Prueba de luces
La mujer de producción le pide que levante el pie.
Elena obedece y ve pasar por debajo de su zapato el extremo de una cinta negra.
La mujer la pega al suelo, aprieta con el pulgar y continúa de rodillas hasta el siguiente cable, sin volver a mirar a quien ha tenido que apartarse.
En la pantalla situada junto al escenario hay un rectángulo azul, un número de cámara y la hora; la imagen desaparece cuando un hombre desconecta algo detrás. Todavía no han empezado las pruebas.
Son las cuatro y diez de la tarde del lunes.
Elena lleva en el bolso la convocatoria del día siguiente y, en la mano, una hoja con las condiciones de la demostración.
Ha aprendido a no dejar esos papeles donde alguien pueda recogerlos creyendo que forman parte del montaje.
En el acceso le han dado un pase provisional; el definitivo, le dicen, estará preparado el catorce.
La Galería de Cristal no se deja abarcar desde el lugar por donde ha entrado.
Elena ve primero el fondo, después la altura y solo al avanzar comprende cuánto espacio queda a cada lado del escenario.
Bajo la cubierta, la luz se distribuye en paños de distinta claridad, atravesados por la trama que sostiene los vidrios; hay reflejos que parecen pertenecer al aire y otros que se detienen en los muros, donde las ventanas conservan la escala de un edificio al que le hubiesen retirado de pronto la calle.
Las torres de sonido no alcanzan a empequeñecerlo.
Una voz, repetida por los altavoces, ocupa sin esfuerzo la distancia que dos operarios tardan varios segundos en recorrer llevando un bastidor.
Elena espera junto a unas cajas de transporte.
Sus cantos de metal están arañados, tienen cierres que se abren con un golpe de muñeca y etiquetas de destinos anteriores bajo las de este montaje.
Una lleva escrito NO VOLCAR en dos caras contiguas.
El hombre que la arrastra conoce el peso que va a encontrar antes de inclinarla; apoya la rodilla, cambia de mano y le pide a otro que coja el asa del extremo.
A Elena le gusta mirar ese acuerdo breve, la manera en que dos cuerpos reparten una dificultad sin necesitar describirla.
Ha pasado la mañana precisando quién podrá tocar un objeto de doce centímetros, y aquí todo parece exigir el trabajo de dos personas, incluso lo que después tendrá la apariencia de mantenerse solo.
En un lateral colocan filas de sillas sin terminar todavía de alinearlas.
Más allá se levantan las dos pantallas. Desde cerca, Elena distingue los módulos, las uniones, una zona aún apagada; a unos pasos de distancia, el dibujo técnico que están probando disimula las costuras y forma una superficie continua.
El escenario queda al fondo, con una tribuna lateral y una mesa protegida por una funda.
Alguien ha dejado encima un bocadillo envuelto en aluminio.
Cada vez que pasa una persona lo mueve un poco, sin decidir de quién es.
La jefa técnica se llama Marta. Elena recuerda el nombre porque lo ha leído tres veces en los correos, pero, cuando la ve acercarse, no sabe si darle la mano: Marta lleva una emisora, un plano y un rollo de cinta sujeto entre dos dedos.
—Tú eres la del espejo.
—Elena.
—Sí. Ven, que Sergio está arriba.
El cañón de seguimiento ocupa su propia plataforma.
Desde el suelo se ve el cuerpo largo, la horquilla, la lente delantera que recoge un reflejo de la cubierta aun con la fuente apagada.
Sergio permanece al lado, revisando una conexión.
Antes de hablar con Elena termina de colocar una tapa. Ella espera a que deje la herramienta.
Habían convenido mirar si alguno de los focos del acto podía servir.
Joaquín le había explicado la diferencia entre dirigir un haz estrecho y hacer que la fuente pareciese pequeña desde el bronce; Elena trae anotadas las condiciones, pero el tamaño del aparato le devuelve por un instante una esperanza demasiado sencilla.
Cuatro mil vatios, lee en la ficha de la lámpara.
Imagina la figura recortada sin esfuerzo en el panel, el problema resuelto con algo que ya está montado.
—No necesito iluminar una pared entera —dice—. Necesito que, desde el objeto, el origen de la luz ocupe poco ángulo.
Sergio mira el papel que ella le muestra desde abajo.
—¿Quieres que parezca un punto?
—Lo más parecido a una fuente pequeña. La pieza proyecta diferencias de la superficie.
Él señala el frente del aparato.
—Lo que su espejo ve es mi lente, no mi lámpara.
Elena relee sus notas. Es exactamente la dificultad que venían a comprobar, pero oírla en boca de alguien que después tiene que iluminar a una persona sobre el escenario la vuelve más concreta.
