El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Peso bruto
88%

Peso bruto

La aguja vuelve a moverse cuando ya han anotado el peso.

Ignacio retiene al hombre que empuja la plataforma, señala el fleje apoyado contra el borde de la báscula y espera a que lo levanten; entonces el indicador retrocede, oscila dos veces y se queda un poco antes de la raya que habían leído.

Hay que corregir la hoja. El hombre del lápiz no protesta.

Tacha, escribe encima y les pide que retiren el bulto, porque detrás esperan otros y la sombra del cobertizo ya no alcanza el sitio donde trabaja.

A mediodía el muelle de Khánh Hội tiene una claridad que parece haber salido de los edificios.

Las fachadas, los sacos, las partes descubiertas del hormigón devuelven luz hacia abajo, contra los ojos de quienes miran las ruedas, y hacia arriba, bajo los sombreros; únicamente el interior de las naves conserva una profundidad oscura, atravesada de vez en cuando por un hombre que desaparece antes de que Ignacio pueda distinguir lo que lleva.

Junto a la puerta de un almacén han retirado un letrero y queda su rectángulo menos sucio.

Una cuerda pasa por el antiguo soporte. Más lejos, donde el pavimento cede hacia el agua, se ha reunido una basura menuda que la corriente no alcanza todavía: fibras, astillas, una tapa de lata, flores deshechas cuyo color persiste entre dos tablones.

Ignacio lleva la lista doblada sobre un cartón.

Las cuarenta y una cajas se reconocen por las letras de plantilla y la numeración, aunque algunas conservan, bajo la pintura reciente, marcas de su primer uso.

Fueron embalajes de té; ahora el listado declara porcelanas y efectos personales.

El olor vegetal ha sobrevivido en ciertas juntas, mezclado con madera caliente y con el de la arpillera que se empleó para separar las piezas.

Al pasar la mano por una tapa encuentra una reparación.

Pide que la examinen antes de ponerle la eslinga.

El hombre que ha traído la carga abre los brazos, pero termina buscando una tabla.

No suben por la pasarela. Cada caja, asentada y pesada por separado, se reúne con otras en la zona que el contramaestre ha dejado libre; después el puntal toma el conjunto, lo mantiene un instante sobre el muelle y lo desplaza hacia la escotilla.

Desde abajo, mientras las cuerdas se tensan y el aire aparece bajo la madera, Ignacio ve lo que ninguna columna registra: un clavo que ha atravesado una tabla, la diferencia de altura entre dos bultos, una tira de tela atrapada en un ángulo.

El balanceo termina antes de que empiece el descenso.

Quienes reciben la carga a bordo hacen señales breves y no miran al hombre que las anota.

En el atraque contiguo las familias esperan junto a una barcaza.

No forman una fila que pueda seguirse hasta el principio; se distribuyen alrededor de las maletas, ocupan las pocas sombras y vuelven a levantarse cuando alguien cree haber oído un nombre.

Una mujer lleva sobre el antebrazo una chaqueta de hombre, doblada con el forro hacia fuera.

Cada vez que cambia de sitio comprueba los bolsillos.

Un niño se ha sentado en una caja de refrescos y procura meter las rodillas bajo la camisa; parece un juego hasta que Ignacio ve la franja de piel enrojecida que intenta cubrir.

Busca con la mirada a quien pueda dejarlo pasar al cobertizo.

Ya hay allí más personas de las que caben.

Vuelve a su relación. La número diecisiete tiene dos marcas distintas: el listado la identifica como diecisiete; en la madera alguien pintó un siete después de un dos que luego cubrieron mal.

Ignacio obliga al encargado a acercarse, compara los números y hace que repasen la plantilla.

La corrección del papel irá con iniciales.

Le han reclamado rapidez tres veces y sabe que, si omite esta comprobación, el mismo apremio podrá servir después para negar que aquella caja sea la recibida.

Mientras discuten, una mujer se aproxima con una hoja que no pertenece a su envío.

—¿Aquí se ponen los nombres?

Ignacio le señala la mesa de la barcaza. Ella mira la distancia, después el cartón que él sostiene. No quiere irse sin que alguien le diga algo más.

—Esto es de mercancías —añade.

La mujer baja el papel y se aparta. Ignacio continúa con la cifra que estaba leyendo, pierde el renglón, tiene que empezar otra vez.

Le desagradaría que un testigo hubiese oído la respuesta sin haber visto las otras gestiones de esas semanas: los anticipos, los certificados rehechos, el dinero que quedaba para pagar a quienes no podían esperar una remesa.

