El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Cadena de custodia
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Cadena de custodia

El cuaderno no se deja abrir por la página que Gabriel necesita.

La cubierta de hule se ha endurecido y, cuando intenta mantenerla plana con el antebrazo, uno de los pliegues blancos que cruzan el lomo empieza a separarse.

Retira el brazo. Durante años lo ha guardado entre cosas más voluminosas, protegido de los golpes por aquello mismo que impedía verlo; ahora tiene una mesa despejada, dos lámparas y sitio suficiente para extenderlo todo, pero debe buscar un apoyo que no obligue al objeto a recuperar de una vez la flexibilidad perdida.

Acerca un libro, lo aparta por demasiado alto y acaba utilizando una toalla doblada.

Sobre la mesa hay ahora otro cuaderno, el de las temporadas de buceo, pero lo devuelve al armario antes de empezar.

En ese están las liquidaciones de Ismail, los gastos del compresor, la cantidad que debe separar antes de comprometer dinero en una compra.

El hule antiguo contiene otra clase de cuentas.

La esquina manchada de aceite corresponde a las carreras de la lancha; bajo esa mancha Gabriel puede reconocer todavía el borde de una columna, y la estrechez del papel parece devolverle el espacio en el que escribía, con el cuaderno sobre una rodilla y la otra sujetando el timón.

Ha olvidado el precio de muchas cosas. Recuerda exactamente qué movimiento había que interrumpir para sacar el lápiz.

La casa de Đa Kao se ha vuelto más fácil de ordenar desde que Hélène se marchó.

Eso es lo que le desagrada. Nadie deja una regla atravesada sobre una factura que él quiere recoger; ningún cuadernillo ajeno obliga a retrasar el cierre de un cajón.

Las pocas cosas que ella olvidó durante una tarde han terminado por encontrar un lugar que no corresponde a su uso: una horquilla en la caja de los clips, un pañuelo lavado en la balda más alta del armario, una nota en la que le pide una medida y que Gabriel conserva aunque contestó hace mucho.

Puede pasar varios días sin verlas. Después busca un clip y se queda de pie, sorprendido por lo poco que necesita para perder la mañana.

Le ha escrito a Aix. Una carta acerca del catálogo, con una pregunta que habría podido dirigir a Londres, y otra después de recibir la respuesta.

En la segunda evitó empezar por las piezas.

Le contó que habían reparado la galería, que la lluvia entraba ahora por una unión distinta y que el hombre encargado de arreglarla consideraba esa diferencia una prueba de haber trabajado bien.

Al releerlo le hizo gracia. Quiso que a ella también se la hiciera.

Hélène respondió sobre una fotografía, añadió que estaba instalándose y deseó que terminase la reparación.

Gabriel reconoce la amabilidad; lo que no consigue es dejar de buscar en ella una indicación acerca de cuánto tiempo podrá seguir escribiendo.

Vuelve al hule. Las primeras columnas tienen fechas, cantidades de cajas y destinos; los pesos solo aparecen cuando alguien se los daba.

En una página de 1952 encuentra Kessler donde debía haber una cifra.

La letra es suya y a la vez le parece demasiado paciente: había conservado el sonido del apellido durante todo el camino hasta el muelle y lo escribió despacio, dejando sitio por si después averiguaba que se había equivocado.

No hizo ninguna corrección. Al mirar el espacio libre descubre que sigue esperando algo de él.

El recibo de las doce cajas se ha pegado ligeramente a la hoja que lo protegía.

Gabriel levanta una esquina, se detiene y separa el resto con una lentitud que no habría tenido cuando lo guardó.

Lee la palabra produit. Ve otra vez la tabla abierta, el paquete que recogió del suelo, la mano del encargado señalándole dónde dejarlo.

Si copia ahora opio estará añadiendo al recibo lo que el recibo no dice.

Si conserva producto tendrá que soportar que otro lea la palabra sin ver la caja ni sentir su peso.

Deja el papel extendido. Necesita que alguien más haga ese recorrido, pero no puede entregarle su propia mano de 1952.

Las hojas nuevas han llegado por el intermediario de los efectos.

Desde 1968 Gabriel le preguntaba por una casa comercial que había tramitado pagos en aquellos años, al principio con el pretexto de aclarar una cuenta de Lefèvre y después sin encontrar otro pretexto que mejorase la solicitud anterior.

Hubo respuestas negativas, una dirección antigua, el nombre de un empleado que ya no trabajaba allí.

Por fin, el responsable de lo que quedaba de la casa permitió copiar varias piezas de su archivo privado: correspondencia recibida, relaciones de transferencias y duplicados de autorizaciones que los clientes habían presentado para justificar un pago.

