El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Letra a la vista #3
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Letra a la vista #3

El inventario de la casa ocupa tres días.

Abre el cuadernillo de 1968, traza una línea bajo el último asiento de entonces y fecha la continuación.

No rehace lo que ya está medido. Recorre el salón, el comedor, el despacho, y junto a los números antiguos añade otros que permiten separar una pareja de jarrones, incluir una alfombra o retirar de la venta el pequeño armario de su madre.

La villa tiene una galería que Gabriel no conoce todavía.

Desde allí se ve el jardín a través de columnas manchadas por la humedad; en las bases, las capas de pintura se han levantado en escamas gruesas, y las baldosas del extremo conservan una hendidura por la que el agua encuentra salida después de cada tormenta.

Hélène ha pasado muchas tardes sentada cerca de ese desagüe sin mirarlo.

Ahora lo sigue con los ojos hasta el borde del escalón, recuerda una zapatilla que se le empapó mientras leía y tiene que regresar a la página porque ha perdido el número del mueble que estaba describiendo.

La casa le devuelve tardes que no sabe colocar junto a las cartas recibidas del banco.

En el dormitorio hay una cómoda que Bertrand mandó arreglar el año de la boda.

El segundo cajón exige levantarlo un poco antes de tirar; él siempre olvidaba hacerlo y, cuando Hélène se lo recordaba, respondía que una reparación pagada debía durar.

Ella conoce el esfuerzo justo, el punto en que la madera deja de rozar.

Lo abre, encuentra dos camisas de las que no recordaba la existencia y tarda en decidir dónde ponerlas.

Su marido tenía ropa que nunca vio secarse, citas que no entraron en sus conversaciones, una preocupación que llamaba cansancio y que ella unas veces creyó y otras decidió creer para poder hablar de lo suyo.

No quiere ordenar esas diferencias hasta obtener un retrato que la dispense de haberlo amado a los diecinueve años.

No ha llorado mientras mide. Al segundo día busca la regla pequeña debajo de una silla y descubre que está temblando.

Se queda agachada más tiempo del necesario.

Tiene hambre, ha dormido mal, le han hecho contestar la misma pregunta con tres palabras distintas y todavía debe decidir si un desconchado afecta a una estimación; todo eso es verdad y no le permite levantarse.

Cuando lo consigue, come de pie junto a la ventana, apartando el cuadernillo para no mancharlo.

Gabriel llega por la tarde. Ella le ha pedido que ayude a mover una mesa; no que ponga precio a la casa.

Después de trasladarla, él permanece cerca, sin acertar a escoger una tarea.

Hélène lo mira hasta que Gabriel reconoce los efectos que presentó al cobro.

Dice lo que adquirió, lo que reclamó y cuándo.

No intenta contarle la muerte. Ella escucha apoyada en la mesa que acaban de mover.

—¿Por qué no me lo dijo?

Gabriel empieza a responder con las fechas. Hélène lo interrumpe.

—Las fechas ya las he oído.

Él baja los papeles. La quiere cerca; Hélène lo ve en la manera de dejarle espacio para acercarse, un espacio que ella ha ocupado otras veces sin que fuera necesario pedirlo.

También ella podría apoyar la frente en su camisa y descansar un momento.

Se siente cansada hasta el punto de desear ese alivio, y la facilidad con que lo imagina le permite comprender que apartarse no le va a resultar una liberación inmediata.

—Mañana necesito que alguien anote mientras mido —dice—. A las nueve.

En julio Hélène se marcha a Aix. Antes de salir vende a una casa de Londres el catálogo que ha preparado, con la relación de piezas, las fotografías y el derecho a utilizar sus descripciones; cobra la comisión completa y conserva una copia.

Gabriel recibe otra para las gestiones que quedan en Saigón.

Dentro encuentra una nota de cuentas, los gastos separados, el saldo y la confirmación del pago.

No hay una frase destinada a acompañarlo después de leerla.

Vuelve la hoja por si la hubiera al otro lado.

La mañana del tercer día de inventario, semanas antes de esa salida, Gabriel había abierto su carpeta particular para buscar un documento que creía necesario llevar.

Bajo la hoja de Sayer estaba el sobre pequeño, con la solapa doblada.

Sacó la moneda de 1913, dejó el sobre en su sitio y se guardó el aluminio en el bolsillo antes de cerrar la carpeta.

Ahora está en la puerta del despacho de Lefèvre, con el cuadernillo abierto y un lápiz.

Hélène acaba de medir una mesa baja. La tinta azul de las páginas anteriores, la línea de puntos trazada a regla, las esquinas dobladas por el manejo pasan bajo el pulgar de Gabriel hasta que encuentra el renglón.

Al final habrá dos columnas de estimaciones, una en francos franceses y otra en la moneda local que todavía llaman piastras, una suma y un espacio sin escribir.

—Lote catorce —dicta Hélène—. Mesa baja. Madera teñida. Una pata reparada.

Gabriel se pasa la moneda de un bolsillo a otro.