El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 1. Acreditación #3
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1. Acreditación #3

Su tío segundo lleva el auricular ajustado detrás de una oreja.

Al volverse hacia la persona que le habla desde abajo, roza el cable con el cuello de la camisa y se interrumpe para acomodarlo.

Elena recuerda a Fernando tratando de librarse del cordón de unas gafas que nunca conseguía dejar donde quería; la asociación llega con una familiaridad que no ha solicitado.

Álvaro era primo de su padre antes de ser el hombre que ahora ocupa ese puesto.

Ella podría negar a ese parentesco cualquier valor explicativo y seguiría reconociendo, en un giro del hombro, algo de las comidas en que los dos hablaban mientras alguien esperaba que atendieran a otra cosa.

No recuerda una conversación entera. Le queda una risa, el movimiento de una servilleta, la impaciencia de Nuria al recoger los platos. Se obliga a no completar el resto con el conocimiento de esta mañana.

Álvaro la ve cuando baja a preguntar por una señal del apuntador. Levanta la mano y se acerca.

—Me alegro de que hayas venido.

Elena había preparado respuestas para una pregunta sobre el informe, para una observación acerca del espejo, incluso para que él fingiera no verla. Aquella frase la deja sin una réplica inmediata.

—Tenía que comprobar el montaje.

—Lo sé. Gracias.

Él mira hacia el puesto, después hacia ella. Desde cerca, Elena distingue una pequeña marca de cansancio bajo los ojos, el pliegue que el auricular ha dejado sobre la piel. No sabe cómo ha dormido. No necesita concederle una noche tranquila para explicar que sea capaz de hablarle con cortesía.

—Mi madre está a punto de llegar. Quiere verte.

Elena piensa en Leonor, en la ficha de 1985, en lo difícil que le resultaría acercarse esta mañana y no mirarle primero las manos.

La verá sentada entre otras personas, tal vez pendiente de dónde apoyar el bastón.

Podría acercarse, preguntarle cómo está, inclinarse para que la oiga.

Querría poder hacer esas cosas sin que el gesto fuese utilizado por ninguna de las dos como una respuesta sobre todo lo demás.

—Iré a saludarla —dice.

Álvaro asiente. Mira la acreditación, que se ha vuelto del revés al subir a la tribuna.

Antes de que Elena la acomode, él toma el borde del plástico y lo gira.

Lo hace con un cuidado breve, evitando enganchar la cinta en el cuello de la blusa; Elena permanece quieta, sorprendida por la facilidad con que su cuerpo reconoce aquel gesto familiar.

Cuando él suelta la tarjeta, el nombre queda hacia fuera.

—Así te dejan trabajar —dice.

Lo llaman desde el escenario. Álvaro se despide con un movimiento de la mano y regresa a sus papeles. Elena mira la acreditación. La categoría sigue siendo informe técnico. Ha estado a punto de agradecérselo como si él se la hubiera concedido.

Queda menos de media hora para liberar el espacio.

Producción recorre el lateral, retira una botella empezada, pregunta a quién pertenece una funda vacía.

Elena guarda sus hojas en el orden que había preparado y vuelve a sacarlas porque no recuerda haber incluido la copia de recepción.

Está allí, detrás del informe. La comprobación le produce un alivio desproporcionado que dura hasta que cierra otra vez la carpeta.

La voz de Álvaro ya no sale por los altavoces.

Quedan palabras cortas, nombres de personas a las que llaman desde distintos extremos, la prueba aislada de un canal.

Alguien estira una tela y la recoge un poco más abajo.

En las primeras filas cambian dos tarjetas de asiento.

Elena observa el intercambio sin averiguar quién se sentará ahora junto a quién.

La luz de la bóveda se ha vuelto más pareja. No sabe cuánto tiempo lleva así; mientras cotejaba el espejo ha dejado de mirar hacia arriba. Saca el móvil por última vez y lo guarda antes de abrir la hoja de previsión. Necesitaría una información que el teléfono no puede darle todavía.

Revisa desde su posición el panel, el auxiliar sujeto, el paso libre para la técnica. Debajo de la mesa, la caja de aluminio conserva la etiqueta visible. Elena aparta la mano de su propia carpeta: estaba apretando el canto hasta dejar una marca en la piel. Nadie le ha pedido que suba de nuevo.

A las once y media ocupa el asiento de la tercera fila lateral que le han indicado.

El bolso cabe sobre sus rodillas. Al apoyarlo, la acreditación roza la cremallera y ella la levanta para que el plástico no haga ruido.

Desde allí ve un extremo de la mesa y parte del bastidor blanco; el bronce queda en su soporte, fuera del alcance de quienes pasarán por delante.

Deja la mano abierta sobre el bolso. El temblor mueve apenas la sombra entre dos dedos.

Recuerda la mancha que se escapaba de la cartulina en febrero, el giro mínimo que debía deshacer casi entero; después aprendió que el reflejo cambia de dirección en un ángulo doble del que gira el espejo.

Ahora mantiene la palma apoyada. No llega a cerrar los dedos.