6. Chapter 6 #2
Los hombres rieron y sonrieron. Brett les devolvió la sonrisa mientras uno de ellos le entregaba su fusil. Brett hizo un intercambio y dejó que el hombre examinara su pistola.
Examinaron las armas del otro y, pese a no entender del todo sus respectivas lenguas, encontraron un vínculo común. No había visto a Brett tan feliz desde que salimos de Hope City.
Una mujer se acercó con una jarra. Olía a alcohol. Levanté la mano para rechazarla, pero me detuve. Sí, aquella noche tenía trabajo, pero ¡qué demonios!
Sonreí y acepté. La mujer me llenó generosamente el vaso con lo que parecía cerveza casera y luego se la ofreció a Candace.
Candace asintió entusiasmada mientras yo le quitaba el vaso.
—¿Qué? ¿En serio? —exclamó, haciendo pucheros.
—¡Tienes dieciséis años! —repliqué.
—Casi diecisiete —contraatacó.
—Aún no tienes edad para beber.
—Nos dirigimos a Europa. En el Sacro Imperio Romano Germánico se puede beber a partir de los dieciséis.
—Pero no estamos en Europa. Y estamos luchando contra el Sacro Imperio Romano Germánico. ¡Nada de alcohol!
—Pero, Kat... —gimoteó como una auténtica adolescente.
—¿Yo puedo beber? —preguntó Treth.
Lo ignoré. No quería que los lugareños me tomaran por loca por responder a sus quejas.
Candace puso aún más morritos mientras la educada mujer esperaba a que termináramos de discutir.
Ninguna de las dos cedía.
—¡Vale! —me rendí—. Solo esta cantidad.
Indiqué una pequeña cantidad de cerveza con el pulgar y el índice.
La mujer le llenó el vaso. Renuncié a seguir discutiendo.
Puse los ojos en blanco cuando Candace empezó a beber con entusiasmo. Brett regresó de estar con sus nuevos amigos.
Señaló hacia ellos con el pulgar, radiante.
—Ese tío tiene un FN de verdad. De antes del Cataclismo. ¿Te lo puedes creer?
Sonreí. Me alegraba ver feliz a Brett.
—¿Va a dejarte dispararlo?
—Después de que matemos a la bestia que ronde por aquí esta noche, pienso insistir —respondió.
Brett tenía en casa una auténtica cornucopia de armas de fuego, pero nunca era suficiente. A mi juicio, eso era bueno. La alegría nunca debería tener límites.
Brett se lanzó sobre la comida y tarareó de placer, lo que hizo sonreír a las cocineras cuando se acercaron con más.
Por fin la probé y tuve que darle la razón.
Yo era más de fideos y salteados, ¡pero aquello estaba buenísimo!
Dulce y salado al mismo tiempo. Comida reconfortante.
Comí en abundancia y acepté más cuando me ofrecieron.
La cerveza también estaba buena y, cuando ofrecieron rellenarnos los vasos, acepté y tampoco protesté cuando Candace pidió más.
Al otro lado de la mesa, un chico que debía de tener más o menos la edad de Candace la miraba y sonreía con timidez.
Ella no se dio cuenta. No pude evitar reír entre dientes.
Puede que algún día Candace bajara la cabeza de las nubes y se apartara de lo arcano el tiempo suficiente para comportarse como una adolescente de verdad.
Quizá el alcohol fuera una buena manera de ayudarla a salir de su caparazón.
Unos hombres y mujeres terminaron de comer y se marcharon de la mesa, solo para regresar con tambores, una guitarra acústica y un instrumento que parecía una cuerda sujeta a una lata.
Empezaron a tocar una mezcla de viejos clásicos y música tradicional. Algunas personas se levantaron para bailar. Otras permanecieron sentadas mientras un hombre que llevaba una olla grande recorría las mesas.
El hombre, barrigudo y con entradas, esbozó una sonrisa al acercarse a nosotros.
—Estáis de suerte —dijo en un inglés con un ligero acento—. Recibí este cargamento de carne anoche. ¡He preparado el seswaa esta misma mañana!
Miré dentro de la olla. Estaba llena de carne desmenuzada. No parecía demasiado apetitosa y desprendía un olor extraño y excesivamente intenso, como una combinación de cerdo a la parrilla y ternera frita. Demasiado para mis papilas gustativas en aquel momento.
—No, gracias —dije, agradecida de que aquel hombre supiera inglés—. ¡He comido de maravilla!
Les ofreció un poco a Candace y a Brett, que también se acariciaban ya el estómago lleno. Ambos declinaron cortésmente. Otras personas de la mesa tenían un apetito mucho más impresionante que el nuestro y aceptaron encantadas.
Algunos niños engulleron su seswaa y se levantaron de un salto para jugar, sin darse tiempo siquiera para hacer la digestión. Unos cuantos se nos acercaron y empezaron a tirar de los brazos de Brett, exigiéndole que los siguiera.
