El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 3. Cámara tres #2
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3. Cámara tres #2

Elena toma el mando una última vez. Lo toca con dos dedos, sin rodearlo; el temblor hace oscilar la claridad antes de que la apriete.

La técnica observa el apoyo de la pieza, después el recorrido, y se aparta lo justo para que ambas puedan ver.

La línea de la copa se recupera por un lado y se pierde por el otro.

El animal conserva una zona más oscura a lo largo del lomo. No hay letras sobre la imagen.

A través del vidrio llega una luz ligeramente más blanca.

Los cantos de las losas se distinguen con mayor nitidez junto a la tribuna, mientras bajo las sillas se acumulan sombras entre las patas, los zapatos, las bolsas y los programas que alguien ha dejado caer.

Sobre las rodillas de una mujer, el papel satinado devuelve un destello que cambia cuando mueve una mano; más lejos, en la parte de la sala que queda detrás de los altavoces, los rostros tienen la misma claridad pareja de unos minutos antes.

La franja solar del lateral no alcanza todo aquello.

Se detiene en unas pocas superficies y deja el resto de la galería bajo la luz difusa de la cubierta.

Elena mira hacia la primera fila.

Leonor tiene el bastón apoyado entre la silla y una pierna.

No lo toma al girarse. Primero vuelve la cabeza, después desplaza un hombro y apoya la mano en el borde del asiento; el cuerpo acompaña el movimiento hasta quedar de lado, con las rodillas todavía orientadas hacia la tribuna.

Desde el puesto del objeto se le ve la cara por entero.

Sus ojos bajan desde Elena hasta la altura de la mesa.

Elena permanece junto al soporte. La mano derecha roza su propia acreditación y la deja oscilar. Leonor mira el disco, el borde de la montura, el mango que termina debajo de la cuna. Una persona se inclina hacia ella desde la silla vecina. Leonor levanta un dedo sin volver la cabeza.

El reloj marca las doce y veinticuatro.

Se enciende la luz roja de la cámara tres.

En el monitor del lateral, la mano del ministro desaparece.

Durante un instante quedan sobre la pantalla dos claros distintos, el del panel y el de la iluminación general; después el león ocupa las dos grandes superficies de la sala.

Se ve más oscuro que en el bastidor. Alrededor de las patas hay bordes pálidos que no llegan a cerrar la silueta, y una de las raíces se prolonga hacia el límite inferior del encuadre.

Un hombre levanta su teléfono. Otro mira primero una pantalla y después la otra.

Desde el centro llegan las primeras palmadas; se suman otras cerca de la tribuna y el sonido crece durante la pausa que el ministro deja abierta.

Él vuelve la cabeza hacia el lateral. En la primera fila, alguien señala el panel con el programa enrollado.

—Qué bonito —dice una voz detrás de Elena.

La figura permanece en las pantallas siete segundos.

El operador cambia el plano, entra el disco en su soporte y aparece junto a él una parte de la mano de Elena.

El aplauso continúa mientras la cámara vuelve al atril.

El ministro espera con las hojas sujetas bajo la palma.

Cuando habla de nuevo, las últimas palmadas se oyen sobre sus primeras palabras.

—Gracias por esta demostración.

Mira hacia Álvaro. Este inclina la cabeza y dirige la vista al lateral. Elena se vuelve hacia Marta.

—Necesito decir de dónde sale la imagen.

Marta se aparta el auricular. Elena repite la frase, más despacio.

—La explicación de la pieza —dice Marta.

—Y las referencias del informe.

Marta mantiene los ojos en ella unos segundos.

Después se acerca al hombre que espera al pie del atril.

Le habla, señala la mesa y consulta de nuevo la hora.

Elena recoge la primera página. La esquina se levanta otra vez.

La aplana contra la carpeta, deja el teléfono al lado del bolso y permanece fuera de la franja que protege el montaje.

El ministro escucha al hombre sin alejarse mucho del micrófono. Su respuesta llega por los altavoces.

—Por supuesto. Una explicación breve.

Marta regresa.

—Noventa segundos. Desde ahí, sin subir al atril.

Elena asiente.

Un auxiliar trae el micrófono de mano. Antes de dárselo comprueba la señal, espera una indicación que recibe en el oído y lo sostiene hacia ella con el interruptor fuera de su alcance.

Elena lo toma por la parte inferior. El auxiliar baja dos dedos para indicarle que lo acerque menos a la boca.

Ella corrige la distancia y mira la hoja.

En el reloj son las doce y veinticinco.

—Es un espejo de bronce —dice—, la pieza identificada como cero cero cero uno en nuestro trabajo.

