Letra a la vista #2
—También yo estaba antes.
Él se sienta de nuevo. Le dice que conoció a un Lefèvre en el Grand Monde, que lo oyó hablar con Kessler, que al saber dónde había trabajado Bertrand pensó en aquel hombre.
Son datos que Hélène puede reconocer: su marido había tenido negocios vinculados a los cambios, y a veces habla del casino como de un comedor donde todavía guardaran su mesa.
No sabe qué busca Gabriel al relacionarlos.
Espera una pregunta que él no llega a hacer.
Hélène apoya la cabeza en su hombro. El movimiento no da por terminada la conversación.
Durante unos minutos permanece así, escuchando el paso de alguien al otro lado de la tapia, y nota que puede sentir cariño por un hombre al mismo tiempo que se niega a completar las frases que ese hombre le deja abiertas.
Cuando se incorpora, recoge el cuadernillo y escribe al pie de una página la hora a la que debe llamar al día siguiente a Londres.
Desde que prepara esa relación ha vuelto a mirar su propia casa con una atención que altera los recuerdos.
Ciertos muebles que daba por antiguos son reparaciones bien teñidas; una lámpara que siempre le pareció vulgar resulta más difícil de encontrar que el jarrón al que Bertrand llama su mejor compra.
Le satisface poder equivocarse y corregir sin que el error tenga que comprometer una vida entera.
A los diecinueve años había confundido muchas seguridades, había creído que la facilidad de Bertrand para hablar a un desconocido incluía la disposición a escuchar a quienes vivían con él, y aun así no considera inútiles todas aquellas mañanas, los almuerzos demorados, una enfermedad breve durante la que su marido le leyó un periódico entero porque ella no soportaba la luz.
Le incomoda que el recuerdo sea tan preciso cuando necesita distancia.
No quiere borrarlo para poder marcharse algún día.
Guarda la regla en el cuadernillo y decide que la llamada de Londres la hará desde la oficina, donde tendrá delante las fichas y no deberá hablar en voz baja.
La segunda visita al banco ocurre en octubre.
Gabriel lleva otros efectos, todos recientes, que el intermediario ha reunido durante los meses anteriores.
No pertenecen a una deuda conservada intacta desde marzo.
Han cambiado los titulares, han vuelto a circular promesas de importación y el nombre de Lefèvre se repite al final de recorridos distintos.
Esta vez Gabriel solicita información sobre su presentación y deja por escrito sus instrucciones.
El empleado señala una discrepancia. Hay que aclararla antes de admitir una de las piezas.
Desde el asiento, Gabriel ve el despacho donde lo hicieron firmar en marzo.
Han cambiado el cristal roto de una ventana y la claridad tiene ahora otro alcance: ilumina el canto de una caja que antes permanecía en sombra, descubre las marcas del adhesivo con que sujetaron un papel durante las reparaciones.
La sala parece más pequeña. Puede deberse al mueble añadido junto al mostrador o a que ya conoce el lugar; le desagrada pensar que esa familiaridad constituye una recompensa.
Se sabe capaz de entrar, pedir y esperar sin sentirse expulsado por las cosas que no entiende.
El empleado vuelve con la carpeta. Gabriel acepta corregir el defecto.
No lo acusa de retrasar el trámite, no menciona a nadie que pueda darle órdenes.
Al despedirse siente el placer desagradable de haberse comportado bien.
En la calle debe apartarse para dejar pasar a dos hombres que llevan un vidrio entre tablas.
Durante unos segundos solo ve el fragmento de cielo que transportan, y los rostros del otro lado se borran bajo aquel azul móvil.
Pasan los meses. Cobra parte del papel, pierde dinero en gastos y deja de comprar un lote de porcelana porque la suma comprometida en otros asuntos no está disponible.
La pérdida concreta lo irrita más de lo que había previsto.
Se descubre atribuyéndola a Lefèvre, aunque nadie lo obligó a destinar aquel dinero a los efectos.
