El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Prueba de luces #2
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Prueba de luces #2

Joaquín vuelve al pequeño espejo plano que han traído como alternativa.

Mide veinte por treinta centímetros, tiene los bordes protegidos y está fijado a una cabeza de rótula.

Su función será recoger la luz que entra por la cubierta y enviarla hacia el bronce sin que nadie tenga que sostenerlo durante la prueba.

Marta los escucha y mira después la planta más cercana.

—¿Ese recorrido tiene que quedar libre?

Elena se lo señala.

Marta llama al operario del macetero. Él lo desplaza lo necesario y pregunta si puede terminar de sujetar el frente de la tribuna mientras esperan. Son las doce y siete. Tiene prevista una pausa que ya ha cambiado dos veces de hora.

—Antes de y veinte —dice Marta.

—Eso son doce minutos.

—Trece.

Él consulta su reloj y le concede el minuto con un movimiento de la mano.

Kavi llega cuando están comprobando el encuadre de cámara.

Se queda detrás de Elena, dentro de la zona indicada para observadores.

Ella lo oye saludar y se vuelve. Durante varios días se han visto con una facilidad que todavía no tiene nombre: un mensaje para saber si ha comido, una hora cambiada, la posibilidad de que él pase por Ayala sin traer una pregunta sobre un documento.

Ahora Elena siente el impulso de tocarle la cara, de apartarle una hebra pegada a la sien, y al contener el gesto se da cuenta de que no sabe aún cuánto de esa intimidad quiere mostrar delante de otras personas.

Kavi no intenta resolverlo. Le pregunta si el foco ha servido.

—No como queríamos.

—¿Y esto?

—Vamos a probar.

Él mira la franja de sol, luego el reloj. Elena apoya dos dedos en su antebrazo antes de volverse hacia el panel. El contacto dura lo que tarda en reconocer, bajo la tela, el calor de alguien que ha venido hasta allí porque ella se lo pidió.

A las doce y veinte, la luz alcanza la zona prevista.

Joaquín comprueba el recorrido mientras la técnica mantiene el apoyo del bronce; después se aparta hasta el punto desde el que puede mirar sin interponerse.

La primera mancha queda fuera del centro del panel.

Un ajuste del auxiliar la desplaza, la hace cruzar una junta del bastidor y la devuelve a la superficie mate.

Elena ve primero la diferencia entre el blanco iluminado y el blanco que lo rodea.

Luego aparece una interrupción en el interior, demasiado débil para ser todavía un animal.

La reconoce antes de poder nombrarla. Una curva se prolonga hacia arriba, encuentra el arranque del tronco; debajo, la pata alzada conserva un borde de sombra y otro de luz.

El león mira a la derecha de quien está ante el panel.

La corona no tiene la nitidez que Elena guardaba en la ampliación del mapa de marzo.

Parte de las raíces se pierde. El dibujo está allí con sus dificultades, con un hueco que ella podría rellenar de memoria y que, al pedirle Marta que se aparte un poco para dejar pasar la cámara, vuelve a ver incompleto.

Joaquín mide la extensión sobre la referencia preparada junto al panel.

—Unos treinta y dos.

Elena apunta la cifra. Doce centímetros de disco, un metro hasta esa superficie, el radio aproximado que habían medido en marzo.

Los números la ayudan a distinguir el resultado que tienen de una aparición deseada.

Aun así, al mirar de nuevo, experimenta un placer que no procede de haber acertado una cuenta: la figura se sostiene fuera de sus fotografías, en ese lugar inmenso donde nadie estaba obligado a reconocerla.

Marta inclina la cabeza. Sergio ha bajado para verla.

El operario del macetero se detiene con una herramienta en la mano y le pregunta si eso lo han grabado por detrás.

—No hemos abierto el reverso —responde Elena—. Lo que hemos medido está en esta cara.

Él se acerca hasta la marca permitida y mira el bronce. Después mira el panel.

—Pues en la cara no se ve.

Elena siente ganas de reír, de explicarle otra vez todo lo que le explicaron a ella. Se limita a decir que no, que a simple vista no se ve. El hombre asiente y regresa a su trabajo antes de que nadie dé por terminada la prueba.

El contraste cambia cuando una claridad más lechosa cruza la cubierta.

No desaparece de golpe; las líneas pierden firmeza, el borde de una pata se confunde con el fondo y el árbol vuelve a ser una distribución de manchas.

Elena conserva los ojos en el panel hasta que la luz mejora.

La trama del techo, mientras tanto, continúa sobre la pared, con una sombra que ha avanzado respecto de una cornisa.

