5. Valoración documental #2
Al separar el cierre encuentra la cartulina.
Debajo de la solapa, protegida por una hoja doblada, está la copia de la ficha de la Junta; sabe dónde termina sin tocar el papel.
Ha escogido un bolso bastante ancho para no plegarla otra vez y, sin embargo, el extremo se ha metido bajo el pañuelo.
Retira el pañuelo, lo pasa a la mano del bastón y saca la carpetilla unos centímetros.
La etiqueta mecanografiada tiene una esquina levantada.
Ese pequeño saliente, perceptible al pulgar, le devuelve la mesa de 1985 antes de que pueda apartar la mano.
En la primavera de 1985 tenía cuarenta y siete años y una bata prestada que le sobraba en las mangas.
El almacén estaba frío al entrar, incluso en los días en que la calle resultaba ya incómoda al mediodía; a primera hora la luz se retenía en la parte alta de una ventana y dejaba las cajas del fondo con una uniformidad pardusca, de modo que había que acercarse para distinguir la madera del cartón, un cordel flojo de una raya de suciedad.
Alguien había vaciado allí despachos y armarios sin vaciar antes los cajones.
Había sobres dentro de revistas, cuentas entre fotografías, cartas sujetas con una goma que se quebraba al levantarla.
En una caja pesaba más el catálogo de un mueble que todo lo que habían guardado debajo.
Ignacio le había pedido que pusiera orden.
Lo dijo como si conociera la extensión del trabajo.
Ella no discutió entonces; llevó una mesa, hizo despejar el espacio junto a la ventana y pidió que nadie retirara cajas sin decírselo.
Las primeras tardes apenas escribió. Sacaba una unidad, miraba cómo había llegado reunida, anotaba el rótulo anterior y volvía a colocarla.
Había nombres que parecían suficientes hasta que encontraba otro hombre con el mismo nombre; fechas que servían para una carta y dejaban fuera la respuesta; documentos de una casa que habían viajado con los de una persona porque alguien necesitó una caja disponible el día de la mudanza.
Ordenar exigía resistirse a la satisfacción de verlo todo limpio demasiado pronto.
En los folios sueltos del cuadro de clasificación cambió varias veces el lugar de la documentación incorporada por la familia después de la muerte del general.
Si la repartía entre los papeles más antiguos, el conjunto resultaba cómodo para quien buscaba un objeto, pero se borraba el trabajo de quienes habían reunido noticias sobre él.
Dejó separados los grupos y preparó referencias para pasar de uno a otro.
La primera flecha le salió demasiado larga.
Tuvo que dar la vuelta al folio para continuarla, y se rio sola de aquella manera de extraviarse mientras fabricaba un camino.
Le gustaba hacerlo. Años después le resultaría difícil decirlo sin que alguien atribuyese el gusto a una vocación sacrificada o a una obediencia familiar; en el almacén, mientras medía la altura de una caja o reconocía por fin una letra que llevaba tres tardes confundiendo con otra, disfrutaba con una atención que no pedía testigos.
La alegría duraba hasta que alguien venía a buscarla para una llamada, una visita o una decisión que podía haberse tomado sin ella.
Entonces se quitaba la bata y dejaba un lápiz atravesado en la carpeta abierta, convencida de que volvería en diez minutos.
La copia de 1936 apareció dentro de una camisa cuyo título no mencionaba la Junta.
Leonor extendió el papel sobre una superficie despejada y puso al lado la relación con la que había llegado.
La casa figuraba por su dirección: Castellana, 37 bis.
El número de inventario era otro, 11484.
Le irritó la facilidad con que una cifra podía ocupar el lugar de la otra al pasarlas de prisa; las copió en líneas distintas.
Incautación, dieciocho de septiembre. Entrada en el Museo Arqueológico Nacional, nueve de octubre.
Caja veintisiete. En el espacio destinado a la devolución no había una palabra que trasladar.
