Partida doble #3
Detrás del puesto, una estantería guarda cajas que han sido rotuladas en épocas diferentes.
Algunas etiquetas conservan números tachados; otra se ha desprendido por una esquina y el técnico la sujeta al pasar, sin abandonar la conversación con Joaquín.
Al fondo hay una ventana cubierta. Por debajo entra una línea de claridad, interrumpida por la pata de un mueble, que permite a Kavi conservar la dirección de la calle mientras el resto de la habitación se organiza alrededor del banco.
El trabajo parece excluir la ciudad durante un rato; entonces suena un teléfono en el pasillo, alguien pide una firma y el técnico tiene que detenerse para decir que acabará a la hora acordada.
Elena se sienta en el lugar disponible. Kavi ocupa el de al lado, sin preparar una pregunta para justificar la espera.
En una pausa, Joaquín les muestra el resultado permitido sobre una pantalla.
La iluminación se extiende desde la fuente filtrada; quedan irregularidades que el técnico señala sin tocarlas.
No hay bronce en el banco ni un león esperando dentro del verde.
Están preparando unas condiciones. Kavi anota el nombre del montaje y deja que Joaquín corrija una palabra antes de guardar el cuaderno.
A las cinco y cuarenta empieza el embalaje.
Las piezas se fijan en sus alojamientos; la espuma tiene cortes hechos para esta disposición, y la tapa de aluminio pesa más de lo que Kavi esperaba.
El técnico cuenta las herramientas y encuentra una llave pequeña detrás del soporte.
Habían pasado junto a ella varias veces.
—Mañana, allí, volvemos a comprobarlo —dice Joaquín.
Kavi lleva la caja hasta el carro de transporte. Elena recoge las hojas. Al salir aún queda claridad entre los edificios, pero el laboratorio, cerrado detrás de ellos, ha recuperado una oscuridad que nadie va a utilizar durante la noche.
El miércoles siete, la técnica del IPCE coteja la pieza con su hoja antes de colocarla en el soporte preparado.
Joaquín y su compañero han dispuesto el recorrido de la luz y la pantalla; el acceso está restringido, los reflejos fuera de ese recorrido quedan interceptados.
Elena y Kavi permanecen en la zona que les indican.
La pieza solo cambia de posición cuando la técnica puede hacerlo y el haz está bloqueado.
Kavi ve primero una claridad incompleta.
Al ajustar las condiciones, una parte del contorno adquiere contraste; más tarde consigue reconocer la figura sin tener que buscarla en la fotografía que trae Elena.
El verde ocupa una anchura mayor que el bronce.
Sobre la pantalla mate hay un moteado fino que le impide descansar la vista como en una reproducción impresa.
Si mueve un poco la cabeza, algunas irregularidades parecen cambiar antes que otras.
Joaquín lo llama speckle y le pide que conserve la posición mientras registra la imagen.
La anchura anotada para esa disposición es de unos cincuenta y cinco centímetros. Kavi observa el león dirigido a la derecha, el lugar donde un borde se interrumpe y vuelve a hacerse visible. La ampliación no ha completado la figura. Ha agrandado también sus desigualdades.
Elena permanece a su lado, inclinada apenas hacia delante.
Kavi siente deseos de buscarle la mano, pero ella está siguiendo una zona de la proyección y él no quiere sacar de aquel trabajo el gesto que compartieron en la cocina.
La proximidad le basta. Espera a que termine el registro y solo entonces pregunta por la sesión del catorce.
—Con nosotros y con las condiciones aprobadas para ese lugar —dice Joaquín—. Si falta eso, se queda cerrado.
La caja podrá trasladarse para la preparación del acto conforme al préstamo autorizado que han acordado.
La autorización de hoy no sirve para encenderla ante un público en otra sala.
Joaquín conserva la llave de habilitación.
Kavi lo anota junto a la identificación del equipo; después pregunta quién se encargará de comprobar el espacio y recibe un nombre, una tarea concreta, la posibilidad todavía abierta de que el montaje no se utilice.
Cuando terminan, la técnica devuelve el espejo a su lugar de custodia en el Instituto. Kavi ve salir la pieza por una puerta distinta de aquella donde espera la caja de aluminio. Elena recoge el cuaderno con las condiciones de la sesión.
Esa tarde la caja queda en el salón, cerrada, con la hoja del préstamo en su funda. Kavi escribe sobre una cinta de papel la indicación acordada con Joaquín y la pega junto al asa. Elena mueve la manta para que las patas no marquen el suelo.
La carpeta familiar está en la mesa. A su tía le ha enviado únicamente una pregunta sobre la mano y otra sobre la abreviatura, con las referencias de las imágenes que ella conserva; el mensaje no le pide que absuelva una historia ni que la recuerde entera.
Todavía no ha llegado respuesta. Kavi deja el teléfono boca arriba, se agacha y comprueba que la cinta no impide cerrar ninguno de los dos pestillos.