Consta
Petra levanta una esquina del hule y pasa la mano por debajo.
Hay algo entre la tela y la mesa, una miga endurecida o una punta del papel con que ha protegido la formica; lo encuentra, lo recoge entre los dedos y vuelve a extender las flores.
Después indica al conservador dónde puede dejar la bandeja.
La caja permanece sobre el carro, junto a la puerta.
Para introducirla han retirado una silla y desplazado un taburete que ahora impide abrir del todo el aparador.
Elena conserva en la palma la presión de aquel asiento: lo ha llevado hasta el rincón por las patas, atendiendo a las indicaciones de Petra, y aún tiene la impresión de estar ocupando un paso por el que alguien necesita salir.
Mira detrás. Kavi está al otro lado del carro, con la correa de su bolsa recogida para que no se enganche en una rueda; en el suelo, un rectángulo más claro señala el lugar de la silla ausente.
Son las once. La puerta abierta deja entrar una claridad que se detiene antes del centro de la sala y un ruido de calle compuesto de capas pequeñas: una voz que llama a alguien por su nombre, el motor que permanece encendido mientras descargan, una bolsa arrastrada sobre otra superficie de plástico.
El ventilador está parado. Petra lo ha apagado al ver que el aire de la puerta basta para que estén cómodos, y la inmovilidad de las aspas permite distinguir una franja de polvo en el borde que en junio desaparecía al girar.
Por encima del televisor hay un calendario nuevo; conserva la forma de haber estado enrollado y su extremo inferior se adelanta a la pared, sin llegar a tocar el cuaderno que Kristel ha dejado debajo.
Elena reconoce las cuatro sillas diferentes, aunque una esté fuera de su sitio; reconoce la entrada de la cocina por el olor a arroz y el altar por las flores de plástico, ahora en un vaso que tiene un cerco blanquecino cerca del fondo.
La pared parece más amarilla que en sus fotografías.
Al acercarse ve las gotas endurecidas de la pintura, un relieve menudo que recoge la luz por un lado y se oscurece por el otro; hacia el zócalo hay dos rayas donde un respaldo ha ido raspando la superficie.
No recuerda haberlas visto. En junio había mirado sobre todo los objetos que podía nombrar antes de entrar, la fotografía, la carpeta, los papeles de la finca, y las zonas intermedias quedaron fuera de las imágenes con que después reconstruyó la casa.
Ahora tiene tiempo para mirar un gancho vacío, el cable que cambia de dirección junto al marco de la puerta, una reparación de cemento visible debajo del aparador.
Ese tiempo no le pertenece entero. Hay un coche esperando una orden, una comprobación de conservación que no puede apresurar y una mujer que ha adelantado sus tareas para recibirlos.
Elena se aparta hacia la mesa; la cinta del bolso vuelve a rozarle la muñeca y se lo quita, buscando un lugar donde no haya que volver a moverlo.
—Aquí —dice Kristel.
Le ofrece la silla que tiene contra la pared. Lleva el pelo recogido y una camiseta con el cuello algo vencido por un lado; en el dorso de la mano izquierda se ha escrito dos palabras y una hora. Cuando Elena mira, la joven vuelve la mano para leerlas también.
—Después tengo que llamar.
Guarda el teléfono debajo del cuaderno. Sus trámites para Dubái siguen produciendo llamadas, comprobaciones, una lista de cosas que nadie le pide en el mismo orden, pero no habla del viaje mientras corre la silla para dejar sitio al conservador.
Elena no sabe si le agrada que la mañana se haya llenado de visitantes o si habría preferido acabar pronto.
La saluda sin pedirle todavía ayuda y se sorprende de la cantidad de preguntas que puede dejar pasar sin que la cercanía desaparezca.
La fotografía continúa sobre el aparador, colgada de su cordón entre los otros retratos.
El cristal devuelve la puerta y un fragmento de la camisa de Kavi.
Elena cambia de posición hasta que la superficie deja ver la pared fotografiada: la mancha clara, las zonas oscuras, ese grano que en la copia de Madrid tuvo que ampliar para buscar un contorno.
El marco no se ha abierto. Debajo del cristal hay polvo que no puede retirar con el dedo; en el barniz, cerca de una esquina, una incisión recoge un brillo estrecho.
Petra pasa por delante con una botella cerrada y Elena espera a que termine de dejarla en la cocina.
—¿Quieres que la baje? —pregunta la mujer.
—Todavía no hace falta.
Petra comprueba el clavo con una mirada.
Elena tiene un recuerdo demasiado vivo de sus propias manos en ese marco, del cordón tensándose antes de haber pedido permiso, y durante un instante busca en la cara de Kristel la señal de que también ella se acuerda.
La joven está examinando el precinto de la caja.
