1. Acreditación #2
Escribe: Luego te veo . Antes de enviarlo añade una pregunta sobre el camino. La borra porque sabe que no necesita esa ayuda. Envía las tres palabras y pone el teléfono dentro del bolso.
Al retirar la mano, el nudillo roza la parte áspera de la cremallera.
La molestia le devuelve el recuerdo de la mano de Kavi junto a la suya, el calor que tardaba en perderse después de separarse.
Desea encontrarse con él al terminar, lejos de los nombres impresos y del trabajo que tienen en común; sentarse, por ejemplo, donde el camarero les dé tiempo para elegir y ella no deba consultar una hora.
Le parece una aspiración pequeña hasta que trata de imaginar qué podrá contarle de esta mañana.
No consigue llegar a esa mesa sin atravesar primero todo lo que ahora preferiría posponer.
Debajo de la mesa de la tribuna está la caja de aluminio.
Han reservado allí su espacio como parte del material previsto, con la etiqueta hacia arriba y la hoja del préstamo en su funda.
Elena comprueba los dos pestillos sin abrirlos.
Joaquín conserva la llave de habilitación.
Ayer acordaron que el equipo permanecería cerrado; el programa de la mañana no ha cambiado esa condición.
Ella aparta del asa una cinta que alguien ha dejado caer al sujetar un cable y la entrega al operario que trabaja cerca.
—Se te había quedado esto.
Él la enrolla en dos dedos y se la guarda. Le da las gracias con la atención aún puesta en el cable.
A las diez, una voz dice uno por los altavoces.
Después dice dos, después vuelve a uno. Elena siente la primera vibración en la mesa antes de reconocer qué la produce.
Un técnico le pide que se acerque al micrófono para comprobar la voz desde el lateral; ella lo hace y lee las dos primeras líneas del informe que ha traído.
Su voz sale más grave de lo que la oye al hablar, ligeramente separada de su boca por una demora que quizá pertenezca a la sala.
El técnico modifica algo y le pide que repita.
—En el examen de superficie…
Se detiene porque él levanta un dedo.
Vuelve a empezar. Esta vez consigue escuchar sus palabras sin estar pendiente de cuánto se parecen a las que cree pronunciar. Le indican a qué distancia funciona mejor. Elena mira el borde de la mesa y asiente.
Desde allí se ven las filas, todavía vacías en su mayoría, y al fondo una persona que camina hablando por teléfono sin saber que sus gestos caben dentro del encuadre de una cámara.
Los asientos de la parte central llevan papeles con nombres.
Elena distingue algunos y deja de leer. Había pensado en quienes escucharían la explicación como en un conjunto de voluntades contrarias o favorables; desde el puesto solo encuentra sitios donde alguien tendrá que acomodar las piernas, dejar una chaqueta, buscar en el bolso.
Esa evidencia no le facilita hablarles. Le dificulta seguir imaginándolos como un solo adversario.
Al bajar, Marta le ofrece agua. Señala una mesa fuera de la zona del objeto; todavía sostiene en la otra mano un vaso que apenas ha empezado.
—¿Has desayunado?
Elena tarda un poco en contestar. Tiene presente la taza de Ayala, pero no recuerda haber terminado el café.
—Algo.
Marta le acerca una servilleta con dos galletas.
Después se vuelve para pedir que no retiren aquella mesa: falta gente por llegar.
Elena parte una galleta sobre el papel y se mete la mitad en la boca; se le queda seca contra el paladar, necesita beber, agradece tener que ocuparse de tragar antes de responder a Marta, que se ha apartado un auricular para escucharla.
Solo alcanza a darle las gracias. La otra asiente y recoge su vaso.
En cuanto se aleja, Elena acaba la segunda mitad y dobla la servilleta alrededor de las migas.
La caja del IPCE llega por el acceso previsto, acompañada por la técnica encargada del traslado.
Elena se acerca para recibirla donde han dejado espacio.
Antes de abrir nada, comprueban la identificación y el registro de salida.
El bronce volvió al Instituto después del ensayo del día trece; esta mañana viaja de nuevo, con la autorización de este traslado y las condiciones de custodia que han acordado para el acto.
La técnica lleva una carpeta cuya tapa se mantiene abierta con una goma.
En ella están la relación de movimientos, el estado de conservación y la referencia a la cobertura de seguro para la salida, permanencia y retorno.
Elena encuentra su nombre en el apartado de recepción.
Lo lee junto a la función que le corresponde; la firma no le concede disponer de la pieza fuera de las condiciones que figuran en las hojas anteriores.
—Aquí, cuando terminemos la comprobación —dice la técnica.
Elena devuelve el bolígrafo al borde de la carpeta. Había estado a punto de firmar antes de ver el objeto.
Abren la caja en el lugar protegido. El espejo ocupa su alojamiento con una inmovilidad que Elena ya conoce, pero esta mañana tarda en reconocerlo: la espuma, la luz de la galería, la distancia entre aquella mesa y el escenario le quitan la familiaridad que tenía bajo la lámpara del Instituto.
La técnica señala los puntos que deben cotejar contra las imágenes de salida.
Elena sigue el borde, la montura, las pérdidas registradas.
No toca la cara para asegurarse de que está allí.
Durante un momento se acuerda de la bandeja en el suelo de Ayala, en febrero, la rodilla doblada bajo el cuerpo, la gamuza que llegó a tomar antes de guardarla.
Había necesitado tan pocas cosas para empezar y había sabido tan poco de lo que estaba haciendo.
Mira otra vez el punto de la montura que la técnica le indica.
La comprobación termina sin una alteración nueva que deban consignar.
Anotan la hora. Elena firma donde le han señalado y espera a que la técnica lo haga en su propio apartado.
Recibe la copia que le corresponde. El original vuelve a la carpeta con los documentos del traslado; ella introduce la copia en la funda de su informe, cuidando de que ninguna esquina quede doblada.
El espejo pasa al soporte bajo supervisión.
Comprueban su posición y la distancia al panel; el auxiliar permanece en la disposición ensayada.
La claridad de la cubierta basta para ver la cara del bronce, todavía sin las condiciones de incidencia que permitirían una proyección útil.
Elena no intenta arrancar una figura a esa luz.
Mira lo necesario para reconocer que la pieza descansa como debe y se aparta para que la técnica revise el acceso.
La mujer le muestra dónde permanecerá durante el acto. Si hace falta intervenir en el soporte, Elena tendrá que avisarla. Agradece que la instrucción sea concreta. Puede cumplirla sin resolver todo lo que ha traído consigo.
Álvaro ensaya de pie, con una de las manos apoyada sobre sus papeles.
Elena lo oye antes de verlo. Ha dejado un hueco al final de una frase y la voz que llega de producción le pide que lo reduzca un poco.
Él vuelve al párrafo anterior, encuentra el comienzo sin leer la página entera y dice Filipinas.
La pausa continúa después del nombre.
Desde el lateral, Elena ve cómo espera Álvaro a que el silencio tenga la duración solicitada.
No hay nadie aplaudiendo. Un hombre sentado ante un monitor levanta la mano y le indica que siga.
Álvaro vuelve a empezar, menos despacio.
La palabra conserva su sitio entre las frases, y Elena descubre cuánto puede cambiar una oración sin que se sustituya ninguna de sus palabras.