El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 2. Cobertura #3
94%

2. Cobertura #3

La demostración se ensayó ayer. El bronce está con la técnica; el panel, el auxiliar y sus apoyos continúan donde pudieron trabajar.

Kavi ha venido con el cuaderno, el teléfono y una chaqueta que no consigue acomodar bien.

No trae instrucciones de Elena. Si ella necesitase ayuda, podría llamarlo; para eso tendría que decidir primero qué ayuda quiere.

Él desea estar cerca sin obligarla a organizar también su preocupación.

Recuerda los dos dedos de ella en su antebrazo durante la prueba.

No había sido un gesto para que se moviese ni para señalar una medida.

Ahora la distancia entre la última fila y el lateral le devuelve aquella presión con una precisión incómoda: puede evocar el punto de contacto bajo la manga y no sabe si Elena lo ha visto entrar.

Anoche le ofreció pasar por Ayala. Ella necesitaba recoger y acostarse.

Él lo aceptó y después se quedó un rato sentado en la cama, con el teléfono todavía en la mano, deseando que la conversación hubiese durado más sin encontrar nada que debiera añadir.

Podría mandarle ahora una palabra, indicarle dónde está. La busca entre las cabezas antes de sacar el móvil. Elena se inclina sobre el bolso, saca una hoja y vuelve a sentarse derecha. Kavi deja el teléfono con la pantalla hacia abajo. Esperará a que ella pueda mirar.

A las doce y tres, el canto de la carpeta recupera su sombra.

Escribe la hora debajo de la primera, dejando enfrente el espacio de la siguiente pérdida.

Las dos columnas tienen pocas líneas. No alcanzan para establecer una repetición; además, mientras miraba a Elena, ha podido perder un cambio más breve.

Añade una raya pequeña junto al intervalo y sigue oyendo el discurso.

Álvaro presenta Cien años de mar . Una persona sostiene un ejemplar abierto para la cámara; las páginas pasan con lentitud, sin que se pueda leer un párrafo entero.

Habla del archivo, de los testimonios reunidos, de la obligación de conservar los trabajos que no salen en las fotografías.

Kavi apoya el bolígrafo entre dos dedos.

Querría escuchar esa frase en una habitación pequeña, después de poner sobre la mesa las reproducciones de su tía; aquí la oye junto a cientos de personas que pueden darle un contenido distinto y asentir con la misma sinceridad.

El agradecimiento a las familias conduce a la segunda mención: las heroicas Filipinas.

Después vienen servicio, aventura, continuidad.

Kavi mira a Elena, pero una persona cruza el pasillo y le oculta la tribuna lateral.

Cuando vuelve a verla, su postura apenas ha cambiado.

No puede saber qué palabra acaba de oír ella con más fuerza.

Las becas ocupan la parte final. Álvaro explica a quiénes irán dirigidas y anuncia que las bases se difundirán en los días siguientes.

La mujer de prensa hace una marca junto a su pregunta.

Kavi piensa en el contrato que terminó en marzo y en el alivio que le produciría abrir un correo con una fecha de incorporación.

No necesita imaginarse entre los candidatos para reconocer lo que una convocatoria puede hacer en la semana de alguien.

Escucha el agradecimiento a las universidades, mira los nombres impresos y se queda en uno que ha visto en cartas de colegas.

Durante unos minutos le resulta posible atender a lo que se ofrece sin exigir a esos estudiantes que respondan por el origen de la empresa.

La luz entra más abajo a las doce y cuarto.

En el lateral izquierdo aparece una franja oblicua que alcanza parte de la tribuna y se corta en la sombra de una hoja.

Kavi reconoce el lugar del ensayo antes de comprobar la hora.

Endereza la espalda para ver el trípode entre los maceteros; la franja baja que protege sus patas permanece libre.

Más allá, la técnica se mueve un paso y vuelve a quedar junto al soporte.

El panel recibe una claridad desigual. Todavía no hay imagen.

En el cuaderno, Kavi añade 12:15, lateral .

Mira el reloj una segunda vez y subraya solo la última palabra.

La sombra de la carpeta le había servido para advertir los cambios; ahora tiene delante el lugar al que se referían, con una incidencia que deberá comprobarse allí.

Su mano sigue buscando una línea más que escribir.

El bolígrafo deja un punto en la casilla vacía.

Álvaro agradece la presencia del ministro y termina.

La última frase se pierde en el comienzo del aplauso.

Kavi deja de mirar arriba; ve manos que se separan, una carpeta que resbala y es recogida antes de caer, la periodista que detiene la grabadora y consulta cuánto ha quedado registrado.

La presentadora vuelve al micrófono. Nombra al ministro y le cede la palabra.

Son las doce y veinte cuando él se levanta. Kavi cierra el cuaderno sin retirar el bolígrafo, y la tapa queda inclinada. Intenta respirar más despacio. En la tercera fila lateral, Elena también se ha puesto de pie. Lleva algo claro en la mano; desde allí no distingue qué es.