Kabelo se acercó y sonrió.
—Disculpadlos. Están convencidos de que te gustaría jugar con ellos.
Señaló a algunos de los hombres armados de la BLA, que sonrieron al recibir su atención.
—Sus tíos les han hablado mucho de ti.
Brett se echó a reír.
—Bueno, si insisten...
Se puso en pie y una pandilla de niños se abalanzó de inmediato sobre él. Treth y yo reímos mientras Brett intentaba escapar de aquel tropel de críos risueños. Entonces se unieron los demás hombres de la BLA, que ofrecieron un balón de fútbol como alternativa de juego más segura.
Brett, todavía aferrado por un montón de niños, aceptó el balón y lo llevó hasta un campo cercano, donde los críos y algunos hombres comenzaron esa clase de partido en el que nadie cuenta los goles y las tarjetas rojas son más motivo de risa que una forma de impartir justicia.
Intenté llevar la cuenta del marcador, pero me perdí y acabé limitándome a reír y vitorear con los demás espectadores. Treth ayudó al otro equipo a hacer trampas, lo que provocó muchas risas por parte de Candace y mía.
Cuando terminó el partido y los niños, agotados y felices, regresaron a las mesas del banquete, muchas personas se acercaron a hablar conmigo. Kabelo traducía cuando hacía falta.
Querían saber cosas sobre la caza de monstruos. Preguntaron por mis famosos enemigos. Por cómo había derrotado a Darius, a Loviatar y a la Necroseñora. No respondí a lo de la Necroseñora. Candace estaba allí para contar su versión de la historia.
Pensé que se sentiría incómoda al oír mencionar su antiguo alias. En cambio, se limitó a sonreír. Les contó que la Necroseñora había comprendido que se había equivocado y había seguido adelante. Que yo había mostrado misericordia.
Algunos niños sacaron la lengua, aburridos por aquel desenlace tan poco espectacular de la batalla culminante. Los aldeanos más mayores y sabios asintieron. Comprendían la virtud de la paz y el perdón.
Mientras el agradable cosquilleo del alcohol se relajaba en mis venas y yo comía más vetkoek y otras delicias que nos ofrecieron a lo largo del día, no pude evitar reparar en cuánto me gustaba aquella gente. Y cuánto me hacían añorar mi hogar su alegría y su compañía.
Ya habíamos vivido momentos así. Los Cruzados habían sido, eran, una familia. Mi familia. Y antes, antes de que el asedio se volviera insoportable y los monstruos y villanos nos arrebataran a tantos de los nuestros, habíamos podido disfrutar de momentos de distensión.
Tal vez fuera el alcohol. Tal vez una visión de la propia Vasija. Pero no pude evitar ver a Hammond celebrando entre los comensales. Y a Busani. Y a Miriam. A los defensores de Ithalen. Y los incontables rostros de los Cruzados que habían muerto luchando contra monstruos y contra mis enemigos.
Sin que pudiera evitarlo, se me llenaron los ojos de lágrimas y mi sonrisa satisfecha se desvaneció. Por suerte, nadie salvo Treth se dio cuenta. Y él no necesitó preguntar. Sabía lo que sentía. Él también lo sentía.
Contemplé una aldea llena de gente feliz y lamenté que no pudiera ser la mía. Ya no. Pero podría llegar a serlo. En el futuro. Cuando todo aquello terminara.
Y, cuando llegara ese momento, Brett podría volver a reír entre amigos y niños. Candace podría seguir dichosamente ajena a la atención de los chicos.
Y yo podría tener paz.
Sabía que los Cruzados habían quedado en buenas manos. En las mejores. Guy y Cindy mantendrían a salvo Hope City. Pero no podía evitar sentir que debería dar media vuelta y buscar la felicidad junto a aquella familia que tanto me había costado conseguir.
El sol se ponía. Y, con la misma brusquedad con que había comenzado el banquete, cambió el ánimo de los aldeanos. Se acabaron las sonrisas y las risas. Quienes aún comían recogieron sus platos y los llevaron al interior. Los padres empezaron a hacer entrar a sus hijos en las casas.
Kabelo y sus hombres se acercaron a nosotros.
—Cae la noche. Estamos a tus órdenes.
Valentía. Pero, si no habían logrado enfrentarse a aquella criatura hasta entonces, no serían de gran ayuda.
—Esta es nuestra cacería. Y debemos saldar nuestra deuda con vosotros. Defended a vuestras familias. Nosotros mataremos al monstruo.
Kabelo asintió. Había respeto en aquel gesto y también un enorme alivio. Por lo general, aquel hombre rebosaba bravuconería y confianza. Pero no ahora. Un sudor frío le perlaba la frente y se distinguía un sutil temblor en sus manos.
Aquella criatura no era rival para hombres corrientes. Por suerte, yo no era un hombre ni tampoco era corriente.
Les deseé buenas noches a Kabelo y a sus camaradas y me volví hacia los míos.
Iba a ser una noche muy larga.