El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 6. Asiento
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6. Asiento

Elena escribe Japón y deja el bolígrafo encima de la palabra.

Son las nueve. La mesa tiene todavía, en el lugar donde ha retirado el mantel, una diferencia de color que no desaparece al pasar la mano; junto a esa zona más clara ha dispuesto la carpetilla de Leonor, abierta, con una hoja debajo para no apoyar las grapas sobre la madera.

Las otras carpetas forman grupos por siglos.

El baúl, vacío, ocupa su sitio contra la pared.

Desde que sacaron los papeles parece más grande, y también más fácil de mover, aunque cada vez que Elena pasa a su lado conserva la precaución de no rozarlo con la rodilla.

Kavi deja el ordenador en el extremo libre.

Trae una barra de pan que no sabe dónde poner.

Ella le señala la cocina, lo ve marcharse con el pan y regresar sin él, y durante esos pocos segundos contempla la palabra escrita, la inclinación de la jota, el espacio que tendría para añadir un nombre.

Ha llegado hasta un japonés de Dilao en la lectura parcial de un cuaderno.

Conoce el nombre de Thomé Cubey por otro documento.

No puede reunirlos para ofrecer al espejo una primera persona que lo sostenga; sin embargo, le cuesta empezar con una oficina, una fecha de este mes y su propio apellido.

—Podemos dejar la atribución arriba —dice—. Con la reserva.

Kavi acerca una silla.

—¿Dónde está ahora?

—Ya lo sabes.

—Sí. ¿Qué papel tenemos de eso?

Ella abre la carpeta del traslado. Le molesta la pregunta, y le molesta que sea la primera que haría a otra persona.

La copia de entrega conserva la firma que puso ayer junto a la mesa de Cibeles.

En el correo de esa mañana hay una confirmación del retorno al Instituto: recepción el catorce, identificación de la pieza, comprobación y referencia al movimiento de salida.

La abre entera antes de imprimir. Había pasado la noche recordando un pasillo mientras alguien terminaba de devolver el objeto a su lugar de custodia.

Tacha Japón con una línea que permite seguir leyendo. Debajo escribe el estado actual. El bolígrafo tarda un instante en volver a correr, como si también él necesitara aceptar un comienzo menos remoto.

La luz entra oblicua por el balcón y no alcanza todavía la mesa.

Se detiene en el suelo, atraviesa la pata de una silla y deja sobre la pared una forma quebrada que irá perdiendo sus ángulos cuando el sol cambie de posición.

El salón conserva la amplitud de una casa organizada para menos papeles: el camino hasta la ventana sigue abierto, pero para llegar a un libro hay que apartar una caja, y la butaca en la que Elena recuerda a su padre sostiene ahora las carpetas que no necesitan esa mañana.

No siente siempre culpa al verla ocupada.

Algunas veces agradece que el mueble pueda servir para algo sin pedirle que se siente a recordar.

Desde la cocina llega el hervor. Kavi se levanta y ella reúne las referencias del Instituto.

Hay otro mensaje, de Pilar Rebollo, con la propuesta para estudiar el cierre del reverso.

La autorización de febrero excluía desmontarlo.

El plan nuevo distingue examen, valoración de riesgos y acceso eventual bajo la placa de nácar; cada fase necesita quedar documentada, y ninguna garantiza que pueda cumplirse la siguiente.

Elena lo lee dos veces. En las imágenes disponibles hay juntas abiertas, pérdidas antiguas y un cerquillo que mantiene unido lo que no conviene separar por impaciencia.

Pilar atiende cuando Elena llama. Se oye, a través del teléfono, una puerta que no termina de cerrar.

—¿Si autorizo esto, vais a abrirlo?

—Autorizas el trabajo que describe la propuesta. Si el examen cambia la decisión, volvemos a hablar.

—¿Y si no se puede?

—Dejaremos escrito hasta dónde hemos llegado.

Elena mira a Kavi, que ha vuelto con las tazas y espera antes de colocar una sobre la mesa.

Firma la conformidad con el plan nuevo después de comprobar su alcance.

No firma una lectura. Mientras envía el documento comprende cuánto había deseado que, después de ayer, las cosas empezasen a facilitarse por una forma de justicia que nadie le había prometido.

El correo vuelve a su tamaño ordinario cuando desaparece la barra de envío. Todavía no saben qué hay bajo la placa.

Trabajan hacia atrás. La aceptación del legado y su entrega tienen fechas distintas; el estudio técnico no acredita dominio; un recibo de fotografías no transmite el bronce.

Elena separa hojas que conoce de memoria y descubre que recordarlas juntas las había vuelto demasiado fáciles de confundir.

Cada vez que Kavi le pide una referencia siente el impulso de responder con una historia.

A veces la historia sirve para encontrarla.

Otras solo retrasa el momento de admitir que no está allí.

