2. Cobertura
Kavi encuentra la última fila cuando todavía hay abrigos sobre varios asientos.
La mujer que lo ha acompañado levanta uno, pregunta de quién es y espera con él en la mano hasta que un hombre se vuelve desde la fila anterior.
Kavi aguarda a que lo recoja. Son las once y media.
La acreditación dice investigador invitado; en la suya no hay una zona técnica y la mujer le señala un sitio junto al pasillo, cerca de la caja negra de un altavoz.
Desde allí alcanza a ver a Elena por un intervalo entre cabezas.
Está sentada de costado respecto al público, con el bolso en las rodillas.
La franja clara de la acreditación aparece sobre su blusa cada vez que alguien se mueve y le devuelve la vista del lateral.
Kavi levanta dos dedos a la altura del pecho.
Ella no se vuelve. Los baja para quitarse la chaqueta y tarda un momento en decidir si dejarla en el respaldo o conservarla sobre las piernas, como si alguna de las dos posiciones fuera más adecuada para esperar.
La sala tiene ahora una profundidad que ayer no percibió.
Las filas de sillas, casi trescientas en el conjunto, ya no se pueden contar siguiendo sus patas: los cuerpos las reúnen en una extensión de hombros, nucas, telas oscuras, y solo los pasillos mantienen las líneas que producción había trazado en el suelo.
A la derecha, una mujer inclina la cabeza para que su acompañante pueda decirle algo sin levantar la voz; más allá, un hombre intenta cerrar un paraguas que ha traído a pesar de los claros.
El aire que entra con los últimos invitados huele a calle y a perfume.
Bajo la bóveda se va quedando otro, más tibio, en el que Kavi distingue el cartón de las carpetas recién abiertas y el café de alguien que ha terminado de beber antes de sentarse.
Las pantallas levantan dos rectángulos de azul a los lados del escenario.
De cerca vio ayer sus piezas y el grosor de los soportes; desde esta distancia, el color borra las uniones y parece mantenerse sin peso entre los huecos de las fachadas interiores.
Las cornisas quedan por encima, allí donde la luz sigue siendo gris o blanca sin obedecer al logotipo.
Kavi mira hacia la cubierta. La trama metálica se curva sobre las filas y termina en puntos que, desde su asiento, ocultan parcialmente los altavoces; detrás de cada paño hay una porción de cielo cuya claridad cambia mientras él trata de reconocer por dónde entró el sol durante el ensayo.
Ayer estaba más cerca. Aquí una cabeza que se inclina basta para quitarle el panel entero.
Prueba a desplazarse hacia el borde de la silla. La pata cede unos milímetros sobre la junta del suelo y se detiene contra la sujeción de la fila. Vuelve a acomodarse. El asiento no se va a mover con él.
Una mujer ocupa el lugar contiguo y coloca una grabadora pequeña sobre su carpeta. Le pregunta si está libre el otro lado. Kavi retira la manga de la chaqueta que había caído sobre la silla.
—Solo esto.
Ella agradece el hueco, saca un bolígrafo y comprueba algo en el teléfono. En la tarjeta lleva la palabra prensa. La de Kavi se ha deslizado bajo la solapa; la saca y la deja visible, sin saber para quién.
Le han escrito el nombre sin abreviarlo.
Pasa el pulgar por el borde del plástico y se acuerda de otras tarjetas, de una mesa al final de un congreso donde los cordones usados acababan juntos en una caja, todavía con nombres de personas que regresaban a un departamento o a una habitación alquilada.
Esta podrá guardarla si quiere. Al llenar el formulario de la invitación dejó sin completar el campo de institución, y durante dos días esperó una pregunta que no llegó; ahora observa la categoría impresa, suficiente para sentarlo aquí, mientras trata de no volver a calcular cuántos meses lleva trabajando sin que una fecha de fin se convierta en otra de comienzo.
La mujer de prensa conecta un cable a una batería y le pide que la avise si se cae debajo de la silla.
La carpeta que han repartido contiene el programa, una hoja satinada y un cuadernillo con fotografías de barcos. El papel de la nota se resiste al pliegue de la funda y vuelve a levantarse cuando Kavi lo deja sobre las rodillas. Lo sujeta con el programa.
GRUPO SILVA · CENTENARIO 1926–2026
Un siglo uniendo orillas
Madrid, 14 de octubre de 2026. El Grupo Silva celebra hoy sus primeros cien años con un acto institucional en el Palacio de Cibeles que reúne a representantes de las administraciones públicas, del sector marítimo, de la comunidad académica y de las entidades sociales con las que colabora.
El encuentro reconoce la contribución de varias generaciones de profesionales al desarrollo de una empresa nacida con vocación internacional.
