Consta #3
Elena oye respirar a la mujer. No acompasan nada; Petra toma aire por la nariz mientras ajusta la espalda y ella se da cuenta de que estaba conteniéndolo.
Afloja los hombros. El conservador mueve un poco el soporte y pide que conserven la posición.
El sol alcanza la cara reflectante desde la ventana; en la pared contigua, que queda en sombra, aparece primero un brillo sin forma.
No es la blancura de una pantalla. El amarillo participa de la imagen desde el comienzo, y las protuberancias de la pintura separan el reflejo en puntos más claros y más oscuros, como si algo se hubiera posado sobre un terreno demasiado pequeño para sostenerlo entero.
Elena ve una banda oblicua, luego el borde curvo del disco de luz.
La mancha se acerca a los treinta centímetros de anchura sobre la pared, a menos de un metro del espejo; el conservador ha medido alrededor de noventa centímetros hasta ese plano y no intenta convertir la aproximación en una demostración de las anotaciones antiguas.
Una moto se detiene fuera. Su conductor llama a alguien, obtiene respuesta y apaga el motor.
En el silencio que deja, Elena advierte el roce del guante de Petra contra el suyo.
El brillo ha cambiado. Dentro se agrupan líneas tenues que desaparecen cuando fuerza la vista, reaparecen al mirar alrededor y permanecen un instante mientras el apoyo se estabiliza.
Hay una zona semejante a una pata, una prolongación que podría cerrar un cuerpo.
Elena conoce las ampliaciones, las hipótesis, los trazados que han ido colocando sobre la imagen; ahora le cuesta ver sin buscarlos primero.
Quiere decirle a Petra dónde mirar. La frase le sube entera hasta la boca y allí se detiene porque la mujer atiende al espejo, al lugar donde descansa el canto sobre las manos, y todavía no ha pedido que le expliquen la pared.
Elena vuelve hacia la mancha. Una sombra fina cruza el centro y tiembla con una corrección casi imperceptible de sus dedos.
—Es un gato —dice Kristel desde la puerta.
Ha retrocedido para ver sin estorbar. Tiene la mano apoyada en el marco y el cuerpo vuelto hacia dentro; detrás pasan unas piernas y luego una bolsa que ocupa por un instante la claridad del umbral.
Nadie le discute el nombre. Kavi se inclina un poco, siguiendo la dirección de su mirada, y Elena ve en su cara el esfuerzo concreto por separar las líneas.
Le gusta reconocerlo ocupado en esa dificultad, sin volver hacia ella para comprobar si ambos están viendo lo mismo.
Petra pregunta si puede mirarse. El conservador le indica cómo girar el soporte, fuera ya del rayo directo, y acompaña el cambio sin retirar los apoyos.
La figura de la pared se estira, pierde el centro, se convierte en una mancha irregular que acaba sobre una flor del hule.
Elena mantiene los dedos donde le han dicho.
La mujer acerca el rostro al círculo de bronce.
Elena no puede ver la cara completa que Petra recibe.
Desde su posición distingue una curva oscura, un movimiento que sigue al de la cabeza y parte de una mejilla reflejada; el metal devuelve menos luz que el espejo moderno junto a la puerta de la cocina.
Petra se separa un poco, vuelve a acercarse y frunce la boca.
Se mira con la atención práctica con que ha examinado antes el número de la carta.
Después pide dejarlo. El conservador dirige el regreso al alojamiento; la izquierda de Petra acompaña la bajada, la derecha afloja sobre el mango y Elena mantiene el canto hasta que el conjunto descansa entero.
La presión desaparece de sus dedos de uno en uno.
Todavía conserva el arco de la mano cuando ya podría abrirla.
Petra se quita un guante y se lleva los dedos al pelo.
Encuentra una horquilla, la empuja un poco hacia atrás y alisa la zona que se había levantado junto a la sien.
Mira al conservador para preguntarle si habrá que hacer otra comprobación.
Él asiente y empieza a comparar la superficie con la fotografía de antes.
Son las once y veinticinco. El ventilador sigue parado.
Elena mira sus yemas cubiertas, la marca leve que el contacto ha dejado en el material, y espera a que le indiquen cómo retirarse los guantes.
Debajo, la piel está tibia. Al separar el último dedo siente el aire de la puerta en la humedad acumulada entre el índice y el pulgar.
Kristel vuelve a la mesa y recoge el bolígrafo que había dejado dentro del cuaderno.
El conservador trabaja sobre la bandeja, anotando las comprobaciones posteriores; el espejo queda al alcance de su mirada, con el soporte inmóvil y el nácar protegido de cualquier mano que pase por encima.
Petra se sienta. En la silla contigua, Elena tarda en encontrar la postura, como si el esfuerzo hubiese sido mayor de lo que reconoce en sus brazos.
