El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 6. Chapter 6
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6. Chapter 6

Aldea

Los rebeldes de Botsuana no me dieron mucho tiempo para regañar a Brett ni interrogar a Candace. Bajaron de sus puestos de observación y nos ayudaron de inmediato con el equipaje antes de estrecharnos la mano a todos y cada uno de nosotros. Excepto a Treth, claro, que se sintió excluido.

Nos llevaron hasta sus todoterrenos, que habían ocultado justo detrás de un montículo.

Otros rebeldes se quedaron para recuperar cuanto pudieran del impi y de los restos del tren.

No había más supervivientes. Por desgracia, parecía que los camiones cargados con los demás pasajeros se habían marchado antes de que llegaran los rebeldes.

No quería pensar en lo que les ocurriría.

Brett ni siquiera miró a Candace, pero percibí que se moría de ganas de decirle:

—¡Te lo dije!

Me alegro de que no lo hiciera. Porque, incluso entonces, sabía que el plan de Candace no había consistido solo en fingirse una refugiada inocente.

—Somos de Satau, una aldea al norte —nos explicó Kabelo, el líder rebelde, mientras subíamos a su todoterreno—. Pequeña para los estándares de Hope City, pero es un refugio para quienes aún recordamos nuestra libertad.

Nos habló de sus esfuerzos por resistir al Imperio. La BLA se había formado años atrás, pero, a medida que el Imperio Zulú y la Magocracia de Goldfield se extendían cada vez más hacia el norte, sus miembros se habían visto empujados más y más cerca de las garras de los necro-estados.

—He de admitir que no lloraré la pérdida de ese tren —dijo Kabelo mientras atravesábamos sabanas arenosas.

A lo lejos distinguía manadas de elefantes. Algunos tenían colmillos de más. Especies llegadas del otro lado del Entremedio que se habían mezclado con nuestra fauna autóctona.

—Era una afrenta a nuestra soberanía. Atravesaba nuestras tierras a toda velocidad. Partía nuestros hogares en dos. Y ni siquiera tenía la decencia de detenerse para comerciar con nosotros.

Kabelo negó con la cabeza y volvió a sonreír. Tras una arboleda apareció un pequeño lago y un asentamiento de edificios encalados con tejados de chapa.

—Pero, de todo cuanto podía traernos ese maldito tren, es una bendición de Modimo que hayáis llegado vosotros. Hemos oído hablar de ti, Kat Drummond. Y necesitamos tu ayuda.

El todoterreno se detuvo junto a lo que parecía un centro comunitario, decorado con vistosos motivos pintados que contrastaban con las paredes de un blanco impoluto del resto de los edificios.

Ya se había congregado una multitud alrededor de los todoterrenos. Los niños sonreían y reían mientras abrazaban a sus padres y hermanos mayores. Las expresiones de preocupación se transformaban en alivio y alegría al ver a sus seres queridos regresar sanos y salvos.

—¿Atacáis a menudo al Imperio? —preguntó Brett, observando cómo se repartía libremente entre los aldeanos el botín del impi y del tren.

Kabelo asintió.

—Siempre que podemos. Antes, sus batallones marchaban por estas tierras exigiendo tributos y reclutas. Pero ya no. Se dice que los han expulsado de Tanzania. Cuando pierdan su dominio sobre Zimbabue, no dispondrán de las líneas de abastecimiento necesarias para mantener su opresión.

Kabelo hablaba bien inglés. Era esa clase de inglés, con ese vocabulario, que se adquiere leyendo textos académicos para aprender los fundamentos de una lengua. Apenas tenía acento.

En cambio, nadie más parecía saber inglés. Hablaban entre ellos en setsuana, salpicando la conversación de palabras y expresiones inglesas. Muchos aldeanos, sobre todo los niños, nos señalaban y cuchicheaban.

—Perdona las miradas, Ultima Luz. Han oído hablar mucho de ti. El inglés ya no es tan común en Botsuana como antes, pero muchas de tus aventuras han sido traducidas y se las han contado. A menudo, yo mismo. Pasé un año estudiando en la UCT. Tuve la Gripe Férica.

Hice una mueca. Muchos de mis seres queridos habían estado a punto de morir por aquella enfermedad. Pero, después de encontrar una cura gracias a la sangre de orco y derrotar al dios de la peste que había provocado aquella terrible plaga, desapareció.

—Me alegro de que te recuperaras —dije, sin saber qué más añadir.

Kabelo sonrió.

—Gracias a ti.

Señaló a la multitud, que había interrumpido el entusiasta recibimiento a sus compatriotas para mirarnos.

—Todos han oído hablar de ti. Por mí y por las noticias que recorren las Tierras Baldías. Eres una heroína, incluso aquí.

Entre sus susurros en una lengua extranjera distinguí con claridad dos palabras:

—Ultima Luz.

Una y otra vez. No pude evitar sentirme avergonzada.

Una cosa era estar expuesta a tanta veneración en Hope City.

Ya había tenido bastante de aquello, al menos hasta que Riaan puso a la ciudad en nuestra contra.

Para entonces había empezado a echarlo de menos.

Pero yo nunca había salvado a aquellas personas. No merecía su adoración.

—Has dicho que tenías una cacería para nosotros —dije, apartando la mirada de la multitud de curiosos.

