3. Chapter 3
Estación
Había olvidado lo frío que podía llegar a ser el mundo sin mi casi omnipresente abrigo de salamandra.
Phillip había hecho bien, por irritante que resultara, al decirme que lo guardara en la mochila.
Por suerte, la extraña inteligencia encantada que residía en el abrigo sabía que el cuero de mi mochila no debía arder.
No sería buena idea intentar subir a un tren con una bolsa humeante a la espalda.
Además del abrigo, llevaba Voidshot, mi seax y una muda de ropa, todo metido en una sola bolsa.
Candace llevaba aún menos equipaje: solo la hoja Necro y sus libros de hechizos añadían peso a su mochila de Hello Kitty .
Brett era, con diferencia, quien más cargado iba: llevaba una escopeta, dos pistolas, un rifle y munición para todas las armas.
Por lo visto, no era raro que quienes viajaban al norte llevaran tanta munición. Y, aunque Goldfield se mostraba autoritaria con muchas cosas, parecía bastante permisiva a la hora de que sus habitantes llevaran armas de fuego de uso militar. Un punto a su favor, si me preguntaban.
Tiritaba bajo el frío aire matutino de Goldfield. Allí hacía mucho más frío que en Hope City. Aunque yo era la única que temblaba. Pero tampoco podía ponerme mi chaqueta en llamas. Era demasiado reconocible.
—Te he ofrecido mi chaqueta —dijo Brett mientras yo me frotaba los brazos desnudos para entrar en calor.
—¿Y dejar que les enseñes tu tatuaje a las garrapatas? ¡Ni hablar!
Brett puso los ojos en blanco. No parecía tomarse muy en serio el hecho de haber pertenecido a un escuadrón de la muerte que ahora era ilegal.
—No las llames garrapatas —susurró Phillip, bajando la voz al entrar en la estación de tren.
De pronto, el rumor de un auténtico mar de gente se nos echó encima.
Pese a haber estado susurrando un instante antes, Phillip tuvo que alzar la voz por encima de la cacofonía—.
No dejéis que sepan de dónde sois. Solo la gente de Hope llama garrapatas a sus policías.
Bueno era saberlo. Un punto a favor de Hope City. Aunque, bien mirado, ganaba por goleada. ¿Había mencionado ya cuánto echaba de menos Table Mountain?
Nos abrimos paso entre la multitud, que se movía sin seguir ningún patrón ni rumbo concretos. Era un caos. Y, vigilando aquel desbarajuste, diseminados entre la gente como una plaga, había soldados y policías de uniforme o vestidos de camuflaje.
Intenté ocultar la inquietud que me provocaba. Rara vez veíamos soldados en Hope City. Estaban demasiado ocupados defendiendo la frontera. Y nuestras garrapatas nunca iban tan fuertemente armadas. No me gustaba.
Seguimos a Phillip a través del gentío y conseguimos llegar a una zona relativamente despejada. Desde allí pude analizar la distribución de la estación.
Era una estructura enorme, coronada por un techo alto y semicilíndrico. Había tiendas y cafeterías a ambos lados del gran vestíbulo de entrada. Y justo a nuestra espalda se encontraban los tornos que daban acceso a las vías.
Vi a Brett contemplando fijamente el letrero de neón rojo de un restaurante parecido a una cafetería de carretera. Le tiré del brazo.
—Podemos desayunar en el tren —dije.
Parpadeó.
—Ah, sí. Perdona. Solo estaba pensando en su café.
Sonrió.
—Café sin límite, de ese que te destroza las tripas. Lo mejor del mundo después de una noche de caza.
Sonreí.
—Suena genial. Pero tenemos que darnos prisa. Vamos a perder el tren.
Frunció el ceño, pero me siguió hacia los tornos. Candance le enseñó su billete a un empleado y este la dejó pasar. Phillip fue detrás. Avancé y estaba a punto de enseñar mi billete cuando oí que alguien carraspeaba a mi espalda con voz profunda.
Me volví y me encontré frente a la coraza antibalas de uno de los soldados más altos que había visto en mi vida.
—Voy a tener que ver sus papeles, meisie —dijo.
El corazón me dio un vuelco. Al otro lado de los tornos, Candace y Phillip se quedaron paralizados. Treth se manifestó y desenvainó la espada como si pudiera enfrentarse a toda la estación.
—Por... por supuesto... señor —dije mientras metía la mano en la mochila; estuve a punto de soltar una maldición entre dientes cuando abrí una rendija y vi el cálido resplandor de mi abrigo.
Noté una mano tranquilizadora sobre el hombro.
—Tienes los papeles en el bolsillo, cariño —dijo Brett.