La joven continúa copiando el recibo de junio desde el punto donde lo dejó.
Su letra reúne las palabras con una inclinación regular; hace los apellidos un poco más pequeños para que entren en la misma línea y levanta la vista cuando necesita repetir una cifra.
Elena reconoce la frase que prepararon entonces y, debajo, la explicación añadida ahora: copia en el cuaderno de la casa, catorce de enero de dos mil veintisiete; original conservado en su funda.
La fecha nueva no desplaza la del recibo.
Kristel pone ambas a la vista antes de pasar al acuse de diciembre.
Petra señala una palabra que no le gusta de la nota de acompañamiento de Elena: beneficiarias.
Se refiere a las destinatarias de las respuestas sobre la búsqueda, pero la mujer le pregunta qué han recibido todavía.
Elena escucha a Kristel completar la traducción y siente una molestia pequeña, dirigida primero contra la oportunidad de la pregunta, porque viene cansada de vigilar otros términos y esa palabra le había parecido inocua.
Mira el acuse. Recibida la carta; antecedentes por localizar.
La cambia por solicitante y persona de contacto, cada una con su nombre.
—Así —dice Petra.
Elena vuelve a leer la línea entera. No le agrada que la hayan corregido con tanta facilidad después del trabajo de preparar las hojas.
La resistencia permanece unos segundos en el modo de sostener el bolígrafo, y puede reconocerla sin buscar a Kavi para que la haga más llevadera.
Él está explicándole a Kristel dónde anotar cualquier respuesta posterior, incluso si remite a otra oficina.
Cuando vuelve la cabeza hacia Elena, ella le enseña la corrección. Kavi asiente. No añade nada.
El cuaderno tiene páginas dedicadas a otras cuentas.
Desde allí, sin abrirlas, Elena distingue sobres que sobresalen en dos lugares y el borde de una hoja cuadriculada doblada para que no se pierda.
En junio vio recibos de matrícula y empezó a calcular una vida con cantidades que ignoraba.
Hoy le tienta preguntarle a Kristel qué día se irá, si su abuela se quedará sola, quién contestará las cartas cuando cambie la hora del teléfono.
Tiene suficientes preocupaciones propias para saber que una pregunta puede exigir a quien la oye un plan que todavía no posee.
Se limita a confirmar el contacto que la joven ha elegido para recibir las copias.
—El mismo —dice Kristel—. Aunque me vaya.
Lo escribe junto a su nombre y tapa la dirección al girar el cuaderno para enseñar solo el número de referencia a Kavi. Elena advierte el gesto. El hombre comprueba las cifras en la hoja que conserva y se las dicta de nuevo; Kristel rectifica una y apoya el codo fuera del margen escrito.
Al inclinarse, Kavi deja caer sobre la frente un mechón que aparta con la muñeca.
Elena siente el deseo de acercarse y retirarlo ella.
La familiaridad de ese movimiento la alcanza en medio de los papeles, con una intensidad que no procede del espejo ni necesita que la mañana haya salido bien.
Le gustaría tener después un rato con él, comer algo lejos de la atención que ambos prestan a cada frase, escuchar una historia que no haya que cotejar.
Ese deseo no le proporciona una imagen del mes siguiente.
No sabe aún cómo dispondrán el tiempo cuando regresen a sus compromisos separados, qué cansancio llegará primero o cuánto tardará ella en decirlo cuando la cercanía empiece a darle miedo por una razón distinta de la distancia.
Kavi le roza el antebrazo al devolverle una hoja.
Elena vuelve la mano y conserva dos dedos alrededor de su muñeca, lo justo para que el gesto no se confunda con coger el papel.
Él deja de retirarse. La mira; detrás de sus gafas hay una fatiga que ella reconoce y una espera que no quiere interpretar de más.
Afloja la mano despacio, manteniendo el contacto hasta el último momento.
Kavi acerca su silla para dejar libre el paso a Petra y la rodilla de ambos se toca debajo de la mesa.
Petra ha ido a buscar otra funda. Trae una más grande, con una cremallera que se atasca cerca de la esquina.
Kristel la abre y coloca dentro las hojas de las tierras, separadas de las del espejo.
Elena observa el reparto. Durante meses había guardado todo bajo un nombre común en su ordenador; sobre aquella mesa, las cosas recuperan distancias que su propia búsqueda tendía a reducir.
No necesita reorganizar la carpeta de Petra para conservar el orden de sus referencias.
Anota en su relación qué copias ha dejado y cuáles siguen pendientes.
El conservador termina el cotejo. No ha encontrado cambios visibles respecto de la comprobación anterior.
Lee el resultado y describe las operaciones realizadas: observación, manipulación supervisada con apoyos, ensayo breve de reflexión sobre la pared y retorno del objeto a la bandeja de examen.
Petra pide que la copia diga que ella lo ha sostenido.