El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Consta #2
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Consta #2

Elena ve el veinticuatro de junio en el original y el catorce de enero en el cuaderno. La joven escribe debajo que copia el recibo anterior. Al llegar a la selección de los cuadernos de Merlinda, pregunta si sigue siendo la misma.

—La que os entregamos, sí. Esta hoja no cambia vuestro disco.

Kristel busca la palabra parcial y la reproduce.

No le pide a Elena que le dicte el resto.

Los originales siguen en Balala y las imágenes seleccionadas conservan el permiso para las dos; cuando Petra señala la funda de papeles del museo, Elena distingue qué copia puede ir allí y cuál tiene que permanecer en la carpeta doméstica.

Le produce un alivio físico poder responder sin añadir una promesa.

En junio necesitaba imaginar lo que harían después de cada respuesta; hoy puede dejar a Kristel terminar una línea.

Kavi saca el acuse de la carta presentada en diciembre a la Land Registration Authority.

Lo ha traído impreso para ellas, con la relación de las referencias legibles que acompañaban la petición.

La copia incompleta de la resolución adversa continúa en la carpeta de Petra.

No han vuelto a incoar aquel pleito: han solicitado búsqueda y orientación para localizar antecedentes y saber qué oficina conserva lo que falta.

El acuse del diecisiete de diciembre identifica la carta recibida con una referencia de correspondencia.

Kristel pasa el número al cuaderno y lo repite para que Kavi lo compruebe.

—¿Han mandado el título? —pregunta Petra.

—Todavía no. Tampoco sabemos si con estas referencias podrán localizarlo.

Kavi le muestra dónde se ha pedido que indiquen el archivo o el registro al que deben dirigirse si las piezas no están allí.

Petra busca en la copia su nombre y, después, el de su madre dentro de una nota sobre las fotocopias obtenidas en mil novecientos noventa y cuatro.

Elena no ve desde su silla la línea exacta que está leyendo.

Espera hasta que la mujer mueve el índice.

—Las cartas también a ella —dice Petra, señalando a Kristel.

—Está puesto —responde Kavi.

Le acerca la relación de destinatarias. Petra la lee antes de devolverla.

El conservador recoge las hojas de movimiento y deja despejada la mitad de la mesa.

Kristel cierra el cuaderno sin retirar el bolígrafo que separa las páginas.

Son las once y trece. Elena oye la hora en la voz del hombre cuando la anota, y le parece que hasta entonces ha tenido lugar una mañana mucho más extensa, compuesta de las tareas que cada uno ha traído consigo y de los intentos por encontrarles sitio junto al mismo hule.

Los precintos de esta salida local se guardan identificados con el parte después de su apertura.

No son los de diciembre, cuyo corte y cotejo quedaron registrados al recibir la pieza.

El conservador levanta la tapa y la apoya en el lugar preparado; dentro, los materiales claros conservan una sombra donde se ajusta cada componente.

Elena distingue el alojamiento del registrador, las bolsas separadas de acondicionamiento, el contorno de la cuna.

Ha visto fotografiado ese orden tantas veces que necesita mirar el borde de la mesa para recordar dónde está.

Petra se inclina con ambas manos detrás de la espalda.

No intenta apartar la protección. La mujer que Elena vio cerrar el puesto con una fuerza tan precisa aguarda a que le enseñen un objeto de menos de cuatrocientos gramos; esa desproporción le resulta por un momento ofensiva, aunque nadie la haya impuesto para ofender, y enseguida se avergüenza de haber convertido la paciencia ajena en motivo de una indignación que Petra no ha expresado.

Hay grietas. Hay una pérdida junto al cerquillo.

El cuidado tiene razones visibles, y la mujer se aproxima otro poco para verlas cuando el conservador le indica dónde mirar.

La bandeja incorpora un apoyo preparado para el examen.

El traslado desde la caja lo hace el hombre, sosteniendo el conjunto por las zonas previstas, sin dejar que el mango lo arrastre; después compara el estado con las fotografías y describe en voz alta lo que reconoce.

Elena oye sus palabras inglesas, las equivalencias que Kristel ofrece a su abuela, la pregunta de Petra sobre una línea oscura que no es nueva.

El conservador vuelve a la fotografía. La misma línea termina junto al mismo remache.

Elena recuerda la primera vez que vio el borde bajo la luz del taller y la impaciencia con que quiso averiguar qué ocultaba.

En octubre hubo que esperar al examen, consentir un trabajo que podía interrumpirse y aceptar que la lectura llegase dentro de un informe, después de operaciones cuyo detalle no podía vigilar con su deseo.

Ahora la inscripción está fotografiada, transcrita con sus límites, y otra vez cubierta.