Aquí se mueven varias cosas sin que ninguna tenga que desplazarse mucho.

Al cabo de un minuto hay que corregir el auxiliar.

La figura ha derivado sobre las referencias del panel.

Joaquín hace el ajuste y anota las condiciones.

No bastará con dejar mañana el trípode donde está hoy: la hora será casi la misma, pero tendrán que comprobar de nuevo la incidencia, el recorrido y la posición de la pieza.

Elena mira los tornillos de la rótula. Le parecen demasiado pequeños para todas las circunstancias que van a depender de ellos.

Marta ha puesto un cronómetro. A los noventa segundos levanta la mano.

—Vale. Necesito que probemos el paso por aquí.

La técnica cubre la cara con la protección prevista y comprueba el apoyo antes de que el operario vuelva a cruzar la zona.

Elena se queda mirando el panel sin imagen.

Ayer habría querido asegurar la luz; ahora querría asegurar que mañana alguien mirase precisamente durante el tiempo en que la haya.

Le incomoda descubrir esa segunda exigencia.

La proyección no será más cierta porque aparezca en una pantalla, pero en las pantallas cabrá una atención que ella no sabe pedir por su cuenta.

El realizador llega con unos auriculares colgados al cuello.

Ha visto el ensayo desde un monitor y quiere que lo repitan cuando acaben de mover el bastidor.

Pregunta qué tamaño tiene el original, si la imagen saldrá otra vez y si el plano puede mantenerse durante el turno de palabra.

Elena responde primero a lo que sabe. Al llegar a mañana, señala la cubierta.

—Depende del cielo. Y habrá que ajustar otra vez.

—¿A esta hora?

—Por aquí. No te puedo dar un segundo exacto.

Él consulta una hoja apaisada doblada en tres.

Tiene casillas impresas, cifras tachadas y una mancha circular que ha borrado parte de un rótulo.

Elena observa cómo busca un hueco entre dos entradas.

Al principio escribe doce veintitrés; después cambia el tres por un cuatro.

No parece considerar grave que un minuto tenga que corregirse.

Le pregunta a Marta si la cámara tres mantendrá libre ese lateral.

—Si no lo llenamos de plantas, sí —contesta ella.

El realizador le deja a Elena una copia con la indicación de que puede cambiar. En la parte superior figura el nombre del acto, seguido de una palabra que ocupa menos que el logotipo: ensayo.

REALIZACIÓN · 14-X-2026 · VERSIÓN DE ENSAYO 13-X

Hora prevista / Cámara / Plano / Rótulo

11:45 / 1 / General de sala / Centenario

11:48 / Vídeo / Pieza institucional / Según máster

12:20 / 2 / Atril / Según orden de intervención

12:24 / 3 / Objeto — lateral de tribuna / Sin rótulo confirmado

A bolígrafo, junto a la última entrada: «cám. 3 – objeto – 12:24».

Debajo: «Si hay luz. Confirmar con técnica».

Elena sigue la columna de los rótulos. Un nombre podrá cubrir el borde inferior del plano sin tocar lo que sucede encima; una palabra escrita hoy podrá acompañar mañana un gesto que nadie ha descrito todavía.

Levanta los ojos hacia la cámara. El operador está hablando con otro por el intercomunicador y no la mira.

Le tranquiliza que tenga cosas que hacer ajenas a ella.

La segunda comprobación es más breve. Sirve para fijar el encuadre y distinguir qué parte del contraste puede registrar la cámara sin perder las zonas claras.

El realizador pide una toma del objeto en su soporte y otra del panel.

Elena se aparta. Ni las transcripciones privadas de los cuadernos ni las fotografías cedidas para una consulta familiar forman parte de ese material; en la documentación del ensayo han delimitado qué imágenes podrán emplearse.

Cuando termina la toma, ella confirma con producción la referencia que identificará la pieza.

No acepta que la llamen, por abreviar, el espejo de la familia.

A la una y diez, la técnica prepara el regreso.

Comprueba la pieza, anota el estado y la acomoda en su caja.

Elena recoge sus hojas mientras se revisan los cierres.

Kavi espera fuera del recorrido del carro.

El pequeño espejo plano permanece en el montaje, sujeto y orientado hacia una zona sin paso; el bronce sale con la persona encargada de su custodia.

Antes de dejar la Galería, Elena vuelve a mirar la entrada por la que lo han retirado.

Mañana no podrá confundir el permiso de recibirlo con una autorización para hacer cualquier cosa con él.

Marta le pregunta a qué hora vendrá.

—A las nueve.

—Entonces duerme.