El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 2. Cobertura #2
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2. Cobertura #2

A las once y cuarenta y cinco, una mujer sube al escenario.

Da la bienvenida, agradece la presencia de las autoridades y enumera las instituciones invitadas.

Su voz sale del altavoz próximo a Kavi con una claridad que le permite oír el final de cada palabra por encima del movimiento de las carpetas.

Al pronunciar Fundación Silva, varios asistentes miran hacia las primeras filas.

Kavi busca a Elena. La ve de nuevo, una mano sobre el bolso, la cabeza vuelta hacia quien habla.

No le ha escrito desde que entró; el último mensaje de ella continúa siendo Luego te veo .

La presentadora anuncia el vídeo a las once y cuarenta y ocho.

En ambas pantallas, la fecha de 1926 se agranda y desaparece sobre una superficie de agua.

El sonido empieza con una vibración grave que Kavi siente en la pierna más cercana al altavoz.

Se aparta un poco. Aparecen un muelle, un barco, las páginas de un libro abiertas por una mano que no deja ver a quién pertenece.

La voz cuenta la continuidad de una familia y la transformación del comercio.

Cuando llega al origen, las dos pantallas reciben el mismo retrato.

El general aparece junto a una mesa, con una mano apoyada en un sable.

Kavi reconoce primero la guarnición clara del objeto apoyado sobre la mesa, después el mango.

Elena le había descrito aquel retrato y la cartela de la sede; hasta ahora, en su trabajo, había sido una imagen referida por otra persona, un enlace que necesitaba más que una semejanza para cerrarse.

Aquí la pintura se extiende por encima de varias filas de cabezas.

El movimiento del vídeo recorre la tela, avanza hacia el uniforme y deja la mesa unos segundos en el borde.

La montura se agranda con el resto; una curva de pintura que en el original deberá ser pequeña ocupa ahora una zona suficiente para distinguir las diferencias de color.

En el borde inferior hay una sombra que al principio toma por parte del marco.

Cambia cuando se mueve un espectador: pertenece a una cabeza, recortada contra la pantalla desde su sitio.

Kavi se desplaza y recupera el fragmento de la mesa.

La reproducción permite ese encuentro extraño entre una nuca actual, que no deja de moverse, y el antebrazo pintado, fijo en una postura elegida para durar.

Querría tener unos segundos sin música y acercarse lo necesario para mirar la guarnición; la amplitud de la imagen le concede detalle, pero no tiempo.

Un brillo de la montura parece blanco puro en una pantalla y algo más cálido en la otra.

Escoge la que ve de frente y procura retener el contorno.

Kavi se endereza. Busca la grieta conocida y enseguida advierte que está buscando en pintura lo que ha visto en metal.

El encuadre continúa subiendo. Aparecen el rostro, las condecoraciones, una fecha discreta: 1912.

La persona que decidió ese movimiento ha elegido acabar en los ojos del general.

Kavi todavía mira hacia el lugar donde estuvo el mango cuando la pantalla cambia a la fotografía de un buque.

No ha sacado el teléfono a tiempo. Le queda la carpeta en una mano y la otra vacía, levantada unos centímetros sobre la rodilla.

La baja. Puede pedir después la referencia de la imagen utilizada; no tendrá por ello acceso al reverso de la pintura ni a la etiqueta que Tomás recordaba.

En la silla contigua, la periodista escribe el título del libro.

Alguien, dos filas por delante, fotografía las pantallas cuando aparece un puerto lleno de contenedores.

El vídeo termina con rostros actuales y el logotipo.

La sala aplaude. Kavi da unas palmadas mientras todavía tiene el programa entre los dedos; el papel se dobla y golpea de una manera que le obliga a dejarlo en la carpeta.

Álvaro cruza el escenario. Ajusta sus hojas en el atril y espera a que el aplauso disminuya.

Empieza agradeciendo a los trabajadores.

Menciona a quienes están en el mar, a quienes mantienen una ruta desde una oficina, a las personas jubiladas que han aceptado acompañarlos.

Kavi ve que un hombre de la primera mitad de la sala se gira hacia otro, le dice algo y recibe un gesto de negación sonriente.

Álvaro mira en esa dirección. La frase siguiente se demora hasta que ambos vuelven a atender.

Una claridad más firme aparece sobre el canto de la carpeta.

Kavi levanta los ojos hacia la cubierta, luego hacia el lateral.

El panel blanco sigue sin dibujo. Saca el cuaderno cuadriculado y busca una página libre; en la anterior ha quedado una referencia que no quiere mezclar con esto.

Mira la hora del teléfono y escribe 11:52.

Al lado pone sol . La palabra le parece demasiado extensa para lo observado: no sabe qué ocurre sobre toda la galería. Añade borde de carpeta, sombra nítida .

Álvaro ha llegado a 1926. Habla del capital repatriado tras los años de las lejanas Filipinas y de la decisión de ponerlo al servicio de una empresa estable.

Kavi deja el bolígrafo sobre la cuadrícula.

La palabra repatriado le trae la carpeta de Ayala, un número de seis mil dólares que tampoco decía por sí solo de dónde había salido el dinero.

Se obliga a atender al verbo que viene después.

Álvaro enumera rutas, cambios de escala, alianzas.

En la pantalla aparecen fechas y fotografías; algunas pasan antes de que Kavi pueda leer sus pies.

Lo que le incomoda no se presenta como una afirmación aislada que pueda tachar.

Está en la velocidad con que una imagen deja sitio a otra, en la facilidad para pasar de un uniforme a una grúa y de la grúa a los jóvenes que recibirán las becas.

Él mismo necesita ordenar las cosas cuando prepara una explicación, retirar lo que no cabe, decidir cuánto puede soportar una persona antes de perder el hilo.

Sobre sus rodillas tiene una hoja que lo hace con una soltura que conoce y que esta mañana no consigue disfrutar.

A las once y cincuenta y ocho desaparece el borde oscuro junto al programa. La superficie sigue iluminada, pero la línea que permitía distinguir el canto se vuelve incierta. Kavi lo anota en la columna contigua. La periodista mira el cuaderno.

—¿Estás comprobando algo?

—La luz del lateral. Para la demostración.

Ella busca el sitio que él señala y después vuelve al atril. No le pregunta qué va a suceder. Kavi agradece no tener que construir una respuesta mayor que la que posee.