3. Cámara tres
Elena tiene el informe doblado en la mano derecha.
Al levantarse, el bolso resbala por su rodilla y queda sujeto entre el asiento y la parte posterior de la pantorrilla; se vuelve, lo recoge por la correa y espera a que la mujer del extremo de la fila retire los pies.
El ministro avanza hacia el atril. Hay un aplauso todavía disperso, más fuerte cerca de las primeras sillas, y el ruido de la silla vacía de Elena se pierde dentro de él.
En el monitor del lateral cambia el nombre que ocupa la franja inferior.
La cámara dos ofrece el atril desde una posición ligeramente oblicua; se ve la botella sin abrir, un borde del logotipo y la mano del ministro buscando la primera hoja.
El reloj situado bajo la imagen pasa a las doce y veinte.
Junto a él, el indicador rojo GRAB acompaña la señal de programa.
Elena mira hacia la mesa del objeto, levanta la carpeta para que la técnica la vea y señala el espejo auxiliar.
La mujer se acerca hasta la cinta del suelo.
—Está entrando —dice Elena.
Sobre una esquina del espejo plano hay un rectángulo de luz.
La otra mitad conserva el gris de la cubierta.
En el panel aparece una claridad sin contorno, demasiado alta, que se interrumpe donde el bastidor deja de ser superficie y comienza a ser aire.
Elena mantiene los pies fuera de la franja.
La técnica comprueba el apoyo del bronce y después mira hacia el pequeño trípode.
—El auxiliar, como ayer. Yo me quedo aquí.
Elena deposita el bolso junto a la pata exterior de la mesa, sin cerrar el acceso a la caja. Abre la carpeta, deja a la vista la primera página y la sujeta con el teléfono, que tiene la pantalla apagada. La esquina doblada no se aplana del todo. Al pasar junto a Marta, le toca apenas la manga.
—Voy a ajustar la luz.
Marta mira el panel, mira a la técnica y asiente.
Se aparta un auricular para oír una indicación que llega desde la tribuna.
El ministro ha empezado a hablar; agradece la invitación, saluda a la presidenta de honor y levanta los ojos hacia el centro de la sala.
La frase amplificada alcanza también este lado, donde la espalda negra de un altavoz oculta parte de las primeras filas.
Elena toma el mando de la rótula entre el pulgar y el índice.
Antes de aflojarlo apoya la otra mano en el cuerpo del trípode.
El metal no se desplaza. Gira muy poco, retiene la posición y vuelve a apretar; en el panel, la claridad baja hasta separarse del borde superior.
La técnica sigue junto al bronce, que permanece en su cuna, con el mango libre hacia abajo y la montura sostenida en los puntos preparados para recibirla. Ninguna mano cubre la cara.
La voz del atril habla de puertos. Entra por el altavoz y continúa por la galería, donde las sílabas finales llegan a las fachadas interiores después de que otras nuevas hayan comenzado; las ventanas altas devuelven una vibración tenue, los paños de vidrio dejan pasar una claridad que cambia sin seguir el ritmo de la voz y, detrás de las sillas, una mujer de producción mantiene una puerta entornada para que pase un hombre con una bolsa pequeña.
Cuando la puerta se cierra, el golpe se oye desde aquí. Elena no se vuelve.
Le tiembla el índice. Lo retira del mando, flexiona los dedos junto al muslo y espera. La técnica señala el borde del panel, donde hay una referencia de lápiz apenas visible desde la primera fila.
—Un poco hacia ahí.
Elena vuelve a tomar la rótula.
A las doce y veintiuno, dentro de la zona clara aparece una línea oscura.
Tiene un borde más luminoso que el fondo y, a su lado, una interrupción que la deja separada de otra línea.
Elena da medio paso hacia la izquierda. El tacón encuentra el borde de la cinta; lo retira, coloca el pie entero sobre la losa y mira otra vez.
La línea sube, forma una curva, se ensancha en una sombra.
Debajo se distinguen dos patas desiguales.
El panel no ocupa mucho más que el espacio de una puerta estrecha y su blancura mate recoge, además de la proyección, una sombra difusa del macetero.
Las hojas quedan fuera del recorrido directo, pero una de ellas se mueve en el aire que sale de la ventilación; su extremo roza otra hoja y produce un ruido seco, minúsculo frente a los altavoces.
Más arriba, sobre el muro antiguo, la trama de la cubierta continúa hasta una cornisa.
La figura del panel queda por debajo de aquel dibujo enorme, cerca de las manos, a una altura desde la que todavía podría confundirse con una mancha en el material.
La técnica aparta el cuerpo de la línea de visión del operador.