La fluorescencia detectó cobre, estaño y mercurio en la cara; esa composición no basta para fijar su origen.

El diecisiete de marzo, en el Instituto de Óptica, la interferometría midió pequeñas diferencias de altura.

La luz que acaban de ver está reflejada por esa superficie.

El motivo no aparece pintado sobre el panel.

Afirma la página contra la carpeta apoyada en la mesa. Con la mano libre sujeta la esquina que se levanta.

—El informe distingue seis fuentes: la ficha de ingreso para estudio, el análisis material, el mapa de superficie, una escritura de reconocimiento de filiación de mil ochocientos sesenta y uno, un expediente de pruebas de Santiago de mil setecientos cuarenta y uno y la ficha de incautación número once mil cuatrocientos ochenta y cuatro, de mil novecientos treinta y seis.

Nombra los Archivos Nacionales de Filipinas, al escribano Ramón de Osorio y la fecha de la matriz: doce de febrero.

Lee el número de protocolo y los folios anotados.

Después da la signatura del expediente de pruebas del Archivo Histórico Nacional.

La voz pierde volumen en las últimas cifras y vuelve a acercar el micrófono.

—Esas fuentes no forman una cadena completa. Hay identificaciones pendientes y una devolución que no hemos localizado. El informe de examen y la relación de referencias estarán disponibles para consulta, con sus límites de reproducción. Quien quiera comprobarlos podrá hacerlo.

Marta levanta la mano. Elena baja el micrófono antes de que el auxiliar llegue a recogerlo. Bajo la imagen del atril, el reloj pasa de las doce veintiséis y veintinueve a las doce veintiséis y treinta.

El auxiliar espera a que ella suelte el cuerpo del aparato, lo vuelve hacia sí y pulsa el interruptor.

La voz del ministro ocupa de nuevo la sala.

Da las gracias por el trabajo, menciona la investigación y continúa con la hoja que ha dejado marcada bajo la otra.

Hay un aplauso breve en las primeras filas.

Detrás de Elena, alguien pregunta dónde podrá verse el informe; otra persona dice algo sobre el museo, pero el nombre queda cubierto por la voz amplificada.

Elena dobla el papel por la marca anterior.

Lo coloca dentro de la carpeta y tarda en encajar una esquina.

La técnica se acerca al auxiliar y le indica que ya pueden retirar la luz.

Elena la mira, deja la carpeta, toma el mando y orienta el espejo plano hacia la posición de descanso marcada en el ensayo, fuera del paso.

La figura recorre unos centímetros del panel y desaparece.

La mujer coloca la protección prevista sobre la cara del bronce.

El bastidor queda blanco. Cerca del centro se ven los dos trazos de lápiz que la imagen había cruzado. Uno es más largo que el otro. La sombra de la hoja del macetero sigue llegando a la parte baja, con el extremo un poco separado del lugar que ocupaba antes.

A las doce y veintisiete llegan dos personas de seguridad por el pasillo lateral. Caminan una detrás de otra hasta que la primera se detiene a la altura de Marta. Ella se quita el auricular de una oreja y escucha. El hombre vuelve ligeramente el cuerpo hacia Elena.

—Necesitamos que nos acompañe un momento.

Elena señala la mesa.

—Cuando terminemos con la pieza.

La técnica ha levantado la cabeza.

—Tengo que comprobarla y guardarla. Dejen libre este lado, por favor.

El segundo hombre se aparta hasta el extremo de la cinta.

El primero permanece junto a Marta. Desde la tribuna llega otra frase sobre la formación; al terminar, el ministro deja la página usada debajo del resto.

Una persona del centro se levanta a medias para permitir que pase alguien hacia el fondo.

Kavi aparece en el pasillo lateral con el cuaderno cerrado. Se detiene al otro lado de la franja, a pocos pasos de Elena. La mira, baja los ojos hacia la carpeta y vuelve a mirarla. Ella abre la boca, pero la técnica le pide la copia de recepción.

Elena la busca detrás del informe. Saca primero la escaleta doblada y la deja sobre la mesa. Después encuentra la hoja dentro de su funda. Al retirarla, la funda queda adherida un instante al papel. La separa despacio y se la entrega a la mujer.

Kavi deja el cuaderno en el extremo libre de la mesa, junto a la carpeta de Elena.

—¿Cojo tu bolso?

—Sí. Está ahí.

Elena se inclina para recoger la correa, que ha quedado al otro lado de la pata exterior de la mesa. Kavi espera a que se la acerque. Recoge también el teléfono cuando ella lo señala y lo introduce en el bolsillo exterior que le abre. No cruza hasta el soporte.