Acerca la cabeza, sin tocarlo, y lee al conservador los últimos números.
Elena se alegra de que no la haya visto mirar.
Sobre el hule, los pétalos rojos de una flor coinciden con una abolladura de la mesa.
El conservador extiende un apoyo limpio y coloca encima la carpeta de movimiento.
No abre aún la caja. Ha comprobado las condiciones de la sala con los instrumentos que lleva y compara sus lecturas con la hoja de la visita preparatoria; la luz directa alcanza un borde de la ventana, lejos del carro.
Señala dónde deberán mantener despejada la mesa y pide que el agua se quede en la cocina.
Petra retira un vaso que nadie había visto detrás del calendario.
Elena acerca el bolígrafo. El hombre le indica que espere.
Faltan las horas y lo que hagan aquí. Todavía no pueden firmar esas casillas.
Las manos del conservador sostienen las dos hojas por los extremos.
Tiene una pequeña señal de tinta cerca de una uña; al pasar el pulgar, la marca se esconde debajo del papel y vuelve a aparecer.
Lee en inglés despacio, dejando a Kristel espacio para comprobar con su abuela las partes que quiera escuchar de nuevo.
Elena sigue su propia copia. El nombre del museo ocupa el encabezamiento, y debajo hay referencias distintas para la autorización y para esta visita, preparadas antes de que saliera la caja.
La consulta del catorce de enero está autorizada en aquella dirección, durante el intervalo acordado, bajo custodia del personal del museo.
El depósito temporal, el permiso de salida de España, la cobertura del transporte y las condiciones particulares de conservación figuran entre los documentos cotejados para concederla; Elena ha leído las conformidades antes de venir.
La autorización permite la observación y una manipulación limitada, con supervisión y apoyos, por las personas identificadas.
El conservador puede detenerla. El regreso al museo está previsto para esa tarde, a las cuatro.
Petra levanta dos dedos.
—¿La caja sale de aquí antes?
El hombre explica el recorrido previsto, el margen para preparar el traslado y la llamada que hará al vehículo.
Petra pregunta cuánto sitio necesitará cuando vuelvan a cerrarla.
Mira el taburete que tapa el aparador y decide que se quede donde está hasta entonces.
Kristel repite la hora de retorno; su abuela asiente y señala la línea siguiente.
La salida del museo consta a las diez y cinco.
La llegada a la casa, a las diez y cincuenta y seis.
El conservador lee la comprobación de los cierres, los números cotejados y la ausencia de incidencias visibles en el exterior; la casilla del objeto espera al examen.
No basta que la caja haya llegado bien. Elena deja el dedo sobre esa línea mientras escucha los nombres.
El suyo lleva la condición de legataria y la referencia al acuerdo de depósito.
Perpetua Gatmaitan-Reyes figura como participante familiar interesada en la consulta.
Kavi, como investigador que asiste al examen y a la lectura documental.
El conservador responde por las operaciones y la custodia técnica.
Las cuatro firmas tendrán debajo esas funciones; la de Kavi no lo hará responsable del transporte y la de Petra no dejará el espejo a su cargo cuando se marchen los demás.
—Ponga también que lo miramos aquí —dice Petra.
Elena tarda en comprender la petición. El domicilio ya está arriba.
Se lo señala, pero la mujer sacude la cabeza y Kristel pregunta si habrá una relación de lo que vean, si podrán conservarla con los otros papeles.
El conservador indica el apartado de observaciones.
Habrá una copia del parte una vez completado.
Elena añade que ha traído la versión actualizada de la descripción para leerla con ellas, sin los materiales privados que no pueden circular; podrán señalar lo que falte acerca de esta visita y quedarse con un ejemplar identificado.
Petra pregunta cuántas páginas. Elena las cuenta.
Se ha preparado para otras preguntas, para explicar de nuevo el plazo de cinco años o el estado de las averiguaciones españolas, y esa cuenta sencilla le descubre cuánto ocupan las explicaciones cuando llegan a una casa.
Las hojas tendrán que guardarse en algún sitio.
Kristel pondrá una fecha que luego permita encontrarlas.
No serán menos suyas por haberlas producido Elena, pero la responsabilidad de hacerlas caber recaerá sobre manos que hoy ya tienen algo escrito en el dorso.
La joven abre el cuaderno. Entre dos páginas está el recibo de junio, protegido ahora por una funda que conserva, a través del plástico, la mancha de grasa de una esquina.
Saca también la relación de archivos. El disco permanece guardado en el aparador; no necesitan conectarlo para reconocer el papel que compararon línea por línea antes de la despedida.
Kristel ha dejado al lado una hoja nueva y escribe arriba la fecha de hoy.
—Lo voy a copiar aquí. Para no estar sacándolo cada vez.