Sergio pregunta a qué distancia estará la pieza.
Cuando ella señala la tribuna, él se inclina para mirar el recorrido y niega con la cabeza.
—Podemos probar. Prometerte el dibujo, no.
Marta quiere saber cuánto tiempo les llevará.
Elena no tiene el espejo consigo. El traslado para el ensayo está previsto para mañana, con regreso al Instituto después de la prueba; hoy solo pueden fijar el espacio, comprobar distancias y decidir qué merece llevarse preparado.
La pieza no va a quedarse durante la noche entre las cajas de producción.
—¿Y la otra fuente? —pregunta Marta.
La caja de aluminio ha llegado desde Ayala en el transporte acordado para el equipo.
Kavi acompañó su entrega y cotejó con producción el número del préstamo; ahora figura en la relación de material recibido.
Está cerrada. Joaquín conserva la habilitación y, después de revisar las condiciones del acto, ha descartado su uso en ese montaje con público.
Elena transmite la decisión sin intentar conseguir una excepción.
Durante unos segundos le fastidia haber hecho traer algo que no van a encender; después recuerda que también se había preparado para averiguar eso.
Marta marca una casilla.
—Cerrada, entonces. Y fuera del paso.
La guardarán en la zona técnica de la tribuna hasta que se retire el equipo prestado. Elena comprueba que la etiqueta quede visible. No escribe nada encima.
El martes llega a las once y veinticinco. Esta vez la mujer de producción la reconoce antes de pedirle el documento. Tiene la voz gastada y una botella de agua sin tapón al lado del ordenador. Alguien ha borrado la flecha que ayer señalaba un acceso; queda sobre el suelo una diferencia de brillo.
Las sillas están colocadas. Vacías, parecen ocupar más que cuando había operarios entre ellas.
Elena entra por el pasillo lateral y tarda un poco en encontrar la mesa, porque han retirado la funda y añadido dos maceteros altos a la tribuna.
Las plantas cubren parte del bastidor, pero no pueden quedar delante del recorrido de la luz. Marta la ve observarlas.
—Se mueven —dice—. Todavía.
Elena sonríe. Había empezado a buscar una solución más difícil.
Joaquín la espera junto al panel blanco.
Han elegido una superficie mate, desmontable, montada en su propio bastidor; no habrá que fijar nada a los muros del edificio.
Entre el centro de la posición reservada al bronce y el panel hay un metro, medido sobre la dirección que van a ensayar.
El soporte de la pieza no se confunde con el trípode del espejo auxiliar.
Una franja baja impide que quien camine por detrás tropiece con las patas.
Elena deja el bolso fuera de esa franja.
La técnica del IPCE acaba de llegar con la caja y la documentación del traslado.
Comprueba el exterior, abre, espera a que Joaquín haya despejado el apoyo y solo entonces coloca el objeto.
El mango conserva su dirección hacia abajo; el nácar no recibe el peso.
Elena reconoce el disco antes de verle la cara, por el pequeño desnivel que la montura forma junto al borde.
Le sorprende todavía esa familiaridad: podría encontrarlo entre varios embalajes y, sin embargo, sigue ignorando tanto de lo que le ha sucedido.
La técnica saca de la carpeta el permiso del ensayo y la documentación que cubre el traslado y el regreso de esta tarde.
Separa esas hojas de las previstas para el acto de mañana.
Elena comprueba las referencias cuando se lo piden; después firma su presencia en la recepción y entrega el bolígrafo.
La técnica anota la hora, repasa la columna del estado y cierra la carpeta antes de acercarse al soporte.
A las doce menos veinte, Sergio dispone el cañón para una prueba breve.
El resultado ocupa el panel, demasiado uniforme al principio, con una claridad dentro de la cual Elena intenta encontrar una línea que sabe que debería distinguir.
Joaquín varía la disposición dentro de lo que permiten los apoyos.
Aparecen irregularidades, un borde, una zona de sombra que no consigue sostener la figura.
Elena retrocede, ladea la cabeza y vuelve a acercarse hasta la marca del suelo.
La técnica le recuerda que puede mirar desde allí, pero no pasar al otro lado.
Ha deseado demasiado que funcione. Lo descubre cuando se sorprende a sí misma buscando en el monitor una imagen mejor que la que tiene delante.
El operador puede bajar la exposición; el dibujo no aparece por ello con la continuidad que necesitan.
Joaquín pide que se guarde esa toma con las condiciones del ensayo.
Elena asiente. Le cuesta renunciar a una luz que podría encenderse a una hora convenida, obedecer al dedo de alguien, esperar aunque el discurso se alargara.
El sol empieza a alcanzar otra zona de la tribuna.