No sabe qué le ocurriría al hombre si todos exigieran lo que les debe; sabe que desea asistir al momento en que una explicación no le sirva para posponer el pago.
Hay días en que le basta admitir eso. Otros procura llamarlo negocio y prepara cuentas que podrían confirmarlo, omitiendo el precio del lote que dejó pasar.
A Hélène no le pregunta por el dinero de la casa.
Ella entrega descripciones, corrige atribuciones y empieza a firmar las páginas que envía a las casas inglesas.
Gabriel recibe una copia con el nombre completo.
La lee dos veces antes de contestar sobre una medida, y después añade que así debe aparecer también en la portada.
Hélène le agradece la precisión. La brevedad de la respuesta lo defrauda; había esperado que ella reconociese, además, todo el tiempo que a él le ha costado escribirla.
En mayo de 1969 entra por tercera vez en el banco.
Han transcurrido catorce meses desde la carpeta casi vacía.
Ahora lleva reunidos los efectos pagaderos a la vista que siguen en su poder, adquiridos mediante cesiones que ha tenido que pagar y documentar, y pide que los presenten conjuntamente.
La decisión ocupa una línea. El empleado la relee, señala el importe total y le pregunta si mantiene la instrucción. Gabriel no cambia nada.
No se queda para ver llegar a Lefèvre. Nadie le ha dicho que vaya a venir.
Compra tabaco al salir, aunque conserva un paquete, y tarda en encontrar dinero suelto porque busca en el bolsillo equivocado.
De regreso al almacén descubre que la mañana ha seguido sin él: dos cajas abiertas, una llamada pendiente, Hélène que ha dejado unas pruebas corregidas y ha escrito en el margen que necesita respuesta antes del viernes.
El impago llega después. Una letra vuelve acompañada del protesto, con sello y las diligencias que Gabriel ha pagado por anticipado.
Otras reclamaciones empiezan a alcanzar a Lefèvre.
Un proveedor llama a Gabriel para saber si compraría material de oficina; un conocido insinúa que podría hacerse con una buena propiedad.
No acepta ninguna oferta. Durante un momento esa abstención le parece suficiente para distinguirse de ellos.
El almacén empieza a cerrarse a su alrededor antes de que haya respondido a la última llamada.
Retiran los caballetes del patio, recogen los trozos de fleje y dejan junto a la puerta una caja que saldrá a primera hora; cada trabajador conoce la parte de la jornada que aún le pertenece y la cumple sin aguardar a que Gabriel termine.
Él permanece ante el teléfono, oyendo ya solo la línea.
Ha preguntado por Lefèvre y le han contestado acerca de muebles.
Cuanto más intenta precisar lo que deseaba saber, más advierte que necesitaría llamar a Hélène.
Levanta el auricular, vuelve a colocarlo y abre la hoja que ella dejó el martes, con una duda acerca de un diámetro.
La medida correcta se encuentra en el renglón inferior.
En junio, Hélène recibe la copia consular del acta de defunción.
Lleva el nombre, la fecha, los datos que le han pedido comprobar.
La mención de una herida por arma de fuego figura en el documento médico que debe adjuntar a otra gestión.
En la prensa francesa de Saigón aparecen dos líneas sobre el suicidio de Bertrand Lefèvre; alguien ha contado las palabras para que cupieran en el espacio disponible.
Hélène recorta el aviso porque se lo solicitan. No lo guarda entre las fotografías.
Al entierro, en el cementerio que muchos siguen llamando de Massiges, acude un empleado del consulado.
Le expresa sus condolencias y pregunta si ha recibido la copia.
Ella contesta que sí. Bajo los árboles, las lápidas tienen diferentes inclinaciones; algunas se hunden más de un lado y otras conservan, alrededor de las letras, el blanco que la lluvia no ha oscurecido.
Hélène nota tierra en un zapato, cerca del talón.
No encuentra un sitio donde quitársela sin tener que apoyarse en alguien.