El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 4. Hecho relevante #3
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4. Hecho relevante #3

Podría continuar un año más. La cantidad no decide nada importante en las cuentas que él firma.

Piensa en pedir una reunión con la universidad, dejar que cada cual explicara lo sucedido, aceptar otra serie de garantías sobre la independencia de los equipos; imagina las agendas que habría que conciliar y una mesa semejante a esta, en la que terminaría obligado a decir que la aportación seguía sin condiciones mientras todos calculaban las que no había formulado.

Prefiere una fecha de vencimiento. Le avergüenza un poco el alivio que le produce encontrarla ya escrita.

La esquina del convenio se ha doblado bajo la pinza.

Álvaro la alisa, vuelve a doblarse y él retira la pinza para poder extenderla con la yema del pulgar.

Ve los nombres de quienes suscribieron la última renovación.

No conoce a todos; uno le recuerda una presentación en la que un profesor habló demasiado deprisa y acabó pidiendo disculpas por haber sobrepasado su tiempo.

Entonces Álvaro le dijo que no se preocupara, y lo había dicho de verdad.

Le agradaba escuchar a alguien tan pendiente de su asunto que olvidaba por unos minutos a quienes pagaban la sala.

Ahora ese recuerdo hace más incómoda la hoja.

Podría devolverla a la carpeta, admitir que está eligiendo precisamente hoy porque hoy desea retirar algo.

Mantiene el pulgar sobre el pliegue hasta que el papel deja de levantarse.

La abogada le pregunta si hay compromisos pendientes del periodo en curso.

—Se cumplen —responde—. Todo lo firmado.

No quiere que un estudiante deje de cobrar por una decisión tomada esa tarde. Tampoco pregunta quién necesitará la renovación para continuar después. Hay una diferencia entre ambas cosas y se aplica a mantenerla mientras devuelve el convenio al abogado.

A las cuatro y doce llega la confirmación.

La apoderada de la Fundación ha firmado la comunicación dentro de las facultades comprobadas por la secretaría.

El impreso lleva una referencia de expediente, el destinatario universitario, la fecha de vencimiento y la indicación de que el convenio no se renovará al concluir el periodo pactado.

No incluye motivos. Álvaro recibe la copia con la firma y pide el justificante de remisión.

El jefe de comunicación espera a que termine para acercarle otra página.

Llama a Leonor a las cinco y cinco. Mientras oye los tonos, vuelve hacia la ventana.

Desde allí se ve una franja más amplia del paseo y el tráfico detenido junto a un autobús; la altura borra las voces, las frenadas, cualquier diferencia entre la prisa de quien conduce y el cansancio de quien espera cruzar.

Su madre no contesta. Álvaro deja que la llamada termine sola.

Durante años le ha resultado útil consultarle cuando una conversación amenazaba con dispersarse.

Leonor escuchaba, pedía que repitiera una fecha y separaba aquello que podía esperar de lo que convenía resolver antes de acostarse.

A veces él salía enfadado por una observación mínima, por la facilidad con que ella había encontrado un descuido que seis personas habían pasado por alto.

Cuando era él quien debía esperar, al otro lado de una puerta entreabierta, le impacientaba que su madre pudiera atender una cuestión hasta el final sin invitarlo todavía a entrar.

Reconoce en sí mismo esa forma de aplazar a quien se quiere, confiando en que sabrá comprenderlo; reconoce también el disgusto que le produce recibirla, aunque no tenga derecho a suponer que el teléfono calla por una decisión de ella.

Hoy desea oírle una pregunta sencilla. Que le diga si tiene preparado el coche, a qué hora va a pasar por el teatro, cualquier cosa que devuelva a la tarde una tarea que pueda cumplir para ella.

A las seis y veinticuatro prueba de nuevo.

No deja un mensaje. A las siete y cuarenta y ocho encuentra la misma espera.

Ha pensado en telefonear a Elena, pero no sabe con qué frase empezaría sin ofrecer algo o reclamar algo, y cada comienzo acaba llevándolo a un asunto que ya está puesto por escrito.

La oficina se vacía por zonas. Apagan primero la hilera de luces que él alcanza a ver a través de la puerta; queda encendida la franja próxima a los ascensores y, en la sala, una lámpara de techo que se refleja sobre la pantalla.

Las botellas abiertas han dejado círculos húmedos en la bandeja.

Al retirar el ordenador, el responsable audiovisual le enseña dónde pulsar para recuperar la imagen guardada en el equipo de la sala.

Álvaro da las gracias. El hombre recoge el cable que impedía cerrar la tapa y la deja nivelada con el tablero.

A las ocho y cuatro llama a la casa. Responde la secretaria. La señora está descansando; esta noche irá al Teatro Real. Álvaro pregunta si necesita que pase a buscarla. Tiene dispuesto el coche, le contesta. No ha pedido ningún cambio.

—Dígale que la veré allí.

Se queda unos instantes con el teléfono en la mano.

Después lo guarda y enciende de nuevo la pantalla.

El panel ocupa menos espacio del que recordaba.

Detrás se adivina el lateral de la tribuna; el animal tiene un contorno firme a la derecha y, hacia el otro lado, zonas que Álvaro no consigue unir.

Acerca la cabeza. En el cristal negro que rodea la imagen aparecen su cuello y la camisa, la corbata que se ha aflojado demasiado para presentarse ante nadie.

Apaga el equipo, recoge la chaqueta del respaldo y va a cambiarse.