4. Chapter 4
Tren
Tal como había dicho Brett, en el tren no había comunicaciones.
Ya fuera por motivos de seguridad nacional o por limitaciones técnicas, no existía contacto alguno entre el mundo exterior y el del tren.
Y, por suerte, parecía que las personas que nos habían visto subir no tenían intención de avisar a las autoridades de a bordo.
El tren estaba casi vacío. Al menos, eso parecía en el último extremo de aquella serpenteante caravana. De los seis compartimentos de nuestro vagón, solo dos estaban ocupados. Y no habíamos visto a los demás pasajeros, pues mantenían cerradas con llave las puertas de sus compartimentos.
Eso nos permitió instalarnos sin necesidad de silenciar a civiles que gritaran ni de arrojar del tren a guardias entrometidos. Todo un alivio.
Y nada de aquello habría sido posible sin Phillip, eso lo sabía. Sentí una punzada ácida en las entrañas al pensar que, prácticamente hasta el final, aquel hombre me había seguido cayendo mal. Quizá eso hubiera cambiado ahora, para lo que pudiera servir.
—¡Ya hemos salido de la ciudad! —exclamó Candace, dando prácticamente saltos de alegría mientras se le iluminaba el ojo al contemplar los campos de cultivo y el ganado que pasaban a toda velocidad.
La ciudad había quedado atrás de forma definitiva.
Ahora podía respirar con más facilidad. Pero aún sentía la adrenalina corriendo por mis venas. Y mucha ansiedad.
Brett también miraba por la ventana, pero no sonreía. Se había criado en una granja cerca de allí. La habían incendiado. Habían masacrado a su familia. Él había huido a la ciudad. Y después había huido de ella rumbo a Hope City.
De haber podido elegir, no habría regresado. Pero lo había hecho. Sentí otra punzada. De culpa por haberlo arrastrado hasta allí conmigo y de felicidad porque hubiera venido sin vacilar.
—¿Habías viajado antes en tren? —le preguntó Treth a Candace mientras ella pegaba la cara al cristal.
Candace negó con la cabeza. Treth comenzó a agasajarla con el relato de la única vez que habíamos viajado en tren. Yo no creía que aquella aventura pudiera considerarse un viaje en tren. Y desde luego esperaba que este trayecto no terminara de la misma manera.
Mientras Candace contemplaba el paisaje con los ojos brillantes, escuchando solo a medias la versión escandalosamente inexacta de Treth sobre nuestro paso por un tren fantasma, no pude evitar reparar en lo mucho que se parecía a una niña y en lo feliz que eso me hacía.
Claro que estaba a punto de cumplir diecisiete años, pero nunca había tenido la oportunidad de ser una niña de verdad.
Al fin y al cabo, la había criado un nigromante.
Mientras yo crecía viendo dibujos animados los sábados por la mañana, ella leía polvorientos tomos procedentes de reinos oscuros y confeccionados con piel humana.
Candace era una extraña combinación entre alguien demasiado madura, incluso un genio, y una niña sin más.
Y, aunque valoraba su inteligencia, ansiaba aquellos momentos de asombro y alegría infantiles.
Brett levantó su bolsa del suelo y se volvió hacia nuestro compartimento.
Tenía dos camas y una mesa plegable en medio que nos permitía ganar espacio.
Estaríamos apretados, pero Brett y yo podíamos compartir una cama mientras Candace ocupaba la otra.
Claro que uno de nosotros podría dormir solo en otro compartimento, pero yo no estaba dispuesta a ser esa clase de mártir ni a permitir que nadie más hiciera semejante sacrificio. Además, así era más seguro.
—Estaremos a salvo a bordo —dijo Brett con tono serio—. Esta vía termina en Ndola. Es una ciudad minera dedicada al cobre. Pertenece a Goldfield, pero apenas tiene comunicación con la ciudad principal.
—¿Cómo puede llegar esta vía tan lejos? —pregunté—. Hope City ni siquiera consigue poner en funcionamiento las vías de la ciudad.
