El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Cadena de custodia #2
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Cadena de custodia #2

En el dinero cobrado por las cajas especiales había entrado un aumento que él solicitó.

Ha incluido la página donde lo anotó. Se dijo al escogerla que una serie incompleta resultaría menos convincente, y solo después reconoció lo que había dejado para el final: alguien podría leer que no fue un hombre arrastrado sin beneficio por asuntos que desconocía, que pidió más cuando comprendió lo suficiente para saber que podía pedirlo.

Gabriel intenta recordar cuánto le entregó al muchacho.

Tiene cantidades de comidas, una reparación, días de trabajo; no encuentra una línea que reúna lo que ahora desea haber hecho. No la añade.

Vĩnh le habla del americano en 1971. Un hombre joven ha estado preguntando por los transportes de los últimos años de la guerra francesa, por compañías que ya cambiaron de nombre y por personas a las que resulta más fácil localizar en una conversación que en una dirección.

Ha llegado a Vĩnh mediante otro comerciante.

Lleva tiempo entrevistando gente y no compra objetos.

Esa última precisión decepcionó al comisionista, que tarda en aceptar que una pregunta detallada sobre porcelanas pueda servir únicamente para averiguar qué otras cosas viajaban junto a ellas.

Gabriel pide verlo.

—Puedo darle una dirección —responde Vĩnh—. Presentarlo, no sé a quién lo presento.

Gabriel conoce la diferencia. Para el comercio basta monsieur Lê, las casas con las que trabaja, los pagos y las entregas.

Lo que desea llevar a esa entrevista empieza antes de ese nombre.

Le dice que la dirección será suficiente.

Vĩnh se la apunta y le pregunta si seguirá adelante el envío que tiene pendiente.

La conversación vuelve a un precio; al salir, Gabriel agradece que el comisionista no haya interpretado su solicitud como una invitación a cuidar de él.

La cita se retrasa. Durante las semanas siguientes tiene que desplazarse hasta una oficina de carga próxima a Tân Sơn Nhứt para resolver la devolución de dos bultos.

Desde la zona civil del aeropuerto ve hombres sentados sobre sus equipajes, una fila que se deshace y vuelve a formarse, vehículos detenidos detrás de una barrera.

La extensión despejada hace que el cielo pese de otra manera sobre las cosas: sin tejados próximos que lo corten, las nubes bajas parecen llegar hasta las alas de los aviones, mientras el viento empuja papeles contra una verja y los mantiene allí, abiertos, hasta que cesa por un instante.

El conductor que lo ha llevado habla de unos análisis que han empezado a exigir a los militares antes de volver a casa.

Lo ha oído a hombres a los que transporta.

Orina, dice en francés, buscando una palabra que Gabriel comprende antes de querer comprenderla.

Si el resultado impide la salida, el viaje espera.

No sabe explicar el procedimiento completo.

Gabriel tampoco se lo pide. Mira a los hombres junto a los equipajes y advierte que ya ha empezado a atribuirles una historia a partir de su postura, del modo en que uno mira el reloj y otro duerme con la boca abierta.

Pueden estar aguardando un avión retrasado.

Él no tiene derecho a reconocerlos tan deprisa.

Es otoño. La prensa lleva meses hablando de heroína entre las tropas, de investigaciones, de jóvenes que regresan y otros cuya salida se demora.

Las cifras cambian de un artículo a otro; Gabriel entiende mejor una fecha de vuelo perdida que un porcentaje.

En la oficina de carga le dicen que falta una firma y, mientras el empleado sale a buscar a quien debe ponerla, siente un enfado súbito, excesivo para dos cajas que pueden esperar.

Tiene delante un mostrador, no la mesa de San Lázaro.

Puede levantarse, marcharse en el coche y volver otro día.

Mira sus manos sobre la carpeta y tarda un poco en soltarlas.

En el coche, al regreso, baja la ventanilla.