Fundada en 1926 por el general Carlos de Silva y Alcázar con el capital repatriado tras los años de Filipinas, la compañía inició una trayectoria de servicio y apertura a nuevos mercados que tuvo un hito destacado entre 1966 y 1975, durante su expansión en el sudeste asiático.
Hoy el Grupo mantiene ese compromiso mediante la innovación, la formación y la cooperación con las comunidades vinculadas a su actividad.
«Una empresa permanece cuando sabe transmitir lo recibido y ponerlo al servicio de quienes vienen después», señala Leonor de Silva, presidenta de honor.
«Nuestro agradecimiento pertenece, ante todo, a las personas que han hecho posible este camino».
El volumen conmemorativo Cien años de mar , presentado en el acto, reúne testimonios, fotografías y documentos del archivo de la compañía.
La celebración incluye el anuncio de una nueva convocatoria de becas de la Fundación Silva para estudios e investigación sobre el mundo marítimo.
Las bases, los plazos y la dotación se publicarán en los canales de la Fundación.
Con esta iniciativa, el centenario prolonga su programa de colaboración educativa y reafirma una mirada compartida hacia el futuro.
Contacto de prensa: Departamento de Comunicación del Grupo Silva. Datos en la contracubierta de la carpeta.
Material informativo. Los programas anunciados se regirán por sus bases específicas. Fotografías facilitadas para información sobre el acto, con indicación de procedencia.
Kavi vuelve al segundo párrafo. El nombre del general está completo.
En la glosa de 1926 que transcribieron en el archivo había un hombre que afirmaba haber firmado una escritura; en esta hoja, el verbo fundar reúne el capital, el nombre y la fecha sin dejar un lugar visible para otras firmas.
Kavi no ha visto la escritura de constitución.
Apoya la uña debajo del año, sin marcarlo, y sigue leyendo hasta el intervalo de nueve años que ocupa poco más de una línea.
Mil novecientos setenta y cuatro cabe allí dentro.
También cabe la remisión de abril de 1975 del libro conservado por su tía.
La nota no nombra una cuenta, y él no podría introducirla en ese párrafo sin explicar primero qué alcanzan a leer y qué sigue pendiente.
Recuerda la fotografía torcida de la página, la zona del pliegue donde dos trazos se tocaban y el tiempo que perdió intentando reconocer como familiar una letra de cuentas.
Había esperado que abrir la carpeta le permitiera saber; ahora lleva una pregunta más, anotada con cuidado, mientras esta hoja puede entregarse sin ninguna marca que obligue a detener la lectura.
—¿Han puesto cuánto? —pregunta la mujer de al lado.
Kavi tarda en comprender que se refiere a las becas. Ella señala el cuarto párrafo.
—No lo veo.
La mujer vuelve la hoja y encuentra solo una fotografía.
Anota una pregunta en su libreta. Después le muestra la pantalla del móvil: una noticia breve anuncia el centenario y atribuye a la empresa el párrafo sobre la expansión asiática.
Kavi reconoce la misma secuencia de palabras, abreviada antes de llegar a las becas.
—Ya está saliendo. A ver si luego dan las bases.
Le vuelve a quedar delante el reverso del teléfono.
Kavi mira su propia nota, el brillo que atraviesa la tinta cuando inclina el papel.
Vuelve la hoja: la fotografía muestra a un grupo de trabajadores junto a una grúa.
No sabe sus nombres. Uno ha cerrado los ojos en el momento de la toma y otro sostiene el casco contra la cadera.
Podría buscar un motivo para desconfiar también de esa imagen; prefiere detenerse en la mano que sujeta el casco, cansada quizá, o simplemente mal colocada durante los segundos que duró la fotografía.
Se produce un movimiento en el pasillo central.
La gente deja de hablar antes de que nadie haya pedido silencio.
Kavi se vuelve y ve avanzar a una mujer de pelo blanco junto a dos personas que regulan el paso sin tocarla.
Lleva un bastón; la contera pasa sobre las juntas sin posarse mientras camina por el tramo que él alcanza a ver.
Reconoce el rostro de la fotografía pequeña que acompaña a la presidenta de honor en el cuadernillo.
Leonor hace una pausa para contestar a un saludo.
Uno de los acompañantes espera a que termine y después señala la primera fila.
El ministro llega por el otro extremo. Kavi sabe quién es por la presentación del programa, pero desde atrás solo ve cómo se inclina para escuchar a Leonor y cómo espera mientras ella acomoda el bastón junto a la silla.
Hay dos fotógrafos agachados. Uno cambia de posición sin levantarse del todo; el otro le deja sitio y sigue mirando por el visor.