—La necesidad es la madre de la inventiva —respondió Brett mientras tomaba asiento y soltaba un suspiro de alivio. Había cargado con sus armas y munición durante toda aquella carrera por la estación.
—Goldfield necesita cobre y plata —continuó explicando Brett—.
El Imperio los tiene, pero no quiere vendérselos.
Así que se han adentrado en las profundidades del sur y el centro de África y han construido puestos avanzados para conseguir lo que necesitan.
Protegen las vías con encantamientos y patrullas regulares.
Casi siempre se pasa por alto porque los puestos avanzados no destacan tanto en los mapas como el rojo intenso del Imperio.
Pero están ahí. Y son la razón de que Goldfield sea tan rica.
—Entonces, ¿no es solo por el oro?
Brett se rio entre dientes.
—El oro se agotó hace mucho. Y ya no le importa tanto a nadie. En esta economía mágica, todo gira en torno a la plata. Como bien sabemos.
—Entonces…, después de Ndola, ¿cuál es el plan? —pregunté, incapaz de ocultar la incertidumbre de mi voz.
—Phillip lo había organizado todo. Tiene un contacto en Ndola que nos llevará a través de Tanzania hasta Mwanza. Desde allí, cruzaremos el lago Victoria en barco. En Kempala, conduciremos hacia el norte hasta llegar al Nilo y luego será coser y cantar hasta el Mediterráneo.
—Me alegro de que pudieras soportar escuchar a Phillip el tiempo suficiente para asimilar todo eso —dije sonriendo, aunque luego hice una mueca al recordar lo que le había ocurrido.
—No era un mal hombre —dijo Brett con un asomo de pesar en la voz que yo comprendía demasiado bien—. Creo que su último acto lo demostró.
Asentí con gravedad. Así era. Y, a pesar de toda su manipulación, su astucia y sus engaños, nos había llevado hasta allí. Y nos conduciría hasta la guerra de Thor en el norte. Donde podría saldar mi deuda, destruir el Cónclave y, por fin, volver a casa.
Treth y Candace entraron en el compartimento, y esta última se dejó caer sobre una de las camas. Estaba radiante. Parecía de buen humor. Eso me relajó un poco, aunque algo seguía reconcomiéndome.
—Así que sabemos cómo vamos a llegar a Europa. Pero ¿qué haremos una vez allí? ¿Cómo vamos a derrotar al Mentor?
La sonrisa de Candace se desvaneció y me sentí un poco culpable.
—¡Muy fácil! —anunció Brett. Su nueva sonrisa, rebosante de confianza inquebrantable, compensaba la expresión ahora sombría de Candace—. Esperamos a que los escandinavos tomen Roma, entramos en el Sexto Convento y les damos una paliza a todos. ¡Podremos volver a casa a tiempo para Navidad!
Treth asintió con entusiasmo.
—Candace —dijo—, ¿qué sabes del Sexto Convento?
Todos nos volvimos hacia mi hermana de alma mientras ella clavaba la mirada en el techo y, al hacerse el silencio, el zumbido de las ruedas triturando los raíles parecía intensificarse.
—Sombra y Vacío —murmuró—. Convirtiéndose en uno.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir, Candace?
Ella se estremeció y nos miró con los ojos muy abiertos. Como si acabara de darse cuenta de que estábamos allí.
—Ah, perdón. ¿Qué has dicho? Estaba… pensando.
Candace siempre estaba pensando. Lo que me preocupaba era en qué .
—Treth te ha preguntado qué sabes del Sexto Convento —dije, apartando mi preocupación. Lo mejor era mantener a Candace distraída y ocupada.
—Nunca estuve allí —respondió Candace, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza mientras miraba al techo—. Pero el Mentor lo mencionó una o dos veces. Dijo que, básicamente, era un laboratorio.
—Un laboratorio implica experimentos. ¿Sabes de qué clase? —insistí.
—Los de siempre. Cómo resucitar a los muertos con mayor eficacia, cómo quebrar a un hombre con una sola palabra.
Ahora conoces el Cónclave tan bien como yo.