Kabelo asintió.

—Un monstruo. Pero solo aparece hacia medianoche. Tenemos tiempo para descansar. Tiempo para celebrarlo. Habéis llegado en un día trascendental, cuando festejamos la gloria de nuestros antepasados y la inevitable libertad de nuestro pueblo. Por favor, ¿queréis acompañarnos?

Al ver todos aquellos rostros expectantes y recordar que Kabelo y sus hombres nos habían salvado la vida, me resultó difícil negarme.

—Gracias —dije con cierta timidez—. Será un honor.

Kabelo tradujo mi respuesta y la gente vitoreó. Se dividieron en grupos, sacaron mesas del centro comunitario y las colocaron en hilera fuera. Las mujeres prepararon hogueras mientras los hombres llevaban grandes ollas de hierro fundido.

Había un entusiasmo y una energía en las conversaciones e interacciones de aquellas personas que despertaron en mí algo complejo. No era tristeza, pues ¿cómo podía estar triste al contemplar tanta alegría? Pero tampoco era felicidad.

Hacía mucho tiempo que no veía un placer tan honesto y sincero en algo tan sencillo como cocinar y prepararse para comer.

Durante el último año no había tenido un solo momento de descanso.

Ni un instante para sentarme y relajarme con amigos y familiares.

Un día como aquel parecía casi inconcebible en Hope City.

Pero allí, pese a tener que enfrentarse a un monstruo y estar rodeados de enemigos, sus habitantes hallaban la felicidad en el simple placer de estar juntos.

—Aún tardaremos un poco en preparar el banquete como es debido —dijo Kabelo mientras nos guiaba desde el todoterreno hasta una de las mesas ya dispuestas para que nos sentáramos.

—Mientras tanto, ¿puedes ponernos al corriente sobre el monstruo? —pregunté.

Brett observaba a los hombres de la BLA, y ellos le devolvían la mirada. Candace tenía los ojos clavados en mí, a la espera de mis palabras.

La sonrisa despreocupada de Kabelo se desvaneció. Asintió.

—Es una criatura retorcida. Al principio merodeaba por las lindes de la aldea durante la noche. Pero últimamente se ha vuelto más audaz. Hace dos noches se llevó a una de los nuestros...

Cerró el puño y apretó los dientes.

—Una niña pequeña. Una cría.

Treth negó con la cabeza, asqueado. Yo sentía lo mismo. Por muchas atrocidades a las que nos enfrentáramos, nunca resultaba más fácil. Sobre todo cuando las víctimas eran niños.

—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Candace.

—Parece un muerto viviente, pero tampoco lo es. Esquelético, con la carne colgándole de los huesos como cortinas. No se parece a los zombis que a veces llegan desde los necro-estados. Es rápido.

—¿Quizá sea un gul? —sugerí.

Kabelo negó con la cabeza.

—Ya nos hemos enfrentado antes a gules nacidos de la grieta.

Esto no es lo mismo. Es más grande. Inhumanamente grande y cubierto de pelaje ensangrentado.

Le brotan cuernos de la cabeza y de la espalda.

Una mezcla de astas y cuernos de antílope.

Y sus ojos brillan en la Oscuridad de la noche con un azul gélido y enfermizo.

Cuando abre las fauces, su boca resplandece con un rojo sangriento.

Parecía que Kabelo había asistido a alguna clase de poesía durante su estancia en la UCT. Pero aquella descripción sí lo diferenciaba de otros muertos vivientes. Y bastante.

Me volví hacia Candace.

—¿Qué opinas?

Se frotó la barbilla, pensativa.

—Lo más probable es que sea un aberrante. O quizá alguna otra clase de muerto viviente mutado. Tal vez una abominación híbrida de carne. Una combinación de animal y humano.

Kabelo hizo una mueca de repugnancia.

—Es una amenaza para todos nosotros. Una burla a la creación de Modimo. ¿Podéis matarlo?

Candace asintió con entusiasmo.

—Nunca me he enfrentado a nada que no pudiera matar —respondí.

Bueno, eso no era del todo cierto. Pero seguía viva para contarlo, así que algo significaba.

La despreocupada sonrisa blanca de Kabelo reapareció.

—¡Sabía que Modimo nos había bendecido hoy! Ahora comamos y celebremos.

Mientras Kabelo nos ponía al corriente acerca del monstruo, la multitud parecía haber concluido los preparativos. Unas mujeres con vestidos de colores nos ofrecieron platos rebosantes de espinacas, vetkoek y pap.

Nos rodeó un murmullo de conversaciones animadas mientras la gente se servía y empezaba a devorar la comida.

Al principio vacilé. No tenía demasiada hambre, pese a que la noche anterior solo había tomado una pequeña comida de las provisiones que llevábamos. Lo vivido aquella mañana me había dejado un sabor amargo en la boca y una sensación de desasosiego en el estómago.

Candace no perdió el tiempo y empezó a devorar su comida con voracidad. Brett dio un bocado sin dejar de vigilar a los hombres armados de la BLA y después se levantó para acercarse a ellos.

Treth, Candace y yo observamos cómo mi novio se aproximaba a los hombres armados. No oíamos lo que decían, pero Brett señaló uno de sus fusiles, articuló algo con los labios y luego fingió dispararlo.