Cerré la mochila a toda prisa y dejé escapar una risa nerviosa.
—¡Claro! Perdone, es que estoy cansada.
El soldado miró su reloj, sin la menor muestra de humor. Llevaba un rifle colgado del hombro. Metí la mano en el bolsillo y saqué los documentos falsos que Phillip había conseguido para nosotros.
El soldado los cogió junto con los de Brett y se quedó mirándolos como si intentara prenderles fuego con los ojos.
Noté que empezaba a sudar pese al frío mientras el soldado hojeaba los documentos.
—¿Cómo perdió el ojo, señora DuPlessis?
—¿Disculpe? —pregunté, confundida.
—El ojo... —Señaló mi parche con un movimiento de los papeles—. ¿Cómo lo perdió?
—¡Ah!
Por lo visto, yo era la señora DuPlessis. Esbocé mi sonrisa falsa más agradable.
—Por suerte, no lo he perdido. Solo está herido. Me lo arañó una rata fiera.
El soldado entornó los ojos, desconcertado.
—¿Una rata fiera? ¿En la ciudad?
Brett dio un paso al frente.
—Estábamos alojados en la granja de mis padres, cerca de Bloem. Allí tienen un problema grave con los roedores.
El soldado asintió, satisfecho, y siguió hojeando los documentos.
—Veo que ninguno de los dos lleva alianza —dijo.
—¿Alianza...? —estaba a punto de preguntar, incrédula.
—Estamos ahorrando para comprarlas. Yo quería darle el anillo de mi ouma , pero una incursión del Imperio se llevó el anillo y también su vida. Que Dios tenga su alma.
El soldado frunció el ceño.
—Lo siento, señor. Le deseo suerte para conseguirle un anillo.
Nos devolvió los documentos.
—Pueden pasar.
Incrédula, dejé que Brett diera las gracias al soldado y lo seguí a través del torno.
—¿Cómo, por todas las Brechas, se te ha ocurrido todo eso sobre la marcha? —pregunté.
—No se me ha ocurrido ahora —susurró Brett en respuesta—. Llevo días preparando esa historia. La verdad es que me alegro de que no haya sido en vano.
¡Ahora sabía de qué había estado hablando con Phillip alrededor de la hoguera!
—¿Todo bien? —preguntó Phillip cuando le dimos alcance.
—El señor DuPlessis ha salvado el día —dije sonriendo mientras le daba un codazo a mi novio en las costillas.
Candace soltó una risita y yo sentí un profundo alivio. Habíamos superado la barrera, e incluso Candace volvía a parecerse más a sí misma.
Ahora todo iría sobre ruedas hasta...
—¡Ultima Luz! —gritó una voz por encima del gentío, silenciándolo.
—¿Habéis oído eso? —preguntó Treth, palideciendo incluso más allá de su tonalidad espectral.
Todos nos volvimos hacia el origen del alboroto mientras la gente empezaba a girarse y mirar.
—¡Ultima Luz! —volvió a gritar alguien.
Un joven se abrió paso a empujones entre la multitud, derribando a la gente y sonriendo de oreja a oreja.
—¡Que el Titán nos salve! —maldijo Phillip—. Seguid avanzando todos. El tren está por aquí.
La multitud se había quedado inmóvil y en silencio mientras seguíamos a Phillip a través del gentío y el hombre gritaba mi título una y otra vez.
Aceleramos justo cuando alguien me agarró del brazo.
El hombre sonreía radiante.
—¡Ultima Luz! ¿Kat Drummond? ¡No puedo creer que seas tú de verdad! —exclamó emocionado.
Llevaba una gorra de merchandising de los Cruzados. ¡Athena me amparase!
Los soldados y los guardias de seguridad, que antes se habían limitado a vigilarnos, empezaron a abrirse paso entre la multitud hacia nosotros.
—¡Vamos! —siseó Phillip.
—¿Puedo hacerme un selfi contigo, Ultima Luz? —preguntó el hombre justo cuando el fogonazo de la cámara de su móvil me cegó durante unos instantes.
Oí el murmullo de Ultima Luz resonando por toda la estación. Los soldados aceleraban el paso.
—¡No soy Kat Drummond! —insistí.
El admirador enloquecido no me hizo caso. ¡Maldita fuera mi suerte! Era peor que la Vigilia.
—Solo necesito un autógrafo. ¡Caray! Nunca pensé que te conocería aquí. ¡En carne y hueso!
Los soldados se acercaban. Phillip sudaba a mares.
—¡Vamos, Ultima Luz! Fírmame la camiseta.
Se bajó la cremallera de la chaqueta y dejó a la vista aquella camiseta de princesa guerrera , muy subida de tono y de edición muy limitada, por cuya impresión le había dado una paliza a Conrad.
