lado, con el ceño fruncido de preocupación.
—¡Estoy bien! —espeté—. ¡Defiende a Candace!
Treth se teletransportó junto a Candace mientras la criatura alzaba los brazos por encima de la cabeza, dispuesta a descargarlos sobre el pequeño cuerpo de la maga. Treth le cortó las piernas, pero no se detuvo.
Intenté cargar, pero caí de rodillas.
—¡Candace! —grité, y las manos del monstruo quedaron pulverizadas en una nube de carne y hueso.
La criatura contempló los muñones de sus brazos mientras Brett sonreía, con la sangre que le goteaba de la frente y le cubría un ojo.
El hechizo de Candace alcanzó su apogeo y ella me señaló. Ithalen estalló en llamas.
—¡Ve a por el corazón! —gritó Candace.
Mi abrigo reaccionó antes que yo: explotó con la fuerza de un cohete y me impulsó hacia la criatura mientras esta retrocedía. Lancé un grito de guerra sin palabras, con la espada en alto, mientras le atravesaba el pecho y hundía el llameante Ithalen en su corazón de hielo.
Por primera vez, emitió un sonido. Un alarido demoníaco a medio camino entre el de un animal torturado y el de un niño furioso. Gritó y me golpeó en vano mientras yo hundía la espada cada vez más profundamente en su corazón muerto y helado.
Hasta que todo el hielo se derritió y su cuerpo se convirtió en ceniza.