Les preocupa el poder, Kat. El poder por el poder.
Eso fue todo lo que llegué a descubrir sobre ellos durante mis prácticas glorificadas.
Disfrazan su afán de dominio como un deseo de imponer orden, pero, a fin de cuentas, lo único que les importa es tener el control.
Fruncí el ceño. Aquello no ayudaba mucho. Pero me alegró oír la ira en la voz de Candace. Claro que la ira no era una emoción muy positiva, pero, si se dirigía conscientemente contra los objetivos adecuados, podía emplearse para hacer el bien.
—¿Crees que el Convento podría albergar la clave para entender cómo derrotar al Mentor? —pregunté—. Asaltar un laboratorio es una cosa, pero tenemos que encontrar la manera de impedir que camine por el vacío.
—No estoy segura —Candace frunció el ceño, vacilante—. Por lo que dijo el agente del Cónclave en New Ulundi y por lo que me contó el propio Mentor, creo que el Cónclave se le ha quedado pequeño. Ya no considera que lo necesite para alcanzar sus objetivos.
Entonces me tocó a mí poner mala cara. Y de forma aún más pronunciada que antes.
—Entonces, ¿vamos tras el Cónclave sin ningún motivo? No están aliados con el Mentor y probablemente tampoco tienen medios para matarlo. Así que ¿qué hacemos dirigiéndonos al norte?
—Cumplir una promesa —dijo Treth, aunque pude oír la amargura en su voz. Thor prácticamente nos había obligado a aceptar aquello.
Un dragón estaba a punto de destruir Hope City. Solo él podía detenerlo. Y únicamente accedió a hacerlo si yo prometía ir al norte y librar su guerra por él. ¿Qué otra opción tenía?
—El Cónclave sigue siendo el enemigo —nos recordó Brett—. Enviaron a Darius tras nosotros. Y a Jeremiah Cox. Por no hablar de que liberaron a Loviatar. Con el Mentor o sin él, eliminarlos hará del mundo un lugar más seguro.
Asentí. Despacio. Brett tenía razón. Pero seguía sintiéndome manipulada. Obligada a abandonar mi hogar.
—Aunque tampoco es que tuviéramos muchas opciones —añadió Brett—. Será mejor dejar que las aguas se calmen antes de regresar a Hope City.
Y también estaba eso. El último regalo de despedida de Riaan. Inculparme de su asesinato. No es que pudiera echárselo en cara, la verdad. Pero él había sido el tonto útil que declaró la guerra a los Cruzados. No sentía demasiada compasión por lo que le había ocurrido.
—Aun así… —dije en voz baja—. Ojalá no tuviéramos que hacer esto. Porque no solo lucharemos contra el Cónclave o contra el Mentor…
Íbamos a entrar en guerra contra el Sacro Imperio Romano Germánico. Una nación de seres humanos. Y podía ver en los ojos de todos la incomodidad que les producía aquel hecho.
***
Unas voces apagadas se alzaban por encima del traqueteo y el zumbido rítmico del tren mientras este proseguía su viaje adentrándose en la noche.
La luz de la luna y el cielo estrellado brillaban a través de la ventana de nuestro compartimento.
Sin la contaminación lumínica de la ciudad, podía contemplar los cuerpos celestes del universo en todo su esplendor.
Pero eso no me preocupaba en aquel momento. Lo que sí me preocupaba era la ausencia de calor a mi lado. Brett se había ido.
Me incorporé. Treth tampoco estaba allí. Pero podía percibirlo cerca. No se encontraba dentro de la Vasija. Allí era donde solía pasar el tiempo mientras yo dormía. Salvo cuando sentía la necesidad de vigilar mi cuerpo dormido. Algo que hacía a menudo.
Miré hacia la otra cama, donde Candace dormía plácidamente. Abrazaba sus cuadernos y roncaba de una forma tan leve que apenas se oía.
Me levanté en silencio y la contemplé. Parecía en paz. No había ni rastro de la Necroseñora, de la maga oscura ni de la nigromante atormentada que estaba recuperándose. Solo era una adolescente que se había quedado dormida leyendo su libro de hechizos.
