Cadena de custodia #3
Al llegar a Kessler, el americano consulta otra hoja.
Gabriel intenta ver lo que hay escrito y renuncia antes de acercarse demasiado.
El gesto le recuerda al prestamista girando su libro.
Hay preguntas que solo ha podido hacer desde el lado de quien espera permiso; ahora también él guarda cosas y decide cuáles pueden pasar de una mano a otra.
Le gustaría que esa igualdad recién advertida lo absolviera de algo. No lo consigue.
—¿Vio lo que había dentro?
Gabriel cuenta la tabla rota y el paquete que recogió.
Cuenta el sello incompleto y se detiene al llegar a las letras que no pudo leer.
El americano espera. Ha dejado de escribir para oír el final.
Gabriel dice que después repararon la caja.
No habla del resultado francés de 1953. Ninguna de las hojas que trae permite probar quién lo hizo ni por qué, y mezclarlo ahora con el transporte exigiría al joven aceptar la parte que él lleva años sin poder demostrar.
El otro vuelve a las copias. Una noticia semejante a la que Gabriel esperaba reconocer atraviesa su cara, pero podría ser cansancio o la satisfacción de haber encontrado una fecha. No lo sabrá preguntándole si cree en él. Saca los dos cuartos de papel.
—Necesito que firme esto.
El americano lee, vuelve a contar las hojas y pregunta si quiere que conste el nombre de quien las entrega.
Gabriel dice que no. Tiene una dirección, participaciones en un negocio, hombres que esperan cobrar de él, y en un registro de Culión lleva muerto desde marzo de 1958.
Puede recibir el valor de una mercancía, asumir una deuda, escribir a una mujer que vive en Francia; para este acto que considera imprescindible no dispone de un nombre que esté dispuesto a entregar entero.
El joven cambia una palabra del recibo. Donde Gabriel había escrito documentos pone reproducciones. Lo hace delante de él, sin ocultar el tachado, y Gabriel acepta. Después añade la fecha y firma las dos hojas. El texto ocupa dos líneas:
Recibidas quince hojas: relación y reproducciones de anotaciones y recibos relativos a transportes de 1951–1954. Fecha y firma.
No han certificado la verdad de los hechos.
Han contado lo que pasa de una mesa a otra.
Gabriel toma su ejemplar y espera que el americano le pida quedarse, que aparezca una pregunta que lo obligue a continuar allí más allá del momento en que había pensado marcharse.
El joven reúne las hojas, las coloca en su propio portafolio y le devuelve el cartón.
Necesita trabajar con ellas. Si encuentra una duda, hará llegar una consulta por el mismo conducto.
Gabriel se levanta. Al abrir la puerta, la corriente mueve la camisa tendida en el patio y una manga entra unos centímetros entre los hierros de la ventana. El americano alarga la mano para apartarla del vaso. Gabriel cierra antes de ver si lo consigue.
No llega ninguna consulta. En 1972 lee una noticia acerca de un libro sobre el tráfico de heroína en el sudeste asiático y la controversia entre sus responsables, la editorial y una agencia norteamericana que rechaza sus conclusiones.
El artículo pasa de las acusaciones a las respuestas, cita cartas, describe exigencias sobre las pruebas de imprenta.
Gabriel intenta reconocer las fechas por las que le preguntaron.
El periódico no las da. Tampoco le permite saber qué uso se hizo de sus quince hojas ni si pasaron de aquel despacho a otro.
Conserva el recorte con el recibo; no escribe encima una relación que desconoce.
Más adelante llega la noticia de Bangkok.
El periódico tiene tres días de retraso.
Kessler ha muerto; el nombre y la referencia a sus destinos anteriores le bastan para detenerse, pero el texto no le ofrece una causa que pueda comprobar y Gabriel no llama a nadie para obtener una mejor.
Se queda sentado con el papel abierto. Esperaba, si alguna vez llegaba una noticia de ese hombre, tener preparada una reacción que correspondiera a los años empleados en buscarlo.
Lo primero que siente es el esfuerzo de continuar leyendo el párrafo siguiente, dedicado a otro asunto.
Por la tarde firma una orden de pago para Ismail.
Comprueba la cantidad, pregunta cuándo saldrá el giro y guarda la copia donde debe encontrarla al mes siguiente.
Las obligaciones que conoce siguen necesitando de él.
Al volver a la mesa ha dejado el periódico bajo el recibo de las reproducciones y tiene que separarlos para que no entren en la misma funda.
Lo hace sin recortar todavía la noticia de Bangkok.
La carpeta del despacho está al fondo de un cajón.
Gabriel la saca buscando el hilo con que ató un paquete, la abre y deja caer sobre la mesa unas hebras que se han desprendido del balduque.
No quedan hojas dentro. El cartón se ha combado, la tinta sigue extendida en un ángulo y la etiqueta de los transportes permanece adherida, un poco levantada por una punta, sobre la carpeta vacía.