El nácar no se ha vuelto transparente porque conozca algunas palabras de debajo.

Sobre la bandeja mantiene su color irregular, gris cerca de una unión, más rosado donde la luz encuentra otro ángulo, y una zona del nácar refleja por un instante el amarillo de la pared.

Le preocupa que Petra se decepcione. La idea aparece con tanta claridad que Elena baja la vista para no buscar inmediatamente una señal en su rostro.

Ha traído años, genealogías, una travesía que le hizo aprender nombres de oficinas y medidas de una caja; el objeto, libre del embalaje, cabe en una distancia menor que la de sus dos manos abiertas.

Nadie le ha pedido que sea más grande. Tampoco le han pedido que compense las fotocopias incompletas de la tierra.

Sin embargo, ella siente el impulso de explicar el trabajo que lo ha hecho llegar y necesita contenerlo mientras Petra pregunta de qué material es el mango.

El conservador responde y le muestra las zonas por donde podrá sujetarlo.

Lleva guantes finos adecuados a la pieza; ofrece otro par a Petra y uno a Elena.

Kristel ayuda a su abuela a encontrar el lugar del pulgar.

Una punta se queda doblada y la mujer tira de ella con los dientes antes de que Elena llegue a hablar; Kristel le baja la mano, riéndose, y ajusta el guante desde fuera.

El conservador comprueba que no quede flojo.

Cambia ese guante por otro y espera a que Petra extienda todos los dedos.

—No los uso para esto —dice ella.

Mira sus manos un momento, abre y cierra la derecha.

Elena aprieta la yema del índice contra la del pulgar para acomodar el material y siente una resistencia leve que hace más precisa la separación entre los dedos.

La mano parece de un color ajeno hasta que la mueve.

Al levantarse roza la silla de Kavi; él la aparta sin tocar todavía el apoyo de la mesa y se queda cerca, donde pueda responder si le piden algo.

Habían acordado no hacer fotografías de las personas mientras sostuvieran la pieza, salvo que lo pidieran ellas.

Kristel mantiene el teléfono guardado. El conservador ha documentado el estado del espejo sobre la bandeja y conserva para el parte esa imagen técnica, con escala y referencia; en el encuadre no aparecen las fotografías del altar.

Elena agradece que la pregunta de la cámara se haya resuelto antes.

Tiene suficiente con encontrar dónde poner su cuerpo sin inclinarse sobre Petra.

La ventana está a la derecha. El conservador acerca la bandeja al lugar marcado durante la preparación y coloca el soporte que limitará el movimiento.

No van a recorrer la casa con el espejo en la mano.

El disco permanecerá sostenido muy cerca del apoyo acolchado; el mango podrá orientar, nunca cargar solo con su peso.

Petra atiende a la explicación, prueba primero la posición con las manos vacías y pregunta qué tiene que hacer si quiere soltarlo.

—Volvemos aquí —le dice el hombre.

Le enseña el trayecto corto hasta el alojamiento. Ella lo repite sin el objeto y, al terminar, mira a Elena para comprobar si debe esperar algo más.

Elena niega con la cabeza. Se acerca lo que le indican.

La mano izquierda de Petra recibe el conjunto por debajo, repartido sobre el soporte de manipulación; la derecha rodea el mango sin tirar de él.

Elena aproxima dos dedos al sector firme del canto que le señala el conservador y evita que el disco se venza mientras el hombre comprueba de nuevo los apoyos.

Todo ocurre muy cerca de la bandeja. La distancia que separa el metal del acolchado le parece a Elena mayor cuando la mira de lado, y vuelve a fijarse en los dedos de Petra para no endurecer su propia mano.

La mujer tiene una pequeña mancha oscura junto al nudillo del índice, visible a través del guante estirado.

El pulgar se asienta despacio sobre la parte indicada del mango.

Elena recuerda cómo recogía monedas sin apretarlas entre los dos dedos que parecían dolerle, y antes de preguntar si está cómoda la oye decir que sí al conservador.

Hay una firmeza tranquila en la respuesta.

No le hace falta protegerla de un esfuerzo que acaba de elegir.

El metal conserva a través del guante un frescor breve; después la sensación disminuye.

En el canto, la presión se concentra en un lugar del tamaño de una lenteja.

Al mover apenas el índice, Elena siente el relieve de una unión bajo el material fino y vuelve a la posición indicada.

Del mango llega a la mano de Petra una irregularidad que ella mira antes de acomodar el pulgar.

El hilo dorado cruza una zona más oscura, interrumpido por el ángulo.

Ninguna desliza los dedos hacia la pérdida del nácar.

Desde arriba se ve el fondo de aquella falta, una sombra corta junto al borde que el acolchado mantiene libre de presión.