1. Acreditación
A las nueve, Elena tiene que sacar otra vez el documento de identidad.
Lo había enseñado en el primer control y lo ha guardado en el bolsillo interior del bolso, detrás de un sobre que ahora impide encontrarlo.
La mujer de la mesa espera con un dedo sobre la lista.
A su espalda, varios cordones cuelgan de un perchero bajo; las acreditaciones, ordenadas por apellidos, muestran sus caras blancas y sus reversos, y uno de los plásticos golpea otro cada vez que la mujer se vuelve para buscar un nombre.
—De Silva —dice Elena.
La mujer baja una línea.
—Elena. Informe técnico.
Comprueba la fotografía antes de entregarle el cordón.
No da señales de reconocerla ni ha tenido necesidad de hacerlo.
Elena recoge el documento, vuelve a guardarlo y aparta el pelo para pasar la cinta por encima de la cabeza.
El plástico le cae sobre el pecho, demasiado bajo; tiene que levantarlo para leer.
CENTENARIO 1926–2026
ELENA DE SILVA
INFORME TÉCNICO
ZONA T · TRIBUNA LATERAL
Acreditación personal e intransferible.
Debajo hay un código QR que la mujer acaba de comprobar con un lector.
Le señala el paso reservado a producción y le recuerda que debe conservar la tarjeta visible.
Para entrar por el lateral de la tribuna volverán a mirarla.
Elena asiente; no esperaba poder recorrer el edificio entero, pero agradece que le indiquen por dónde pasar sin preguntarle de quién es pariente.
En la categoría no figura familia.
Durante unos pasos siente el alivio de esa omisión.
Después le incomoda haberlo sentido: su apellido ocupa más espacio que el trabajo para el que la han convocado, y la tarjeta que cuelga del cordón existe porque aceptó participar en un acto al que habría sabido llegar aunque nadie le hubiese enviado las instrucciones.
Piensa en las personas que han cruzado el primer control antes que ella, cargadas con una caja, un maletín, un abrigo todavía puesto; ignora qué necesitan demostrar cada mañana para entrar donde trabajan.
La Galería de Cristal se abre después del corredor.
Elena la vio ayer ocupada por el ensayo, pero esta mañana la distancia hasta la tribuna parece mayor: las sillas ya forman filas completas, se han retirado los embalajes que cortaban el paso y los maceteros señalan un recorrido por el que aún no circula el público.
En el espacio despejado, cada persona que camina lleva consigo un ruido preciso.
Se oye el roce de una rueda, el golpeteo de una pulsera contra una carpeta, una voz que prueba hasta dónde puede llamar sin utilizar el micrófono.
Arriba, la bóveda conserva un cielo dividido.
Las piezas de su estructura se encuentran en ángulos que cambian cuando Elena avanza; donde esperaba una cuadrícula ve líneas que se curvan, pequeños planos de vidrio cuya claridad no coincide por completo con la del vecino.
Una nube alta atraviesa varios a la vez y permite reconstruir por un instante la continuidad que el metal interrumpe.
Después la franja se adelgaza y es el dibujo de la cubierta lo que vuelve a imponerse.
Bajo ella, las fachadas interiores tienen una quietud más antigua, huecos y cornisas a los que el montaje de la mañana presta una iluminación provisional.
Cables, pantallas y altavoces hacen sitio a sus necesidades sin borrar las ventanas que han quedado detrás.
Las carpinterías altas, de un gris que se vuelve verde donde reciben más claridad, repiten divisiones menores dentro de aquella gran división del cielo.
Elena sigue con la vista una de ellas hasta el zócalo oscuro.
Abajo, las juntas de las losas continúan bajo las filas de sillas y reaparecen al otro lado, más allá de un pasillo por el que mañana quizá no pase nadie del mismo modo.
Cuesta advertir que el orden del acto se ha colocado sobre otro orden que podrá prescindir de él.
Le llega olor a café desde algún punto que no ve, y durante unos segundos la galería se vuelve tan concreta como una sala a la que se ha llegado demasiado pronto: el abrigo sobra, el bolso pesa y aún no hay una superficie donde apoyar ninguna de las dos cosas sin preguntar.
Elena se detiene fuera del paso marcado.
Había imaginado que miraría el cielo en cuanto entrase; ahora le cuesta apartar los ojos del pequeño carro que dos hombres tratan de hacer girar sin rozar una fila de sillas.
Uno tira, el otro levanta una rueda. En cuanto salvan el obstáculo, siguen discutiendo por dónde deberían haber pasado.
La facilidad de esa discusión, la posibilidad de atribuir un contratiempo a una curva demasiado estrecha, le produce una envidia breve.
Lleva tres horas de sueño en el cuerpo. No necesita sumar de nuevo el intervalo entre el momento en que dejó de mirar el techo de Ayala y la alarma; lo reconoce en la sequedad de los ojos, en el esfuerzo que le exige decidir en qué bolsillo guarda cada cosa.