Los soldados ya estaban tirando al suelo a otros pasajeros a empujones. La gente gritaba. Y el admirador no me soltaba el brazo.
Alargué la mano hacia el bolígrafo que me ofrecía, pues no veía otra salida, justo cuando el puño de Brett impactó contra su cara.
El hombre retrocedió tambaleándose y me soltó antes de alzar la vista y esbozar una sonrisa ensangrentada, a la que le faltaba un diente.
—Un puñetazo de Brett Callahan. ¡Caramba! ¡Hoy es mi día de suerte!
—¡Tenemos que irnos! —gritó Phillip.
No hacía falta que me lo dijera dos veces.
Bueno, tres. Eché a correr tras Phillip y Candace, con Brett pisándome los talones, mientras la gente se lanzaba en busca de refugio.
Guardias y soldados gritaban a nuestras espaldas, agitando porras y apuntándonos con sus rifles.
Por suerte, no tenían el gatillo tan fácil como para abrir fuego en una estación abarrotada.
—El tren está... —jadeó Phillip— justo delante.
Más soldados y guardias se sumaron a la persecución, saliendo en tropel de despachos y otros trenes y atravesando los tornos. Por lo visto, allí me buscaban tanto como ahora en Hope City.
Seguimos corriendo, apartando a los pasajeros a empujones, saltando por encima del equipaje y esquivando por los pelos las embestidas de soldados y policías.
¡Ojalá pudiera usar mis alas allí! Pero eso solo atraería mucha más atención indeseada. Y no podía dejar atrás a nadie.
La multitud se había dispersado. Solo quedábamos los soldados y nosotros corriendo en línea recta hacia el tren. Los motores ya zumbaban. Estaba listo para partir. Solo teníamos que correr en línea recta. ¡Podíamos conseguirlo!
Se abrió la puerta de un tren a nuestro lado y de su interior salió un grupo de policías. Se me cayó el alma a los pies. Extendí la mano, lista para que Treth dejara caer Ithalen en mi palma.
Phillip se detuvo y me agarró la mano, cerrándome los dedos. Me dedicó una sonrisa triste, cargada de determinación. Y de resignación.
Nos detuvimos. Estábamos rodeados de soldados y policías. Se acercaron. Vacilantes. Sabían de qué éramos capaces.
Phillip me miró a los ojos.
—Creo en Hope City —dijo—. Y tú eres Hope City.
Me soltó la mano y me saludó.
—Te deseo suerte para salvar el mundo... Ultima Luz.
Antes de que pudiera decir nada, cargó contra los guardias que teníamos delante y los derribó como si fueran los palos de una partida de críquet.
No permití que su sacrificio fuera en vano. Tiré del brazo de Candace y, con Brett a mi lado, salté por encima del amasijo de policías mientras estos aporreaban el cuerpo desafiante de Phillip.
—¡Hope City resiste! —lo oí gritar mientras las porras le destrozaban los huesos y sus palabras quedaban ahogadas por sus alaridos.
El tren estaba justo delante. Contra todo pronóstico, Phillip había conseguido que sacáramos la suficiente ventaja a nuestros perseguidores como para tener una verdadera oportunidad.
Hasta que dos guardias uniformados salieron por las puertas del tren.
Frenamos en seco justo delante de ellos. Nos miraron y se subieron las mangas.
72-8. 13-4. Tatuados en sus brazos.
—El Cuerpo sobrevivirá al fin del mundo, hermano —dijeron al unísono antes de apartarse.
Brett les dio las gracias mientras entrábamos y las puertas del tren se cerraban a nuestras espaldas.
Los soldados nos alcanzaron. Algunos golpearon las ventanillas del tren mientras este empezaba a moverse. Otros gritaban a los soldados del Cuerpo de Exterminio. Detrás de todos ellos distinguí el cuerpo destrozado de Phillip, que se retorcía mientras lo esposaban y sangraba.
Al final había creído en algo. De verdad. Y quizá, después de todo, no fuera tan mala persona.
—Lo salvaremos, Kat —dijo Brett—. Cuando volvamos.
—Si sobrevivimos al viaje en tren. ¿No van a detenernos sin más en la siguiente parada? —pregunté.
Brett negó con la cabeza.
—No hay paradas hasta Zambia. Y en el tren no hay comunicaciones. Estamos a salvo.
A salvo . Lo dudaba.
La ciudad pasó a toda velocidad ante nosotros mientras el tren se precipitaba hacia el norte. Hacia las entrañas de aquel continente. Más cerca del Cónclave. Más cerca de un final. De un modo u otro.
El verdadero viaje comenzaba ahora.