Buscó en lo que tenía delante. Abrió los sobres, siguió las relaciones de objetos, cotejó nombres abreviados y fechas que no coincidían; dejó a la derecha las hojas que necesitaban una segunda lectura y se lavó las manos antes de tocar la siguiente carpeta, porque había apoyado la palma en la tapa de una caja sucia.
Volvió con las mangas aún más recogidas.
El agua se le había quedado bajo la alianza y tuvo que quitársela para secar el dedo.
Hacía rato que la luz alcanzaba la mesa.
En la ventana, una mosca insistía en el mismo ángulo, sin encontrar la hoja que ella había abierto a un palmo de distancia.
Encontró el cuaderno con las glosas entre otros papeles de la familia.
Lo sostuvo cerrado primero: el lomo ofrecía una resistencia distinta al de los volúmenes que lo habían acompañado, y al abrirlo vio que la escritura cambiaba dentro sin que el objeto dejase de ser el mismo.
Preparó una hoja para describirlo y otra para recoger las referencias cruzadas; no quiso separar en su ordenación lo que habría sido muy cómodo repartir según la mano que escribía.
La factura del platero era más fácil de fechar y más difícil de colocar.
La dejó cerca del cuaderno durante la lectura, cuidando de no convertir aquella proximidad sobre la mesa en una procedencia que el papel no acreditaba.
No apareció un acta de devolución en la documentación que estaba describiendo.
Leonor podía escribir esa frase entera. La escribió al margen, con el lápiz inclinado para no marcar demasiado, y la leyó mientras en la calle descargaban algo pesado.
La expresión cabía en una línea si reducía la letra.
Luego preparó la ficha de consulta y eligió dos palabras.
Sabía cuánto trabajo sostenía cada una. Sabía también cuánto trabajo evitarían a quien se conformara con leerlas.
La máquina estaba en otra habitación. Se llevó el borrador y la cartulina, puso papel cebolla con una hoja de apoyo y empezó por el encabezamiento.
Tenía que golpear un poco más fuerte la tecla de la erre; si se distraía, la letra quedaba tan pálida que parecía desgastada desde su nacimiento.
Al llegar al contenido se equivocó en un espacio y continuó, comprimiendo el final.
Después corrigió a mano un número de caja que había arrastrado de una relación anterior.
El bolígrafo azul dejó una mancha pequeña al detenerse.
FONDO DEL GENERAL CARLOS DE SILVA Y ALCÁZAR
Documentación incorporada por la familia.
Serie: Documentación patrimonial. Incidencias de la colección.
Fechas extremas: 1936–1939.
Volumen: una carpeta.
Contenido: Relaciones de objetos procedentes de la casa de la Castellana y correspondencia relativa a su depósito. Devolución: no consta.
Descripción: 1985.
No rompió el borrador. Lo devolvió a los papeles de trabajo.
La copia de la ficha de la Junta quedó en una carpetilla pequeña que podía sacar sin mover toda la documentación; fijó su hoja de apoyo con dos grapas y pasó el dedo por las patas del metal para comprobar que habían cerrado.
La copia mecanográfica de la descripción se conservaría aparte.
En la cubierta escribió el rótulo, y en el reverso anotó a lápiz tres referencias de aquel orden que todavía podía recorrer sin ayuda.
Eran suficientes para ella. Al terminar, dejó el lápiz sobre la mesa y comprobó las tres una por una.
Ignacio se asomó antes de que terminara.
Leonor le enseñó los folios del cuadro, sujetando con tres dedos la hoja que tendía a deslizarse, y trató de explicarle la diferencia entre los papeles del general y los que se habían incorporado después.
Él miraba las cajas a medida que ella señalaba una entrada.
Quería saber si se podía encontrar lo que hiciera falta.
Leonor le dijo que sí, con aquellas referencias.
Su hermano quedó satisfecho antes de que terminara la explicación.
Ella mantuvo el dedo sobre la línea y acabó de leerla, aunque él ya le estaba preguntando a qué hora subiría.