5. Valoración documental
La puerta del coche se abre antes de que Leonor termine de ponerse el guante.
Ha introducido cuatro dedos; el pulgar se resiste, doblado dentro de la piel, y el chófer aguarda con una mano sobre el marco, mirando por encima del techo hacia los coches que se acumulan detrás.
Ella retira el guante. Le fastidia esa pequeña derrota, de una insignificancia que permitiría reírse si no hubiese ya un hombre inclinado para ayudarla a salir y otro, junto a la entrada del Teatro Real, llevando dos dedos al auricular.
Las ocho y treinta y siete. Todo marcha a su hora.
Leonor pone el bastón en la acera, comprueba el apoyo y sale.
El aire le entra por el cuello del vestido.
Se ha llevado el chal sin abrocharlo; la lana, más oscura en los pliegues, conserva el calor del asiento y un olor débil del armario.
A unos metros, tras las barreras dispuestas para aquella recepción, varias personas miran a los invitados con la atención intermitente de quien se ha detenido al volver de otro sitio.
Una muchacha alza el teléfono, lo baja para hablar con su acompañante y vuelve a alzarlo cuando pasa una mujer de vestido verde.
Leonor oye su propio nombre mal pronunciado por un fotógrafo.
El chófer le alcanza el bolso y ella se lo cuelga del antebrazo izquierdo. Nadie debe cogerlo.
La iluminación de la fachada deja en sombra la profundidad de las ventanas.
Desde abajo, las líneas de piedra parecen más gruesas de lo que son, y los balcones, que durante el día conservan algo de habitación al aire libre, se han vuelto ahora lugares negros por encima de la entrada, sobre la sucesión de cabezas y hombros que asciende hacia el vestíbulo.
En el umbral hay una luz cálida, doméstica por comparación con la blancura que los focos descargan sobre los rostros.
A Leonor le gustaría que apagasen la mitad.
Con tanta claridad se distinguen las arrugas que ella ya conoce y desaparece la expresión por la que todavía reconoce a los demás.
Sube despacio. El primer apoyo de la rodilla resulta más fácil que el segundo; en el tercero necesita acercar el pie rezagado antes de continuar.
No levanta el bastón para la fotografía.
Oye cómo se ajusta el paso detrás de ella, un leve desorden de suelas, la tos contenida de alguien a quien ha interrumpido una frase.
Puede reconocer a una persona por la forma en que espera.
Álvaro no está todavía a su lado. Le han anunciado que viene inmediatamente detrás del coche de dos consejeros.
Tendrá tiempo de reunirse con ella en la entrada y colocarse donde indica la hoja que Cecilia dejó encima de la cama.
En el último escalón Leonor se detiene.
Elena está junto a la zona por la que se acercan los invitados a pie.
Lleva un abrigo claro, las manos en los bolsillos y el bolso cruzado; no intenta adelantarse a la mujer de protocolo, que habla con una pareja mientras comprueba nombres en una pantalla.
Leonor reconoce primero la inclinación de la cabeza.
Después ve el pelo, recogido con menos cuidado que por la mañana, y la boca apretada, aunque podría estar sujetando los labios por el frío.
Entre ellas pasan dos personas. Cuando se apartan, Elena sigue allí.
—Un momento —dice Leonor al hombre que le ofrece el brazo.
Lo dice con suavidad. Él se retira lo justo para dejarle espacio y permanece cerca, atento a una vacilación que ella no necesita representar.
La pierna izquierda le duele de veras. Apoya el peso sobre la derecha y mira a Elena hasta que la muchacha levanta los ojos.
Entonces saca el brazo libre hacia un lado, con el codo apenas doblado.
Elena no se mueve enseguida. Leonor siente el deseo absurdo de repetir el gesto, de hacerlo más legible, y se obliga a conservarlo.
Hay una distancia que tendrá que recorrer la otra.
Podría negarse; podría sonreír desde la acera, como se saluda a alguien que no merece una discusión, y marcharse sin que Leonor pudiera llamarla a gritos delante de las cámaras.
La posibilidad le causa una vergüenza anticipada, tan intensa que durante unos segundos le cuesta distinguirla del enfado.
Ha pasado el día rodeada de personas que se apresuran a entender lo que pide. Elena la hace esperar.
Al fin se acerca. La mujer de protocolo le dirige una pregunta; Leonor no alcanza a oírla, pero ve a Elena sacar la mano vacía del bolsillo.
—Viene conmigo —dice.
La mujer busca una confirmación en el hombre del auricular.
Leonor se vuelve hacia la puerta antes de recibirla.
Elena le toma el brazo, primero por debajo del codo y luego un poco más arriba, al advertir cómo necesita repartir el peso.
