5. Chapter 5
Emboscada
Desperté con el estruendo devastador de una explosión, seguido del chirrido de metal contra metal mientras nuestro vagón aminoraba la marcha y de pronto se retorcía.
Me incorporé de golpe y, a través de la ventanilla, vi fuego y arena levantada por la explosión.
Brett ya había saltado de la cama y desenfundado la pistola.
El vagón siguió avanzando por las vías entre chirridos hasta que dio una sacudida. Cogí a Candace, que chillaba mientras salía despedida de la cama. Brett se agarró a la esquina de la puerta, ahora abierta, para mantener el equilibrio.
—¿Qué demonios está pasando? —masculló Brett entre dientes mientras el vagón se detenía.
Miré por la ventanilla. Estaba cubierta por una gruesa capa de polvo, mugre y marcas de quemaduras. Oí gritos más adelante, en las vías, interrumpidos por los secos estampidos de los disparos.
¡Mala cosa!
Treth se manifestó cerca de nosotros, con el rostro pálido aún más lívido.
—He echado un vistazo —dijo—. Parecen soldados. Han volado el vagón de cabeza. Están registrando el resto de los vagones descarrilados.
—¿Quiénes? —pregunté.
—¿Qué llevaban puesto? —añadió Candace.
Treth desapareció y volvió a aparecer.
—Ropa de camuflaje. Y brazaletes rojos.
—Joder... —maldijo Brett, palideciendo también—. Impi.
—¿Impi? ¿Los Impi zulúes? ¿Esto no es territorio de Goldfield? —pregunté.
Sonaron más disparos. Algunos recibieron respuesta. Un tiroteo en toda regla.
—Como si les importara. Si por ellos fuera, el mundo entero pertenecería al Imperio —respondió Brett mientras enfundaba la pistola y sacaba el rifle de la bolsa.
Cogí Ithalen de manos de Treth y desenfundé Voidshot.
—¡No pretenderéis enfrentaros a ellos! —dijo Candace, algo asustada—. Como mínimo, es un pelotón. Lo más probable es que sea una compañía entera. Son demasiados para plantarles cara en igualdad de condiciones.
—No habrá igualdad de condiciones —respondió Brett con un deje amenazador en la voz—. Estoy yo.
Los gritos se acercaban. Más disparos. Alaridos y sollozos.
Candace alzó las manos, tratando de imponer la sensatez.
—No podemos matarlos a todos. Cindy no está aquí para remendarnos. Y las lineas wey de este lugar no son adecuadas para que mantenga un escudo bajo una lluvia de fuego de ametralladora.
Casi podía oír a Brett rechinar los dientes, pero bajó el arma.
—¿Qué propones? —preguntó.
—Esconded las armas —dijo Candace, con un alivio palpable en la voz al saber que no íbamos a intentar ninguna estupidez—. Podemos fingir que somos refugiados...
Otro disparo. Sin respuesta. Los guardias del tren habían caído. Un sudor frío me cubrió la frente.
—Yo podría... —empecé.
Candace me fulminó con la mirada.
—No vas a jugar a la heroína y arriesgar la vida. Vamos a actuar con cabeza. Ya he tratado con impi antes. Nos mostraremos sumisos. Les haremos saber que no somos de Goldfield. Solo estamos de paso.
La puerta del vagón se abrió. Vimos a un hombre y una mujer salir corriendo por la parte trasera del vagón, solo para desplomarse en el suelo. No volvieron a moverse.
—Nos matarán —susurró Brett, aferrando el rifle con más fuerza.
—¡Confiad en mí! —insistió Candace.
Ya oíamos pisadas de botas y las voces graves de unos hombres que cantaban. Sonó otro disparo.
Todos se volvieron hacia mí. Brett permanecía inmóvil, con el arma preparada. Desesperado por protegerme. Desesperado por no rendirse jamás sin luchar. Candace me miró y articuló en silencio:
—Confía en mí.
Y Treth se limitó a esperar mi decisión, confiando en que yo sabría qué hacer.
—¡ Phuma ! —gritaron los impi.
Habían dejado de cantar. Los disparos habían cesado. Rodeaban el vagón. Se nos había acabado el tiempo.
—¡Salid! —volvieron a gritar los impi, esta vez en un inglés con acento—. ¡ Amaphekula ! ¡Salid ahora mismo!
Brett lucharía. Brett moriría. Y ni siquiera yo podía enfrentarme a tantos hombres armados desconocidos. No así.
Solo teníamos una opción.
