Partida doble #2
No sabe dónde se encontraba el abuelo aquel veintiocho de abril.
Tampoco si escribió él ese asiento. Puede preguntar a su tía por la mano; para averiguar qué ocurrió después hará falta algo más que reconocerla.
Bajo la impresión asoma el borde de la toalla fotografiada.
Durante un instante querría estar allí, junto al armario, y que alguien le señalase las letras con una impaciencia doméstica.
Le avergüenza echar de menos una facilidad que no ha solicitado en dos años.
—Podría ser un arrastre —dice.
Elena sigue la columna que él señala.
—Entonces no es otro préstamo de abril.
—La cuenta viene de septiembre. Lo que hacen aquí todavía no lo leo bien.
Ella acerca la imagen del conocimiento de embarque. Veintiséis de abril. Dos días antes del asiento. No ponen una flecha entre el dinero y las cuarenta y una cajas.
Kavi abre el modelo en su ordenador. La cuenta familiar necesita un registro propio, con el permiso de consulta, las reproducciones y la nota de lectura.
Crea la mención de la compañía; enlaza esa denominación con la que están cotejando, dejando explícito de dónde procede cada una.
No coloca a Ignacio junto a la entrega del dinero.
Ni a su abuelo junto al muelle. La agencia podía deber, pagar, renovar una cantidad sin que él conociese aún las personas que habían negociado cada movimiento.
Al llegar al permiso, escribe consulta compartida con Elena.
La publicación queda excluida. Podría haber convertido la autorización de su tía en una conversación familiar de la que solo él guardase memoria; prefiere conservar también el mensaje, con su fecha y su alcance.
Le resulta menos cómodo cuando su propio nombre ocupa el campo de quien debe responder.
—¿Vas a enseñárselo ahora? —pregunta Elena.
Kavi tarda en comprender que se refiere a su tía. Había oído una objeción, la posibilidad de que ella quisiera detener algo que la afectaba; durante ese instante ha estado dispuesto a defender el permiso antes de averiguar qué le preguntaban. Elena espera mientras él vuelve a mirar el teléfono.
—Le voy a preguntar por esta mano. Y por el signo.
—¿Le has dicho que has encontrado la agencia?
—Aún no.
Elena asiente. No le indica cómo debe contárselo.
Kavi siente un deseo poco generoso de que lo haga, de recibir una pauta que luego pueda cumplir bien.
Ha pasado meses ayudándola a formular preguntas difíciles para otras personas.
Ahora su tía está lejos y es accesible, sabe qué hora marca allí y podría telefonear sin que ninguna institución le exigiese explicar el propósito.
Deja preparadas dos preguntas para enviarlas en un horario conveniente.
Añade que ha encontrado un nombre conocido.
Borra una frase donde pedía disculpas por haber tardado tanto: se lo dirá hablando, cuando ella pueda interrumpirlo.
Elena se ha levantado. Recoge las impresiones ya cotejadas y las coloca en el orden de la relación.
Kavi mira la línea latina una vez más. El apellido de ella tiene ahora un lugar en las cuentas de su familia, pero esa coincidencia no le entrega una forma de hablarle.
No quiere ofrecerle perdón por una deuda que desconoce ni solicitar que lo perdone por haber tardado en abrirla. Quiere que se siente otra vez.
—Hay cosas que no se enlazan. Se dejan constar.
Elena no responde. Junta con ambas manos las tapas de la carpeta, despacio, para que las reproducciones no se desplacen. Después retira la caja de zapatos y la deja debajo de la mesa.
Kavi cierra el ordenador. El salón ha cambiado de luz mientras leían; las ventanas de enfrente contienen ya habitaciones, lámparas encendidas a distinta altura, una persona que pasa con algo contra el pecho.
En Ayala, la lámpara de trabajo ilumina todavía el rectángulo que ocupaban las hojas.
Elena se frota la nuca y él reconoce el cansancio de haber mantenido una postura para no interrumpir a otro.
—Tengo hambre —dice ella.
Él también. Se le ocurre ofrecerse a cocinar y recuerda lo poco que hay que ofrecer cuando todavía debe preguntar dónde está cada cosa.
—Puedo cortar.
—¿Sin hacer una ficha?
Kavi se ríe tarde. Elena espera esa risa, o eso le parece a él, que aún no sabe concederse todas las interpretaciones favorables.
En la cocina pelan dos tomates demasiado maduros.
Ella aparta una zona golpeada; él corta el resto sobre una tabla que resbala hasta que ponen debajo un paño húmedo. Durante un rato hablan de la cena.
Después, al ir a buscar los platos, Elena le roza el costado con la mano y se detiene.
Kavi deja el cuchillo. Tiene muy cerca su cara, la pequeña presión de sus dedos a través de la camisa; podría transformar aquel momento en una pregunta que les ahorrase equivocarse, pero Elena alza la barbilla y él se inclina lo suficiente para encontrarla a mitad de camino.
El beso es breve. Al separarse, ella sigue ahí.
—Quiero quedarme un rato —dice Kavi.
—Pues quédate.
La frase no arregla sus meses sin contrato ni decide dónde vivirán cuando termine aquella semana.
Kavi no necesita pedirle tanto. Vuelve a besarla, con menos prisa, y después es Elena quien recoge el plato que él había dejado junto al fregadero.
Cenarán con las reproducciones guardadas y los teléfonos lejos del borde.
El martes seis, Joaquín los recibe en Serrano, 121.
El espejo permanece en el IPCE; esa tarde van a preparar la fuente y el sistema que llevarán al ensayo autorizado del día siguiente.
Kavi firma su entrada como visitante. El técnico que trabaja con Joaquín tiene reservado el laboratorio hasta las seis y necesita dejar libre el banco después.
Desde el pasillo, el lugar parece ocupado por pequeñas construcciones a diferentes alturas.
Al entrar se distinguen mejor los soportes, las superficies negras que interceptan recorridos, los cables sujetos donde podrían enganchar una manga.
Una rejilla divide el tablero en distancias repetidas.
Hay tornillos que permanecen en sus agujeros sin sostener nada y otros, casi iguales, de los que depende una pieza cuyo desplazamiento apenas se vería a simple vista.
Kavi deja la mochila donde le indican. El técnico comprueba que la puerta está cerrada antes de continuar.
El equipo no se enciende para que ellos puedan verlo mejor.
Durante buena parte de la tarde lo que ven son ajustes con la emisión bloqueada, consultas entre Joaquín y el técnico, una escala que deben acercarse a leer.
La etiqueta del láser consigna quinientos treinta y dos nanómetros.
El objetivo y el pequeño diafragma quedan dentro del montaje protegido.
Quince micras, dice Joaquín cuando Elena pregunta por la abertura; después añade que esa cifra corresponde al sistema que están preparando, y vuelve al tornillo.
Kavi había imaginado un haz que bastaría ensanchar.
Le cuesta seguir la paciencia con que el técnico vuelve sobre una posición ya probada, comprueba otra y deshace parte del desplazamiento.
No tiene delante una dificultad que pueda resolver buscando un término.
El sonido más frecuente es el contacto de una herramienta pequeña con su alojamiento; a veces pasan varios minutos entre ese ruido y una respuesta visible.