Es un contacto práctico. La manga del abrigo raspa la lana del chal.
Durante el paso que las lleva al rellano, Leonor siente, con una claridad que no esperaba, el alivio de poder apoyarse en alguien que no le dice que tenga cuidado.
Los llaman desde la izquierda. La luz salta dos veces y Elena vuelve la cara, demasiado tarde para la primera fotografía.
Leonor mira de frente. Por el rabillo del ojo ve a Álvaro junto a la última columna de invitados; alguien le ha tocado el hombro, y el movimiento que hace para desprenderse de esa conversación queda suspendido cuando las ve.
Leonor mantiene el paso. Los consejeros dejan de avanzar para permitir que pase la presidenta; sus acompañantes obedecen a su vez, y durante unos segundos hay un hueco mayor del necesario en el lugar por donde entran las dos mujeres.
Le basta con ver ese hueco. En enero, en la esquela de Ignacio, los nombres habían quedado dispuestos en otro orden.
Leonor conocía las razones con que se justificó cada línea; las había admitido, y algunas las había dado ella misma.
Ahora no mira hacia atrás para comprobar quién se reúne con quién.
Elena está a su lado, con la mandíbula rígida bajo la piel iluminada, y podría llevarla demasiado deprisa si quisiera.
En el vestíbulo el aire cambia de temperatura.
Huele a flores recién cortadas, a tejidos que han pasado una tarde encerrados en fundas y, cerca del guardarropa, a la humedad dulce de los abrigos.
Varias voces se superponen sin elevarse; los saludos largos se hacen más breves cuando llega otra persona por detrás, y una mujer que lleva una carpeta fina contra el pecho atraviesa aquel movimiento sin detenerse, señalando una dirección con dos dedos.
Leonor sigue a Elena con la mirada cuando le ofrecen dejar el abrigo.
Ella se lo conserva. No explica por qué.
—¿Quieres sentarte un momento? —pregunta.
Leonor tarda en comprender que se lo pregunta a ella.
—Arriba.
Elena asiente. A esa hora las preguntas amables de los demás suelen contener una instrucción: que se siente, que sonría, que permita llevarle el bolso.
En la de Elena ha oído la posibilidad de decir que no, y ese margen, tan pequeño que nadie podría fotografiarlo, le devuelve por un instante el gusto de haber venido.
Luego se enfada consigo misma por agradecerlo tanto.
Evitan otra escalera. La mujer de protocolo las acompaña hasta el ascensor y le indica a Leonor dónde podrá reunirse después con Álvaro.
El espejo de la cabina devuelve una franja del chal, la mano sobre la empuñadura y, detrás, el abrigo de Elena abierto sobre la ropa.
Leonor baja los ojos antes de que la imagen las reúna enteras.
Dentro del bolso, el borde de cartulina le roza los nudillos.
Al pasar junto al Salón de Baile ve las lámparas multiplicadas en las superficies claras, los grupos dispuestos todavía con holgura, antes de que la recepción llene los intervalos y haga necesario pedir paso.
Los dorados recogen una luz menuda que se deshace al cambiar de posición.
Por una puerta abierta llega el sonido de una bandeja al depositarse sobre otra; detrás de una mesa, un camarero endereza la hilera de vasos mirando sus bordes a la altura de los ojos.
A Leonor le agrada esa atención. La entiende mejor que las flores puestas en grandes recipientes, tan abundantes que no permiten ver a quien se detiene al otro lado.
Una consejera viene a saludarlas. Mira primero a Leonor, luego a Elena, y les pregunta si ha sido un día muy largo.
La pregunta admite cualquier respuesta. Leonor dice que sí, que las mañanas empiezan demasiado pronto, y nota que Elena afloja apenas el brazo.
Podría ser una sonrisa. La consejera comenta algo sobre el frío, busca con los ojos a su marido y se despide.
Leonor siente un placer mezquino al haberle ahorrado la elección de un asunto más difícil.
También ella está cansada de aquel día, del cristal de Cibeles, de las voces amplificadas y de la facilidad con que cualquier persona cree que los viejos solo se cansan del cuerpo.
En el pasillo de los palcos los pasos suenan distintos.
La alfombra absorbe la parte blanda del movimiento y deja oír el tacón, los pequeños golpes del bastón y una bisagra que chirría cada vez que el acomodador vuelve a abrir la misma puerta.
De la sala llega una mezcla de conversaciones, sillas y pruebas de sonido; todavía se oyen palabras sueltas que perderán su forma en cuanto haya más gente.
La mujer de protocolo les indica el acceso reservado y sigue hacia otro grupo.
Leonor se detiene junto a la pared. Necesita soltar el brazo de Elena para abrir el bolso.