—Nos rendimos —susurré—. Les haremos saber que no somos sus enemigos.
Brett bajó el rifle y los hombros se le hundieron. Vi la decepción en sus ojos. Pero incluso él sabía que no teníamos elección.
Candace sonrió, aliviada. Se puso las manos sobre la cabeza y salió de la habitación en primer lugar. La seguimos, con Brett cerrando la marcha.
Parpadeé bajo el sol hasta que mis ojos se acostumbraron a la luz.
Al menos seis hombres armados se alzaban frente a mí.
Sus rifles llevaban bayonetas en forma de azagaya, y sus brazaletes rojos lucían insignias de piel de vaca.
Nos apuntaban directamente con los cañones.
Más impi se encontraban algo más lejos, obligando a la gente a subir a unos camiones.
—¡Sois amaphekula ! —anunció un impi armado con una pistola, situado a un lado de los fusileros—. Y nosotros somos los kukthethwe Umbisi . Estáis invadiendo tierra sagrada.
Brett soltó un bufido, lo que hizo que tres armas se volvieran hacia él en particular.
—¿Qué has dicho? —preguntó el impi, apuntando con la pistola a la cabeza de mi novio.
— Lutho —respondió él en zulú con acento.
El oficial zulú hizo una mueca.
—¿Crees que hablar isiZulu te hace menos demonio blanco?
Brett abrió la boca para responder, pero Candace dio un paso al frente. Los seis rifles la apuntaron.
—No somos vuestros enemigos —dijo—. Somos refugiados de las Tierras Baldías. Viajamos a Ndola para ayudar a proteger a los mineros.
El líder escupió.
—Sois insurgentes. ¡Os han enviado para desestabilizar el Imperio!
Candace se tragó lo que iba a decir. Treth se acercó más a mí, tendiéndome Ithalen. Estaba preparado para luchar. Y quizá Brett había tenido razón.
—¿Desestabilizar qué Imperio? —se burló Brett.
¡Athena! ¿Qué demonios le pasaba de repente?
—¡Cállate!
—Parece que ya os encargáis vosotros solitos de desestabilizarlo todo. Sin emperador. Sin tribunales. Sin...
—¡Cállate! —gritó el oficial impi, esta vez más fuerte.
No sabía qué cuentas pendientes tenía Brett con aquel oficial impi. Quizá el odio entre Goldfield y el Imperio del que había hablado aún corría por sus venas. Y llevaba demasiado tiempo latente.
Pero no me atreví a moverme para detenerlo.
Por el rabillo del ojo vi que Candace estaba serena de algún modo. Demasiado serena.
—Esto no es el Imperio —dijo Brett—. Y estás muy lejos de casa.
Justo antes de que el oficial impi pudiera responder, lo percibí. Un susurro de palabras arcanas en el viento. Procedía de los labios de Candace. Y destilaban ácido.
Abrí los ojos de par en par justo cuando el líder impi levantaba la mano, expulsando saliva al gritar.
Cayó de bruces, con un agujero rojo perforándole la nuca. Candace abrió mucho un ojo, sorprendida, y dejó inconcluso su sombrío encantamiento.
Brett sacó una pistola de la parte trasera del pantalón y abrió fuego contra los fusileros, que habían quedado atónitos.
Treth dejó caer Ithalen en mis manos y salí disparada hacia delante mientras unas alas de fuego brotaban de mi espalda, al tiempo que le abría el pecho de un tajo a un impi con los ojos desorbitados.
A su lado, otro impi cayó tras recibir un disparo certero entre las costillas.
Los Impi caían a nuestro alrededor. Los que quedaban intentaron subir a los camiones, pero pronto fueron abatidos desde todas direcciones.
Silencio. La cacofonía de la matanza llegó a su fin.
No bajé Ithalen. Brett escudriñó la arena y la hierba rala.
No veíamos a ningún hombre armado. Estábamos solos.
Hasta que la arena se movió y el aire reverberó.
Unos hombres vestidos con trajes que imitaban las dunas y la hierba seca se incorporaron y alzaron hacia el cielo sus rifles con mira telescópica.
Se mantuvieron firmes incluso cuando Brett los encañonó. Uno de ellos, presumiblemente el líder, dio un paso al frente y esbozó una amplia sonrisa.
—¡Somos el glorioso Ejército de Liberación de Botsuana! —anunció—. Y vosotros sois la Última Luz de Hope City. ¡Venid! Comed, bebed. Tenemos un trabajo para vosotros.