El conductor quiere saber si el aire le molesta y Gabriel responde que no, aunque tiene que sujetarse los papeles para que no se doblen.

Pasan junto a una vendedora que protege sus frutas del polvo con un paño demasiado corto; el viento descubre las del extremo, ella lo estira y deja destapadas las de la otra punta.

Gabriel pide que se detengan. Compra una bolsa pequeña, sin regatear, y la ofrece al conductor cuando vuelven a ponerse en marcha.

El hombre coge una pieza, la limpia con la manga y pregunta por la dirección.

Durante un rato comen oyendo el motor y el golpe leve de algo suelto en la puerta.

A Gabriel le agrada poder decir dónde quiere ir.

Le agrada tanto que retrasa la respuesta hasta que el conductor vuelve a preguntárselo, esta vez un poco impaciente.

Al llegar al almacén no pide que lo esperen.

Se queda en la entrada con la bolsa, contando cuánto tiene que pagar y sintiendo por primera vez desde la mañana un hambre que no necesita disimular.

La entrevista queda fijada para la semana siguiente.

Gabriel completa la etiqueta con el período por el que ha preguntado el americano: 1951–1954.

La relación conserva, al principio, el límite de sus propias anotaciones.

Prepara el recibo antes de salir de casa.

Corta un folio en cuatro, desecha una esquina que tiene una marca y se queda con dos cuartos iguales; uno será para él, el otro para quien reciba el expediente.

Escribe el número de hojas y deja un espacio para la fecha.

No pone su nombre. Al llegar a esa omisión comprende la exigencia que va a presentar: quiere un documento que pruebe una entrega sin probar quién la hizo.

Vuelve a leerlo. El papel no corrige por sí solo esa contradicción.

El despacho pertenece a un hombre que esa tarde no está.

Lo sabe por la explicación de quien le abre y por los objetos que nadie ha retirado para recibirlo: una taza con un cerco seco, un calendario al que le faltan varias hojas arrancadas de golpe, dos zapatos debajo de un armario bajo.

Hay una ventana hacia un patio interior.

En el edificio contiguo han tendido ropa tan cerca que, cuando cambia el aire, una manga toca la reja con la blandura repetida de un cuerpo que no llega a entrar.

Gabriel se sienta sin dejar la carpeta en la mesa.

El americano trabaja sobre un cuaderno. Junto a él tiene fichas de distinto tamaño y un vaso al que no parece haber vuelto desde hace rato.

Levanta la vista cuando Gabriel entra, le señala la silla y termina de escribir una palabra antes de cerrar la página.

Hablan en francés. El joven pregunta si ha venido por los transportes.

Gabriel asiente y deja la carpeta sobre la mesa, con el rótulo dirigido hacia quien habrá de leerlo.

—Hay una relación al principio.

El americano desata el balduque. No lo hace con la precaución que Gabriel había imaginado y, durante un segundo, él se arrepiente de haber traído el expediente: ve una uña tirar de un nudo, el cartón doblarse, papeles cuya vulnerabilidad parece haber aumentado al dejar de sostenerlos.

Se obliga a permanecer sentado. El otro empieza por el primer folio.

Luego busca el número señalado en la relación y coloca la reproducción del hule junto al recibo.

—¿Las fechas son de entonces?

—Las del cuaderno, sí.

—¿Suyo?

Gabriel no contesta enseguida. Había preparado una fórmula impersonal, anotaciones de navegación, para que el documento pudiera existir sin tener que decir yo. La pregunta la ha vuelto insuficiente.

—Es mi letra.

El joven lo mira de nuevo. No le pregunta el nombre.

Quiere saber si la palabra que no consigue leer debajo de una cifra corresponde a un muelle o a una persona.

Gabriel se inclina, distingue el renglón y responde.

La facilidad de esa respuesta lo tranquiliza más que cualquier garantía sobre el anonimato.

Puede prestar un conocimiento limitado y detenerse en su borde; no tiene que ofrecer toda su vida para aclarar una abreviatura.