Anoche cerró el baúl. Después había vuelto una vez a la habitación, sin abrirlo, para recoger un papel que no estaba allí.
Ahora encuentra ese papel doblado dentro del bolso y tarda en recordar por qué lo llevó de una mesa a otra.
Marta se acerca con los auriculares puestos. Mira la tarjeta antes de levantar los ojos hacia ella.
—Ya me han acreditado —dice Elena.
—Perfecto. Tu puesto está preparado. A las diez probamos sonido y a las once y media necesitamos libre el escenario.
Le muestra la zona desde fuera del recorrido de los técnicos.
El gesto es amplio; la tarea que le asigna, pequeña.
Elena debe comprobar su posición, mantener despejado el paso y avisar antes de tocar cualquier elemento que afecte al montaje.
Marta tiene otra conversación pendiente en el auricular.
Espera a que Elena termine de preguntarle dónde dejar el bolso y solo entonces responde a quien la llama.
El trípode del espejo auxiliar está en el lateral izquierdo de la tribuna.
Los dos maceteros lo flanquean; sus hojas rompen la vista del soporte desde algunas sillas, pero dejan libre el espacio por el que tendrá que entrar la luz si las condiciones lo permiten.
El espejo plano, de veinte por treinta centímetros, conserva la sujeción que revisaron ayer.
Elena se agacha sin tocarlo. Una de las marcas del suelo ha quedado parcialmente tapada por la base del macetero y pide que lo separen un poco, lo suficiente para verla entera.
Un operario se acerca.
—¿Hasta aquí?
Ella comprueba el paso antes de asentir. Él deja la base fuera de la cinta y vuelve a su tarea. Sobre una hoja tiene otras cuatro cosas que deben estar terminadas antes de la prueba de sonido.
El panel blanco mate espera en su bastidor.
Desde las filas parece una superficie continua; de cerca se reconoce la unión del material y, al rodearlo, los apoyos que lo mantienen estable sin descansar sobre la pared antigua.
Elena pasa por detrás, mira la distancia a la zona donde se colocará el bronce y vuelve al frente.
El metro previsto pertenece al recorrido entre la pieza y la pantalla; no va a recuperarlo contando baldosas desde cualquier borde de la mesa.
La posición del soporte está señalada. Quien traiga el espejo deberá comprobarla con ella antes de darla por buena.
Le queda un poco de polvo blanco en la punta del zapato.
No procede del panel: al agacharse ha rozado una junta del suelo cerca del paso.
Lo limpia con un pañuelo y descubre que ha pasado varios segundos buscando en aquel polvo un problema que le permitiese ocuparse de algo más sencillo.
El montaje está dispuesto. Podría limitarse a comprobarlo, hablar de la superficie, describir lo que se ha medido y dejar que el acto continuara.
Nadie le ha pedido una decisión sobre la historia de su familia antes de las once y media.
Saca el teléfono.
La hoja que producción comparte con quienes dependen de la luz conserva la previsión de nubes altas y claros.
El indicador que han añadido para el tramo de mediodía ha subido cuatro puntos desde anoche.
Elena lee la nota inferior, donde se advierte que es una estimación de trabajo, y vuelve a mirar el cielo a través de la cubierta.
La cifra no sabe qué parte del cristal atravesará un claro ni cuánto durará sobre este lugar.
Aun así, siente alivio al verla mayor. Vuelve a leer la reserva escrita debajo.
Guarda el móvil y lo saca otra vez unos minutos después. La hoja no ha cambiado.
Hay un mensaje de Kavi, enviado antes de que ella llegara: que le avise si necesita que lleve algo.
Vendrá para la convocatoria posterior al ensayo.
Elena no lo ha llamado al salir, como le dijo anoche; miró la hora, quiso esperar unos minutos y después tuvo que buscar el documento de identidad.
Empieza a escribir que todo está bien y borra todo .
Le dice que la han acreditado, que están preparando el sonido.
Él conoce las pruebas del espejo, el programa, las condiciones de su participación.
No sabe qué otros pensamientos ha ido llevando ella a la cama desde que leyó las glosas.
Tampoco ella sabe aún a cuál de esos pensamientos va a obedecer.
Se queda con el teléfono en la mano. El cinco de octubre, en la cocina, le había resultado posible acercarse a Kavi sin preparar antes una explicación que garantizase el resultado; la respuesta de él seguía en el recuerdo como una proximidad que podía desear sin convertirla en una deuda.
Esta mañana querría oír su voz. Querría también que no le preguntase qué le ocurre hasta que ella hubiese encontrado una versión suficientemente limpia para contársela.
La incompatibilidad la irrita: recibe de él una confianza que disfruta y al mismo tiempo calcula qué parte de su incertidumbre puede mantener fuera de esa confianza sin dañarla.