Advierte cuánto necesita ese testigo imaginario y, por un momento, la necesidad le resulta más humillante que la frase.

Dobla la esquina de la hoja para encontrar el lugar.

Lan ha traído la última carpeta de la oficina.

Debe irse antes de que salga el barco: la esperan su madre y un familiar que ha conseguido transporte por otra vía.

Ignacio le devuelve el sobre que ella acaba de darle para una última comprobación de los documentos originales de ambas.

La empleada comprueba el contenido allí mismo, sin disculparse por la desconfianza que podría atribuírsele.

Él se alegra de que lo haga. Después le da el duplicado del pago final.

—La llave pequeña abre el segundo cajón —dice Lan—. La grande no.

Se las había explicado la víspera. Ignacio vuelve a mirar las llaves, atadas con un hilo que se ha oscurecido en el nudo.

No piensa llevarse los muebles, pero le cuesta dejar de atender una instrucción que supone su regreso a la oficina.

Lan guarda los papeles debajo del brazo y se marcha por el paso entre las cajas.

Durante unos segundos él puede seguir el movimiento de su carpeta por encima de los bultos; después ya no distingue si la mancha clara que avanza es la misma.

Gabriel llega con la caja de mano contra el costado.

La madera le toca la muñeca allí donde el puño de la camisa se ha recogido.

Ha elegido un coche que pudiera acercarlo al muelle y aun así debe caminar el último trecho, detenerse detrás de una carretilla y pedir sitio sin soltar lo que lleva.

A través de una abertura entre vehículos ve el costado del Isla de Tablas , la pintura oscurecida a la altura del agua, una defensa que se aplasta y recupera lentamente su forma.

El barco parece inmóvil hasta que la pasarela cambia de inclinación.

Ha cerrado la caja esa mañana, en Đa Kao.

El algodón envuelve el disco y su montura; debajo ha dispuesto un apoyo para que el relieve no reciba la presión de los papeles.

La fotografía de nueve por doce conserva el borde dentado y la esquina que dobló al recoger las copias en 1967.

La ha protegido entre dos cartones, sin alisar de nuevo la pequeña fractura.

La hoja del hotel, plegada en cuatro, cabe junto a ella.

Al revisar el lápiz, ha encontrado una letra casi borrada en la línea de la signatura y se ha inclinado hasta reconocerla. No la ha repasado.

La moneda estaba en el bolsillo de la camisa que había dejado sobre una silla.

Gabriel la ha sacado y ha vuelto a colocar el aluminio en su sobre, el mismo cuya solapa guardaba doblada desde hacía años.

El cierre de latón de la caja permite cierta holgura.

Ha probado a inclinarla, primero poco, luego lo suficiente para saber si algo se desplazaba; al no oír nada ha vuelto a abrir, porque el silencio tampoco le decía si había apretado demasiado.

El algodón estaba en su sitio. Ha separado del borde la punta del sobre y ha cerrado otra vez.

Sobre la mesa han quedado la estraza de Sayer, la reproducción de la ficha española y los seis negativos.

No puede decidir que todo viaje junto solo porque todo le ha servido para una misma pregunta.

La copia del catálogo de Hélène, en cambio, la ha puesto en una carpeta delgada que entregará aparte: sigue siendo una relación útil para reconocer ciertas piezas y sus descripciones tienen un nombre que debe conservarse.

Al abrirla ha visto la mesa baja del lote catorce, la pata reparada, el trazo que ella había hecho al corregir una medida.

Durante un instante le ha parecido oír de nuevo el número antes del mueble, aquella forma de dictar que le concedía tiempo para escribir y que él a veces interrumpía con una observación innecesaria, únicamente para que ella levantara la vista.

Casi seis años no han borrado esas interrupciones.

Han borrado otras cosas que habría preferido retener: qué comieron una tarde, el asunto de una llamada, la fecha en que sustituyeron un cristal de la galería.

Cuando imagina a Hélène en Aix se sorprende poniéndola junto a una ventana que no conoce, con la luz de una habitación que pertenece a otra casa.

Las cartas no contienen un plano. Sabe algunas cosas de su trabajo, dos nombres de clientes y que ha dejado de colaborar con uno de ellos; sabe también que, en las respuestas amables que siguen llegando, no hay una pregunta sobre cuándo irá él.

Ha aprendido a leer esa ausencia sin añadirla al final de cada carta como un reproche.