Le acaricié la mejilla y ella sonrió mientras apretaba el libro con más fuerza. Como si fuera un peluche.
Eran momentos como aquel los que me daban esperanza. Candace no era un caso perdido. Podía mejorar. Estaba mejorando.
Abrí la puerta del compartimento y salí sin hacer ruido. Las voces se hicieron más fuertes. Procedían del exterior del vagón. De la plataforma trasera.
Me detuve al ver el destello de un mechero y el resplandor de un cigarrillo. Brett. Y debía de estar hablando con Treth.
Sabía que debía regresar al compartimento. Para darles intimidad. Me encantaba que Treth y Brett estuvieran estrechando lazos. Y momentos como aquel eran cruciales para ello. Pero algo me impulsó a quedarme y escuchar.
—No lo sé —dijo Brett—. Hay demasiadas cosas entre aquí y Roma.
Demasiada incertidumbre. Demasiados monstruos.
Estoy dividido entre saber que puede protegerse sola y querer protegerla con todo cuanto tengo.
Pero ¿cómo puedo hacerlo? Quizá Kat tuviera razón.
Debería haber ido a terapia. Quizá un psicólogo podría haberme explicado cómo lidiar con esto. ¿Quieres un cigarrillo? Espera, ah…
Vi a la figura luminosa de Treth aceptar el cigarrillo.
—Ya estoy muerto. No puede hacerme daño —respondió Treth. Vi aparecer otro destello en la oscuridad.
Dieron caladas en silencio. Me pregunté si Treth podría sentir algo. O si siquiera podía oler el tabaco.
—Estuve enamorado de Kat. En otro tiempo —dijo Treth.
Sentí una punzada de ansiedad. Recordé cuando me lo había confesado. En un mundo muerto del que creíamos que jamás escaparíamos.
—Pero lo superé. Lo que nunca superé fue el deseo de protegerla. A cualquier precio. Y a veces parece absurdo, porque da la impresión de ser indestructible.
—Pero no lo es.
Percibí que Treth asentía.
Se hizo un silencio vacilante.
—¿Sigues…? ¿Sigues pensando que Kat y yo nos hacemos daño? ¿Que solo somos cicatrices superpuestas? Kat me contó que antes pensabas eso. Que creías que Colin era la mejor opción porque podía ofrecerle una vida tranquila. ¿Sigues creyéndolo?
Yo sabía lo que Treth me había dicho. Pero, en aquel momento, no pude evitar contener la respiración mientras esperaba su respuesta.
—Te conozco desde hace tanto tiempo como Kat. ¿Recuerdas cuándo os conocisteis? —preguntó Treth.
Brett soltó un bufido.
—Llevaba ACDC a todo volumen en la furgoneta cuando embestí a los chuchos no muertos que la habían acorralado junto con Alex.
Treth asintió.
—La salvaste entonces. Y volviste a hacerlo unas cuantas veces más adelante. Has estado a su lado. De formas en las que yo nunca pude estarlo. Le salvaste la vida. En más de un sentido. Y sé que harías cualquier cosa por ella.
Dio una larga calada al cigarrillo. Creo que más por resultar dramático que porque lo estuviera disfrutando.
—Me equivocaba —dijo Treth—. Y ahora no querría que Kat saliera con ninguna otra persona.
El corazón me dio un vuelco y se me humedecieron los ojos. De pronto, me avergoncé de estar espiando un momento tan tierno.
Brett se rio. Casi con timidez.
—Bueno…, gracias. Significa mucho para mí contar con la bendición del fantasma de mi novia.
Treth se rio entre dientes y no llegué a oír su respuesta. Ya había empezado a escabullirme, regresando sigilosamente al compartimento y acurrucándome de nuevo en la cama antes de que Brett o Treth pudieran descubrir mis delitos.
No pude evitar sonreír cuando Brett regresó, antes de sumirme en un sueño tranquilo, acompasado por el traqueteo rítmico del tren sobre los raíles.