Prueba de luces #3
Lo dice mientras busca con el pie una caja donde sentarse para comer. Elena dobla la escaleta por los pliegues que ya tiene.
En Ayala, la mesa del salón tarda en recuperar su tamaño.
Elena retira primero la bolsa, luego las hojas duplicadas, un sobre vacío y las llaves que ha dejado encima de la impresión de la factura.
Hay restos de un día entero en superficies demasiado pequeñas para mantenerlos separados.
Lleva los papeles que necesita al lado del ordenador y enchufa el cable. El resto puede esperar.
La confirmación del regreso al IPCE llegó por la tarde.
La guarda con la hoja del traslado y comprueba que el archivo se ha copiado antes de cerrar la carpeta.
En la pantalla queda el parte de producción para mañana: convocatoria a las nueve, prueba de sonido a las diez, escenario libre a las once y media.
La previsión que han adjuntado habla de nubes altas y claros.
El porcentaje del tramo central ocupa una casilla diminuta.
Elena no sabe cómo convertirlo en la duración de un claro sobre el panel; pasa el dedo por la hora sin pulsar nada y deja el teléfono boca abajo.
Kavi llama cuando está buscando un vaso.
Le pregunta si ha llegado la confirmación.
Ella dice que sí, que el espejo ya está otra vez en el Instituto.
Después hablan del operario que quiso ver el dibujo en la cara del bronce.
Elena reproduce su pregunta y oye reír a Kavi con un retraso leve, el suficiente para que imagine dónde tiene apoyado el teléfono.
—¿Dónde estás?
—Sentado en una cama que no he hecho.
La respuesta le produce una ternura inesperada, un deseo de esa habitación que no ha visto.
Podría pedirle que viniera. Podría ir ella, aceptar la torpeza de llegar con la ropa del ensayo y no tener preparada una explicación para quedarse.
Mientras él habla de la pregunta que ha vuelto a enviar a su tía, Elena se imagina apoyando la mejilla en su hombro, sin documentos entre los dos, sin que el encuentro necesite justificar ninguna hora.
No sabe si desea dormir a su lado o dejar de estar pendiente de sí misma; se queda con la duda en vez de convertirla en una promesa que mañana no sabría sostener.
—¿Quieres que pase? —pregunta él.
Elena aprieta el vaso contra el pecho. Le gusta que lo haya preguntado. Le cuesta admitir que eso no le obliga a decir que sí.
—Esta noche necesito recoger. Y acostarme pronto, si puedo.
—Vale.
Él no le pide una razón mejor. Esa aceptación la acerca tanto como habría podido hacerlo su llegada.
Le dice que lo llamará al salir de casa, si no es demasiado temprano.
Kavi contesta que tendrá el teléfono cerca.
Ninguno añade para cualquier cosa. Elena oye una moto por la línea y por un momento le resulta posible situarlo en la misma ciudad, a una distancia que se puede recorrer.
Después de colgar, bebe el agua y vuelve al salón.
La ventana devuelve su reflejo sobre las habitaciones iluminadas de enfrente.
En la calle hay menos tráfico, pero una conversación sube con claridad hasta el balcón; una mujer repite un número, otra lo corrige.
Elena aparta la cortina para cerrar bien la hoja y siente el aire fresco en el dorso de los dedos.
El baúl permanece junto a la pared. Hace días que terminó de sacar lo que quedaba dentro: las sedas descansan en cajas planas, apoyadas sin nuevos dobleces; la bandeja y la lata se guardan aparte.
La fotografía, la moneda y los documentos siguen en Ayala, cada uno con su protección y su número.
Tener reproducciones no ha disminuido el espacio que necesitan los originales.
Elena había creído que ordenar consistiría en reunir.
Ahora debe recordar varios lugares para encontrar lo que antes estaba dentro de uno solo.
Levanta la tapa. En el fondo vacío se ve una variación del color de la lona, un rectángulo que estuvo protegido más tiempo que la franja contigua.
Las tiras laterales todavía limitan la apertura.
No busca un bolsillo nuevo ni despega la etiqueta del costado.
Comprueba que no haya quedado una hoja entre la tapa y el borde y lo cierra con ambas manos.
Ha traído los zapatos que piensa llevar mañana.
Uno tiene el cordón torcido en el último ojal.
Elena lo saca, lo vuelve a pasar y se sienta sobre el baúl para comprobar que puede atarlo sin apretar demasiado el empeine.
La madera cede un poco. Recuerda al abuelo buscando el segundo zapato con la punta del primero; el padre se agachaba junto a ella, le miraba una yema, le apartaba la mano del latón.
No consigue recordar qué dijo Ignacio aquella tarde de verano, si llegó a decir algo.
Conserva, en cambio, la altura de sus rodillas desde el hueco donde ella se había sentado.
Elena termina el nudo. La cantonera está fría bajo el muslo, a través de la tela fina del pantalón. Baja el pie al suelo. El otro zapato permanece a su lado, con el cordón suelto.