Gabriel pagó el trabajo de reproducción. No compró un archivo entero.

La primera copia tiene un ángulo oscuro donde el original debió de separarse del cristal.

En la segunda falta el comienzo de un renglón.

Hay cifras legibles, otras que exigen dos posibilidades; una suma coincide con un importe del hule, pero la fecha está separada por cuatro días y no se nombra la lancha.

Gabriel coloca ambas hojas juntas y siente la facilidad con que podría aproximarlas más de lo permitido.

Bastaría con escribir corresponde a donde por ahora solo puede poner misma cantidad.

La pluma queda suspendida. Le molesta que la diferencia ocupe tan poco espacio.

Una referencia a la misión militar norteamericana acompaña el nombre de un capitán; otra hoja, reciente, recibida durante sus consultas comerciales, presenta a Kessler con el rango de coronel.

Gabriel ha pedido que comprueben si se trata del mismo hombre.

La respuesta de un contacto que lo conoció en Saigón es afirmativa, pero no viene acompañada de una biografía ni de las explicaciones que él esperaba recibir con ella.

Entre ambas graduaciones hay años durante los cuales otros lo vieron entrar y salir de edificios, firmar, almorzar, envejecer.

Gabriel estuvo en una isla y después bajo otros techos.

La continuidad de aquel hombre no necesita de su memoria para existir.

En la tienda de copias tienen que retirar el cristal antes de que llegue su turno.

Lo apoyan contra una pared y Gabriel ve la mesa abierta, el polvo alrededor de una pieza que no sabe nombrar, un tornillo colocado dentro de la tapa de un frasco para que no se pierda.

Ha llevado el cuaderno envuelto en una tela y se queda junto al mostrador mientras el hombre vuelve a montar lo que estaba limpiando.

Afuera, la lluvia cae tan cerca del toldo que parece cerrar la puerta.

Quienes esperan se han ido aproximando sin hablar, formando un pequeño interior de codos y paquetes húmedos dentro del interior de la tienda.

Del fondo llega el olor del papel calentado.

Sobre un estante hay pliegos que se curvan por los bordes, copias demasiado pálidas que sirven para probar otra posición, una fotografía donde el rostro ha quedado más oscuro que la chaqueta.

Gabriel pregunta si tendrán que aplastar el lomo.

El hombre examina el cuaderno, lo abre un poco y dice que harán las páginas necesarias por separado, sin forzarlo hasta la costura.

No será tan rápido. Gabriel acepta antes de preguntar cuánto tiempo.

Son ocho páginas. Las señala con tiras limpias que no pega.

Ha elegido las fechas de las carreras, el apunte de Kessler y dos secuencias que permiten reconocer cómo llevaba las cuentas antes y después; el empleado propone reducir el margen para que se vean mejor las cifras, pero Gabriel pide conservarlo.

En una hoja el margen contiene únicamente el principio de la mancha de aceite.

En otra, un cálculo que tachó porque había contado dos veces el combustible.

No quiere una escritura más segura que la que tuvo.

Cuando le entregan las reproducciones, la mancha se ha convertido en una región gris sin espesor.

El hule, el papel del recibo y las copias del archivo comercial acaban adquiriendo una apariencia demasiado parecida.

Gabriel pasa un dedo por el borde de una hoja recién salida; podría cambiar el orden y todo seguiría teniendo el mismo tacto.

Pide un sobre para cada grupo. El hombre le ofrece uno grande.

Él insiste en tres y advierte, por la mirada que recibe, lo difícil que resulta explicar la necesidad de separar cosas que otro acaba de juntar con tanta eficacia.

Al regresar no pone el hule en la carpeta.

Lo guarda con las hojas personales; conserva también los tres recibos originales, incluido el de las doce cajas.

El expediente tendrá sus reproducciones, las ocho páginas y las dos hojas copiadas del archivo privado.

Gabriel prepara otras dos para la relación.

Quince en total. Enumera los objetos, sus fechas y los lugares donde debe buscarse la coincidencia; cuando una fecha no coincide la deja escrita de las dos maneras.

El número de una autorización podría permitir una consulta posterior.

Él no ha visto el libro de la oficina que la concedió.

Trabaja en una carpeta de cartón que ha comprado usada.

Una mancha de tinta ocupa el ángulo inferior y el balduque conserva hebras sueltas que se enganchan en la uña.

Le pone una etiqueta a máquina: transportes.

Deja espacio para añadir los años cuando decida hasta dónde puede sostener la relación con lo que tiene.

Al comienzo especifica que sus anotaciones de navegación terminan antes del traslado de 1953.

Para el resto de la guerra no aporta testimonio.

Se queda mirando esa frase hasta que le parece una petición de disculpas y entonces pasa al renglón siguiente.