Peso bruto #2
Antes de salir ha buscado un lápiz para escribirle que marcha la remesa.
Lo ha dejado sobre el catálogo. No tiene por qué anunciarle una partida que no será la suya ni utilizar la noticia del barco para conseguir que ella pregunte dónde va a estar.
Ese deseo existe, sin embargo, y lo acompaña hasta la puerta, junto con la irritación de haberse negado algo que nadie le había prohibido.
Ha vuelto para recoger el catálogo y, al hacerlo, ha abierto las lamas de la galería.
La claridad alcanzaba el suelo, una maceta, la escoba apartada detrás del escalón.
La casa necesitaba que alguien cerrase después.
Gabriel ha encargado esa tarea a un hombre que conoce la cerradura y le ha dejado dinero para el trabajo de los días siguientes.
Ahora ve a Ignacio entre la báscula y los bultos.
El español levanta el cartón, busca algo que señalar y vuelve a bajarlo.
Gabriel conoce ese movimiento: la mano encuentra el lugar en un papel antes de que la voz pueda conseguir que los demás esperen.
También conoce el gesto del encargado, que responde sin haberse acercado.
Conserva la caja contra el cuerpo hasta que Ignacio lo ve.
—Faltan tres por pesar —le dice.
Gabriel deja la carpeta del catálogo sobre un cajón seco. Ignacio la recoge, mira el título y la sujeta bajo el brazo de la lista. No la abre allí. La caja permanece en manos de Gabriel.
El flete está pagado. La confirmación del crédito de Hong Kong no llegó a tiempo y Gabriel entregó el importe convenido a la agencia la tarde anterior; el recibo del operador, con los gastos separados, permite cerrar esa parte sin esperar otro cable.
Ignacio lleva el justificante, pero no se lo pide de nuevo.
Comprueban el último bulto y suman los pesos.
La cifra de la báscula supera la previsión: tres mil trescientos seis kilogramos.
El neto, dos mil ochocientos cuarenta y dos, procede de las listas de contenido y de las taras declaradas al embalar.
Nadie ha abierto las cuarenta y una cajas esa mañana.
Ignacio conserva esa diferencia en el renglón de observaciones antes de llevar los papeles al capitán.
El capitán baja por la pasarela hasta el muelle.
Es filipino, de Cavite, y al hablar con Ignacio usa un castellano que obliga a Gabriel a alzar la cabeza: determinadas sílabas, una manera de dejar el verbo al final de la pregunta, le devuelven una familiaridad que había dejado de esperar allí.
El capitán quiere saber si la corrección de la caja diecisiete figura también en el juego que se quedará a bordo.
Gabriel contesta antes que Ignacio. Luego se aparta para que suban dos marineros con un rollo de cable.
No explica dónde ha aprendido a reconocer aquella voz.
El capitán tampoco se lo pregunta. Se arrodilla junto a una tabla de la pasarela, comprueba una sujeción y llama a un hombre de cubierta; le importa una holgura que Gabriel no habría observado desde abajo.
Mientras los otros se mueven, el español sostiene las hojas por las esquinas para que no se separen.
El viento que no refresca el muelle tiene fuerza suficiente para desordenar tres papeles.
Firmarán en una mesa pequeña del muelle, bajo una cubierta de lona.
El segundo ejemplar es verde. Ignacio separa los juegos, vuelve a reunirlos en el orden correcto y hace coincidir los bordes.
La descripción ocupa menos espacio del que Gabriel esperaba después de tanto trabajo: general cargo and personal effects .
Debajo hay números, puertos, casillas que ya estaban impresas cuando ninguno de ellos sabía qué introducirían allí.
El capitán revisa las marcas y la fecha, corrige a bolígrafo la referencia del bulto y pone sus iniciales junto a la enmienda.
No escribe sobre la cantidad total, que permanece en cuarenta y una.
Ignacio señala al pie la conformidad con los datos entregados por el cargador.
Gabriel apoya la caja de mano contra el pie de la mesa.
Para firmar tiene que inclinarse más de lo que exige su altura: la lona baja, la proximidad del otro cuerpo y la luz que entra de lado le hacen escoger un lugar incómodo, desde el que apenas ve el renglón siguiente.
Escribe un arranque de inicial, su apellido, el trazo final.
