5. Valoración documental #3
Leonor guardó las hojas de trabajo. No tiró la camisa antigua cuando la sustituyó, aunque estaba sucia y el título podía inducir a error: le hizo un sitio donde quedara legible.
Se quitó la bata, la dobló sobre el respaldo y apagó la lámpara.
Al salir le dolían los ojos. Todavía tenía las manos firmes, y durante el trayecto hasta la puerta fue abriendo y cerrando los dedos por el gusto de que no le costase nada.
El metal del cierre le aprieta ahora la articulación.
Leonor saca la carpetilla hasta liberarla del bolso; en el pasillo, bajo la luz del aplique, las dos grapas muestran un borde de óxido que no tenía aquella tarde.
Elena mira primero el papel y después a ella.
Se oye a Álvaro hablar con alguien dentro del palco.
Leonor distingue la voz sin entender las palabras.
—Toma.
Elena retira una mano del bolsillo. La ofrece abierta, y Leonor apoya la cartulina sobre ella sin soltarla inmediatamente.
Necesita cambiar la posición de los dedos.
La muchacha espera, con la otra mano debajo, para que el papel no caiga.
Leonor ve el extremo de una uña rota, la piel enrojecida donde la correa del bolso ha rozado el cuello.
Le gustaría preguntarle si ha comido. Le gustaría que esa pregunta no sirviese para retrasar lo que ha venido a hacer.
Suelta la carpetilla.
—Yo escribí “no consta”. Lo escribí para ti.
Leonor se ajusta el chal. Busca la empuñadura, apoya el bastón y vuelve al palco.
Elena permanece bajo el aplique con la cartulina extendida entre las manos.
La etiqueta mecanografiada está pegada ligeramente torcida; en uno de los extremos se ha separado el papel, y no lo presiona para devolverlo a su sitio.
Abre la solapa. Dentro encuentra la copia familiar de la ficha de 1936, conservada con su apoyo y sujeta por las dos grapas, cuyo óxido ha dejado pequeñas aureolas en las hojas.
Reconoce el número antes de leerlo entero.
En el Instituto había visto el original y lo había devuelto; este papel tiene otros bordes, otras dobleces, una vida de copia que no lo hace intercambiable con aquel.
Lo acerca a la luz sin arrancarlo. La casilla de devolución continúa vacía.
Durante un momento siente el impulso de llamar a Leonor para hacerle una pregunta muy precisa, y al intentar formularla descubre que son varias, que cada una exigiría detener a la mujer antes de que se siente y que no sabe cuál debe pronunciar primero.
Da la vuelta a la cartulina. Hay tres signaturas a lápiz, escritas con una firmeza que no pertenece a la mano que acaba de entregársela.
Una raya separa la segunda de una anotación breve.
Elena sigue las cifras sin copiarlas todavía; reconoce la forma de trabajo, pero no el recorrido que permitiría reunirlas.
No será esta noche cuando lo entienda. Tardará dos meses en saber adónde conduce el conjunto.
Ahora solo puede conservar el orden en que lo recibe, comprobar que nada se desprende y volver a cerrar por el mismo pliegue.
Del palco sale una risa que se interrumpe al abrirse la puerta.
El acomodador le pregunta si va a entrar.
Elena niega con la cabeza. Le da las gracias porque el hombre mantiene el paso libre mientras guarda la carpetilla en el bolsillo ancho del abrigo, contra una cara limpia del forro, y acomoda el bolso para que la correa no la comprima.
Baja sin buscar a nadie. En los tramos de escalera todavía oye conversaciones que parecen empezar en un piso y terminar en otro; una mujer sube con un pendiente en la mano, preguntando a su acompañante si se nota mucho, y Elena se aparta para dejarla pasar.
Al llegar al vestíbulo tiene calor bajo el abrigo.
Se lo abre, pero conserva la mano junto al bolsillo.
Piensa en Kavi, en la presión breve de su muñeca al mediodía, y desea hablarle antes de saber qué podría decirle.
El deseo la acompaña hasta la puerta sin convertirse aún en una llamada.
Necesita salir de allí y oír una voz a la que no tenga que atribuir un propósito antes de escucharla; también teme exigirle a esa voz más de lo que una persona puede dar al final de un día.
Saca el teléfono, mira la pantalla apagada y vuelve a guardarlo mientras el empleado le abre.
En la plaza de Oriente queda gente junto a las barreras.
Los focos de la recepción iluminan sus espaldas cuando Elena se aleja; por delante, los jardines tienen zonas oscuras y bordes de piedra que recogen una claridad baja, suficiente para seguir el camino sin distinguir todas las caras.
El ruido de los coches llega interrumpido por voces, por el roce de unas ruedas pequeñas sobre las juntas del pavimento, por una carcajada que no tiene relación con lo que ocurre dentro del teatro.
A Elena le entra aire frío en la abertura del abrigo y se lo cierra con la mano libre.
Rodea el teatro por la calle de Carlos III, hacia Ópera.
Al cambiar de acera, la esquina de la carpetilla se desplaza dentro del bolsillo; la sujeta desde fuera y sigue andando.