El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 2. Chapter 2 #2
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2. Chapter 2 #2

—Pero —continuó— tenemos que contar con que las cosas empeoren.

El vínculo de alma que compartíais mantenía a raya gran parte de la Oscuridad.

Sin él, es probable que la corrupción se extienda.

Fue y sigue siendo una de las magas oscuras más poderosas y hábiles que jamás han existido.

No se alcanzan sus logros en las artes oscuras sin pagar un precio.

—Está intentando cambiar, Treth. Eso tiene que contar para algo. No puedo aceptar que no sea capaz de mejorar.

—En el fondo es una buena persona, Kat —dijo Allandrea, la ahora difunta reina de Nueva Sintar, al manifestarse a mi lado.

Casi hice una reverencia. Algo que una anarquista como yo normalmente jamás haría.

Pero había algo en la reina elfa que hablaba a una parte muy profunda de mí.

Hubo un tiempo en que habría muerto por ella.

En lugar de eso, ella había muerto por mí.

Quizá por eso merecía semejante devoción.

—Entonces, ¿puede mejorar? —pregunté.

La serena expresión de Allandrea no cambió, pero pude percibir tristeza en ella.

—La Oscuridad está profundamente arraigada en su interior, Kat. La empujará a hacer cosas malas. Alberga un parásito. Un parásito que nosotros no podemos expulsar.

—¿Qué debo hacer? —pregunté al notar que los ojos se me llenaban de lágrimas. Todo aquello era demasiado.

—Quédate a su lado. Acompáñala —dijo Allandrea, posándome una mano en la mejilla. Era una mano fría y translúcida. Pero para mí era cálida. Maternal. Anhelaba que permaneciera allí para siempre.

—Recuérdale que no está sola, Kat. No la abandones y ella no se abandonará a sí misma.

—No la abandonaré —dije, apretándome el corazón como si contuviera el vínculo de alma que antaño había atesorado—. Jamás...

—Si no supiera que no es así —me sobresaltó una voz mientras la puerta del apartamento se abría y dejaba ver a Phillip Brown—, pensaría que estás loca.

Fulminé a Phillip con la mirada mientras cerraba la puerta con llave tras él. Llevaba una bolsa de viaje colgada del hombro. Volví la vista hacia el lugar donde había estado Allandrea. Había desaparecido.

Hacía tiempo que no la veía. Y aún sentía el eco de su caricia en la mejilla. La grosera interrupción de Phillip no me hizo sentir más simpatía por él.

—¿Sabes? —dijo mientras dejaba la bolsa sobre una encimera—. Ojalá tuviera un ejército de fantasmas. Mi trabajo sería mucho más fácil.

De verdad deseaba que no supiera lo de la Vasija. No por ninguna razón práctica, sino porque me parecía algo privado. Y él era la última persona a la que quería ver metida en mis asuntos personales.

Aunque, pese a lo mucho que me irritaba ese hombre, era un aliado. Al menos de momento. Suspiré. Otra vez. Últimamente parecía que suspiraba más que respiraba.

—¿Has conseguido la documentación? —pregunté.

—¡Por supuesto! —respondió Phillip, casi ofendido porque tuviera que preguntarlo—. Y billetes para el tren. Seáis fugitivos o no, todavía hay miembros de los servicios de inteligencia que comprenden lo que está en juego. Estaban más que dispuestos a ayudarnos.

—¿Y qué está en juego exactamente? —pregunté, disimulando el tono sibilante de mi voz.

Phillip pareció sorprendido de que tuviera que preguntarlo siquiera.

—La soberanía y la supervivencia de Hope City, por supuesto. Ya hemos hablado de esto. Sabes en qué creo.

—Sí, sí. Eres un patriota.

—Como tú.

—Soy cazadora de monstruos. Mi ideología es la caza. Mi credo, matar.

Phillip esbozó aquella irritante sonrisa burlona.

—Ah, pero es más que eso, ¿verdad?

—Quizá, pero todavía no me has contado toda la historia.

¿En qué cree de verdad, agente Brown? Se llama patriota, pero pasa más tiempo apoyando a Estados extranjeros.

Australia y Nueva Zelanda, Escandinavia.

Joder, no me sorprendería que hubiese estado enviando mensajes a Kuwait y organizando un golpe de Estado justo antes de nuestra charla.

—¿Cómo lo has...? —empezó, pero entonces sonrió—. Te la he colado por un segundo, ¿a que sí?

No lo recompensé con una sonrisa ni con una carcajada. En vez de eso, pregunté:

—¿En qué cree de verdad?

Vi que se disponía a soltar una de sus respuestas prefabricadas. Sus rápidas réplicas, que le permitían vivir una vida de falsedad y engaño. Pero entonces vi algo más. Algo inseguro. Dubitativo. Humano.

Phillip estaba pensando su respuesta.

—Creo... —dijo, vacilante—. En Hope City.

Por encima de todo. Creo en sus valores.

En lo que representa. Creo en su resiliencia.

En sus libertades. En su búsqueda de una vida moderada y realista que aborrece tanto la utopía como la distopía.

Creo en las virtudes del sufrimiento y del sacrificio si eso permite que sobreviva lo bueno que hay en el mundo. Y creo que tú crees en lo mismo.

Resoplé.

—Yo no creo en una ciudad, agente. Creo en las personas. En las personas inocentes. En las personas heroicas. Da igual dónde vivan.

—Y, sin embargo, siempre vuelves a Hope City. A pesar de todo lo que te ha hecho. A pesar de todo lo que te ha arrebatado. Es la ciudad que mató a tus padres, a tu novio, a tus compañeros. Intentó matarte. Y, sin embargo, vuelves a ella...

Dio un paso al frente.

—Y piensas regresar. Porque significa algo para ti, ¿verdad? Porque, por mucho anarquismo y nihilismo que proclames, hay algo por lo que crees que merece la pena morir. Un lugar que te importa, a pesar de todo lo que ha sucedido allí.

Quería discutir con él. Enfadarme por el mero hecho de enfadarme. Pero no se equivocaba. Amaba mi ciudad.

La frente de Phillip se arrugó con sincera preocupación.

—Estamos salvando Hope City, Ultima Luz. Ten presente que este no es un viaje absurdo para llevar a cabo alguna maniobra geopolítica inútil. Cuando aplastes al Cónclave, Hope City será un lugar más seguro. Y todos te lo agradeceremos.

Me levanté hecha una furia, le di la espalda y me dirigí hacia mi dormitorio.

—Me voy a acostar. Deja entrar a Brett cuando vuelva. Buenas noches.

—Buenas noches, Ultima Luz.

Y su sonrisa triste y decidida era sincera.