Elena levanta dos dedos, sin señalar la cara del espejo.
El hombre de la cámara tres acerca el ojo al visor y después mira por encima.
Su cámara permanece sobre el trípode; gira la cabeza, rectifica el encuadre y se inclina hacia una rueda lateral.
En la pequeña pantalla que tiene junto a él aparece primero un rectángulo demasiado blanco.
Baja algo con el pulgar. El fondo adquiere un gris suave y, dentro, se separa una figura oscura.
En el panel, el león mira a la derecha. La pata alzada no llega a unirse de manera continua al cuerpo.
Encima hay una forma semejante a una copa de árbol, abierta en su parte alta, con dos prolongaciones que se pierden donde la claridad cambia; alrededor de la cabeza, la corona se distingue por fragmentos.
Elena mantiene los labios separados. La mano que no toca la rótula queda suspendida junto al muslo, con los dedos algo curvados.
El ministro habla de continuidad. Un hombre sentado en la primera fila consulta su teléfono bajo el borde de la carpeta.
La mujer que tiene a su lado se inclina para decirle algo; él apaga la pantalla y vuelve a levantar la cabeza.
Cerca del pasillo central, un fotógrafo cambia el peso de una rodilla a la otra sin levantarse.
El objetivo sigue dirigido hacia el atril.
Elena gira el mando una fracción. La sombra del animal cruza una de las referencias y se aleja de ella; al deshacer parte del movimiento, el extremo de la cola queda casi en el lugar anterior. La técnica mira sus dedos.
—Así. Suelta.
Elena suelta.
Las líneas se estabilizan con una vibración breve.
El operador mueve la boca ante el micrófono de sus auriculares.
Desde el lugar de Elena no llegan las palabras; se ve su pulgar levantado, después la palma abierta, baja, orientada hacia ella.
Elena retrocede hasta la marca que deja libre el encuadre.
Sobre la pantalla pequeña, el bronce entra un instante por un borde y desaparece cuando el hombre vuelve a cerrar el plano.
En el reloj son las doce y veintidós.
La figura se desplaza despacio. La pata más baja se acerca al pequeño trazo de lápiz que ha quedado a la derecha del centro, y entre ambos hay cada vez menos blanco.
Elena la sigue sin tocar nada. El ministro ha encontrado un dato en sus hojas; levanta la página, la vuelve a dejar y pronuncia una cifra.
Una persona aplaude dos veces antes de detenerse. La frase continúa.
Elena se humedece el labio. Mira a la técnica, indica con la barbilla el trazo de lápiz y recibe un movimiento breve de conformidad.
Afloja lo necesario, corrige el auxiliar y lo inmoviliza otra vez.
Al hacerlo, la manga sube unos centímetros y deja ver una marca roja junto al nudillo, por encima de la mano que sostiene el trípode.
La figura del panel se aleja del trazo. Queda una raíz incompleta en la parte inferior y un arco de sombra cuyo extremo se pierde antes de cerrar la forma.
En la tribuna, una mujer vuelve la cabeza.
Mira el panel durante varios segundos; después toca con dos dedos el brazo del hombre que tiene al lado.
Él tarda en seguir la dirección que le señala.
Un tercer rostro se vuelve desde más atrás.
El ministro mantiene una mano en el atril y con la otra acompaña una frase sobre los jóvenes que recibirán las becas.
La mujer de producción que está junto a la puerta se apoya en la pared.
Desde aquí se le ve el zapato desprendido del talón y el pie flexionado dentro.
Cuando alguien la llama por su nombre, vuelve a calzarse y se incorpora.
Pasa detrás de Elena llevando una hoja, espera a que el operador le permita cruzar y se la entrega a Marta.
El papel hace un ruido de tela seca al abrirse.
Marta comprueba la hora.
Elena ha dejado las manos a ambos lados del cuerpo.
Se acerca a la mesa sin interponerse entre los espejos, levanta el teléfono que sujeta el informe y alisa la esquina doblada.
En la primera página hay seis entradas numeradas, varios subrayados y una línea que continúa en el margen.
Sigue esa línea con la yema, retira el dedo y vuelve a poner el teléfono encima.
El reloj cambia a las doce y veintitrés.
El operador de la tres ajusta otra vez el plano.
Se agacha lo suficiente para mirar por debajo del visor, señala el panel y luego la cámara.
Elena asiente. En el monitor del lateral todavía está el ministro; el borde de su puño aparece grande, casi del tamaño que tiene el bronce a unos pasos de distancia.
Al mover la mano sobre el atril, una sombra atraviesa la manga.
En la imagen pequeña de previo, al lado, el león permanece quieto durante unos segundos y después empieza a salir de su centro.