4. Hecho relevante #2
A la una y treinta y cuatro la nota sale.
La responsable de agencias confirma el envío, escribe dos respuestas particulares y se levanta para hablar desde el pasillo.
Por un momento entra el rumor de la oficina: un teléfono que nadie recoge, ruedas de una silla, la voz de alguien preguntando por un cargador.
Cuando la puerta se cierra, el vídeo ocupa otra vez toda la habitación.
—Hay una cosa más —dice el jefe de comunicación.
La productora ha enviado ya el material a tres redacciones.
Le muestra la orden de distribución incorporada al encargo del acto: una copia de programa y extractos para cobertura informativa, remitidos a los contactos autorizados.
Se activó al terminar la grabación de la mañana.
Los tres destinatarios han confirmado la recepción; uno pide un formato distinto.
—¿Esto también?
Álvaro señala el animal incompleto.
—Va dentro del programa. Y en el extracto de la demostración, con la explicación.
No son imágenes arrebatadas desde el fondo de la sala ni una filtración sobre la que puedan reclamar antes de saber quién la hizo.
La empresa contratada ha cumplido la entrega que le encargaron.
Álvaro mira las horas de los correos. Cada confirmación llega con la cortesía ordinaria de un trabajo bien resuelto, una línea de agradecimiento, el apellido de una persona que ha podido descargar el archivo.
Pregunta si pueden sustituirlo. El responsable audiovisual dice que pueden mandar otra versión identificada, pero no retirar de los servidores de los medios la que ya recibieron ni decidir cuál utilizarán.
—Conservad el original —dice Álvaro.
Había destinado dinero a que se viera bien.
Piensa en las pruebas de sonido, en las reuniones sobre el ángulo del escenario, en el cuidado con que le habían enseñado dos posibilidades para iluminar el libro sin brillo; aquel gasto, minúsculo dentro del presupuesto del centenario, ha producido una imagen utilizable en la que se reconocen el panel y la interrupción de las líneas.
Puede quitarse un rótulo, acortarse una espera.
El cuerpo de lo sucedido está en el archivo que su departamento ha mandado entregar.
El jefe de comunicación propone retirar durante unas semanas el retrato del general de la sala de los retratos. Hay peticiones de imágenes. Sería mejor preparar un fondo distinto para las entrevistas que puedan venir.
—¿Retirarlo adónde?
—A conservación, mientras se revisa la ficha.
La abogada pide que cualquier movimiento quede documentado, con fotografías del anverso y del reverso, incluidas las etiquetas.
Álvaro recuerda el latón colocado debajo, aquellas dos palabras que había aprendido a leer sin detenerse en ninguna de ellas.
Le parece absurda la posibilidad de discutir ahora un clavo, un bastidor, el lugar donde se guardaría el cuadro.
También comprende que mandarlo bajar produciría una fecha nueva que alguien podría preguntar después.
—Hoy se queda. Las entrevistas, en otra sala.
A las dos y diez, una noticia digital incorpora la respuesta del Grupo debajo de una fotografía tomada de la pantalla.
La mujer que sigue las publicaciones amplía la página.
Álvaro lee primero el pie y luego el párrafo anterior: Elena aparece con su nombre, su profesión y una frase recortada sobre los documentos que faltan.
La respuesta de la empresa no elimina nada; queda junto a lo demás.
Pide que guarden esa versión con su hora.
Después escucha a la responsable de agencias resumir una llamada y autoriza que para la radio se utilice la misma declaración.
Al otro lado del cristal, el sol ha alcanzado una hilera de persianas.
Algunas están bajadas a media altura y dejan ver techos iluminados, lámparas encendidas innecesariamente, una planta inclinada hacia la ventana.
Le sorprende reparar en esas oficinas. A esta distancia no puede distinguir las personas y, sin embargo, reconoce el orden de una jornada ajena: un estor que alguien ha bajado porque no veía su pantalla, una luz olvidada, una mesa donde todavía se trabaja.
Se pregunta cuánto tardaría todo esto en volver a ser una tarde que no tuviera que recordar.
Mira su reloj y concede diez minutos a la documentación de la Fundación.
La carpeta de la cátedra contiene el convenio vigente y un aviso preparado para la renovación de diciembre.
No es el contrato del museo que Elena perdió en mayo, ni el mensaje de agosto con que la universidad dio por terminada su participación en el proyecto.
Ahora se trata de una aportación institucional para el siguiente periodo.
Álvaro lee la cifra, pasa al vencimiento y vuelve a la cifra.
En abril había pronunciado ante Elena el mes de diciembre con la naturalidad de quien ofrece una posibilidad.
Recuerda la carpeta de plástico sobre el mantel.
No le había gustado verla allí, aunque los papeles le ahorraron una discusión inútil sobre el baúl.
—Quiero que se curse la no renovación —dice.
El abogado joven busca la cláusula y comprueba el plazo del aviso.
La instrucción de Álvaro tiene que pasar a la Fundación; su firma como consejero delegado del Grupo no la obliga.
La secretaría verifica el poder de quien puede suscribir la comunicación y su alcance para ese convenio.
Habrá que esperar la conformidad. Álvaro asiente y deja la carpeta abierta.