La copia de la Junta ocupa el centro durante casi una hora.

Elena reconoce el inventario 11484, la dirección de la Castellana, las fechas que había leído en abril.

Kavi crea un registro para describir el documento y distingue después sus soportes: el original institucional, que ella consultó y devolvió, y esta copia conservada en la familia.

No basta cambiar el nombre del poseedor.

Elena sigue con el dedo la casilla vacía sin tocar la hoja.

—Aquí no voy a poner nada.

—En la casilla, no.

Escriben en la nota qué espacio permanece sin anotación y en qué documento lo han observado.

Elena relee. Había imaginado que volver a esa ficha significaría encontrar por fin una palabra capaz de ocupar el blanco; ahora tiene delante una frase que permite a otra persona localizarlo sin pedirle que crea en su desilusión.

La frase no le produce alivio. Le permite continuar.

Las tres referencias del reverso de la carpetilla entran en una relación aparte, respetando el orden del lápiz.

Dos muestran correspondencias parciales con descripciones que ya habían manejado; ninguna les entrega un documento nuevo sobre la mesa.

La tercera conserva una numeración que no saben recorrer.

Kavi intenta ampliar una fotografía del reverso y pierde definición.

Vuelve al tamaño anterior. Elena escribe la fecha de la transcripción y deja las equivalencias abiertas. Todavía no entienden el conjunto.

A mediodía Kavi tiene una migaja adherida a la manga.

La retira antes de acercarse a las reproducciones y va a la cocina para cortar el pan.

Elena lo sigue con una lata y dos tomates.

Preparan un bocadillo largo sobre una tabla que aún conserva la marca de otro corte; él separa las dos mitades y le pregunta cuál quiere.

Ella elige la más pequeña, descubre al levantarla que es la que ha quedado mejor rellena y se la cambia sin decir nada.

Kavi se ríe. Come de pie mientras el agua del grifo termina de llevarse las semillas.

No ha mirado las noticias. El teléfono queda en un estante, boca abajo, junto a una pinza que nadie ha devuelto a su cajón.

Hay llamadas en el registro y mensajes que reconocería por el nombre antes de abrirlos.

Cuando termine lo que tiene delante podrá ocuparse de ellos; lleva meses utilizando esa frase y hoy, por primera vez en varios días, le parece una decisión de tamaño posible.

Le pregunta a Elena si necesita salir. Ella dice que no y se limpia una gota de aceite de la muñeca.

Al regresar se sienta donde estaba ella.

Desde ese lado de la mesa el balcón queda enfrente; las hojas de los árboles recortan la fachada y el cielo aparece en fragmentos desiguales, sin la continuidad que él había supuesto desde la otra silla.

Una ventana abierta deja ver el interior de una habitación con la luz encendida.

Alguien pasa por detrás de la cortina llevando un objeto que Kavi no identifica.

Se queda unos segundos mirando aquel movimiento sin propósito para él, la parte de una vida que entra en otra casa y no necesita convertirse en información.

Abre la consulta de junio. Las siete filas continúan allí.

Cambia el tamaño de la letra para que Elena pueda leer desde su silla y repasa con ella los tramos: ingreso en los efectos de 1896; paso hacia el retrato pintado en 1912; posible identidad con el objeto de la ficha de 1936. En esta última se detienen.

—El registro existe —dice Elena.

—El registro sí. Este enlace es lo que seguimos proponiendo.

Kavi conserva la ficha como evidencia de lo que consigna.

La expectativa de un documento que acreditase la identidad ocupa otro lugar.

Separa los dos nombres en la pantalla y siente el cansancio de una distinción que parecía resuelta en junio.

Nadie se la está discutiendo; aun así, vuelve a explicarla como si necesitara ganar algo.

Elena le pide que reduzca la velocidad. Él aparta las manos del teclado.

Siguen con la salida del depósito del Arqueológico.

La casilla vacía no permite decidir a quién se entregó, cuándo ni mediante qué acto.

Después aparece la llegada al entorno de Cholon: una proyección fotografiada, un lugar y una fecha escritos en una copia, sin que esa reunión de indicios transforme la imagen en conocimiento del viaje.

La sexta expectativa se refiere al paso de Cholon a la carga de 1975.

La séptima, a la incorporación al baúl. Ignacio lo trajo.

Ese hecho no describe por sí solo cómo entró cada cosa.

Kavi escribe la clase local siete veces. Le gustaría que la repetición perdiese importancia al completarse, pero cada renglón necesita una nota distinta y la última le lleva más tiempo que las otras. Elena le pide que se lo explique de nuevo.

—Si ponemos registro esperado, ¿no estamos diciendo que tuvo que haberlo?

—Estamos describiendo qué prueba buscaríamos para este enlace. Hay que poner también por qué la esperamos. Puede que esa clase de papel no se produjera.