Navarro queda legible. Espera a que se seque antes de retirar el antebrazo.
El capitán firma como porteador. Al estampar el sello redondo, la hoja se mueve sobre una irregularidad de la tabla y una parte del nombre del buque queda corrida.
La vuelve para comprobar que no ha manchado el reverso.
Hay tres originales; los cuenta al separarlos y entrega los que corresponden a la agencia.
Gabriel observa cómo Ignacio los protege en la carpeta donde lleva el catálogo.
Podría pedir otra copia para sí. No la pide.
Queda libre el paso. El capitán se retira para atender una voz que llega de arriba y los dos hombres vuelven hacia la pasarela.
Gabriel recoge la caja por su base. Durante un momento no sabe en qué punto detenerse: hay una zona en tierra demasiado expuesta al tránsito, otra en la pendiente donde ninguno de los dos puede apoyar bien los pies.
Espera a que Ignacio alcance el descansillo, levanta la caja y se la ofrece desde abajo.
El español ha de ponerse la carpeta bajo el brazo para recibirla.
Gabriel mantiene las manos hasta notar que los dedos del otro han encontrado el apoyo.
El latón del cierre está tibio. Ignacio cambia la posición de una muñeca; la madera pasa de un cuerpo a otro sin quedar suspendida entre ambos, y Gabriel tarda una fracción de segundo más en retirar el pulgar que sujetaba la esquina.
—No la abra al sol.
Ignacio mira el cierre. No pregunta por qué.
Ha recibido instrucciones parecidas para lacas, para papeles cuya tinta podía alterarse, para objetos que reclamaban un cuidado mucho después de haber terminado el negocio que los trajo.
Esta, por breve, le parece fácil de cumplir.
La caja no figura como bulto separado en el conocimiento; viajará con él, entre los efectos que guarda fuera de la bodega.
No extiende un recibo. La firma de abajo se ha quedado en el documento de las cuarenta y una cajas.
Gabriel ha soltado ya. El descanso de los brazos le resulta visible: necesita poner una mano sobre la otra, tocarse un puño, hacer algo con los dedos que acaban de perder una tarea.
Cerca de ellos llaman al hombre de la carretilla.
Él se vuelve hacia la voz y después levanta la vista una vez más.
Ignacio está dos escalones más arriba. Nadie dice adiós.
A la una y cuarenta empieza la maniobra de salida.
Desde cubierta, Ignacio ve cómo se retira la pasarela y queda al aire una separación que antes podía cruzarse caminando.
Gabriel permanece en el muelle. Una plataforma pasa delante de él; cuando termina de pasar, el barco ha cambiado de ángulo y el español tiene que buscarlo más a la izquierda.
No lo encuentra enseguida. Deja la caja a sus pies y se sujeta a la barandilla mientras la sirena impide oír las últimas voces de tierra.
La primera hora conserva todavía la ciudad en fragmentos.
Hay tejados bajos detrás de las instalaciones, una fachada que asoma entre dos depósitos y vuelve a ocultarse, muelles donde continúan trabajando sin mirar el barco que se aleja.
Ignacio ha colocado la caja bajo el banco que ocupa y mantiene la carpeta sobre las rodillas.
Desde allí las personas de la orilla pierden los rasgos antes de perder sus movimientos: alguien levanta un brazo, otros transportan un listón entre dos, una figura corre paralela al agua durante un trecho y se detiene.
No puede saber a quién saluda ni si corría para alcanzar algo.
Al cabo de unos minutos tampoco sabe qué parte del muelle corresponde al lugar donde estaba Gabriel.
En la segunda hora, cerca de Nhà Bè, se alargan las distancias entre las instalaciones.
El práctico permanece en el puente. Las conversaciones que llegan a Ignacio ya no se refieren a bultos sino a tráfico, paso y giros; reconoce las pausas de quienes esperan que una orden produzca su efecto antes de repetirla.
Un remolcador se acerca a una gabarra y durante un momento parece inmóvil junto a ella, hasta que el conjunto cambia de dirección con una lentitud que permite ver cómo se tensan los cabos.
El agua tiene diferencias de color que desde tierra habría atribuido a sombras.
Aquí las sigue durante más tiempo, observa sus bordes, ve cómo una franja turbia atraviesa otra sin que lleguen a mezclarse enseguida.