El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Letra a la vista
85%

Letra a la vista

La primera vez, en marzo, Gabriel lleva al banco una carpeta casi vacía.

Ha aprendido a no abultarla con documentos que nadie le pide.

Dentro hay dos efectos que acaba de adquirir por mediación de un prestamista, la relación de sus importes y un papel donde ha escrito lo que necesita preguntar; al abrirla sobre las rodillas advierte que este último queda a la vista, y lo vuelve sin haberlo leído, molesto consigo mismo por conceder al empleado, antes incluso de conocerlo, la ventaja de saber que ha preparado la conversación.

En la sala de espera del banco las sillas están sujetas a una barra.

Gabriel prueba a separar la suya de la pared y tiene que levantarse para devolver todo el grupo al lugar donde estaba.

El suelo conserva, alrededor de las patas, una diferencia de color que la limpieza no consigue igualar.

Más allá del mostrador, las ventanas se abren a una claridad obstruida por rejas, persianas y hojas de árboles: la luz llega dividida a las mesas, toca el extremo de una regla, resbala por una cubierta de hule y se interrumpe donde un hombre ha puesto a secar un tampón.

Gabriel ve esos intervalos desde abajo. Cuando trabajaba para otros y tenía que esperar un pago, buscaba en las oficinas el reloj; ahora comprueba cuánto tarda cada cliente en atravesar una puerta, cómo cambia la voz de quien vuelve, qué papeles conserva quien acaba de recibir una negativa.

El sonido tampoco se distribuye de manera uniforme.

Cerca de la entrada, el tráfico entra entero cada vez que alguien empuja las hojas de vidrio; al fondo, donde una cortina oscura divide el pasillo, llega reducido a una vibración que los ventiladores prolongan.

Gabriel ha escogido la silla intermedia.

Desde ella oye cifras sin ver a quien las pronuncia, una tos que parece venir de un despacho vacío, el golpe de una cartera sobre madera.

Podría sacar el papel de las preguntas y comprobarlas.

Prefiere conservarlo vuelto, aunque esa pequeña resistencia lo obliga a repetir de memoria el orden previsto y le impide atender a una conversación que quizá le interesara.

Cuando lo llaman, tarda en levantarse porque al principio toma su apellido por una de las voces sin dueño que atraviesan la sala.

La ciudad todavía obliga a rectificar los trayectos.

Una fachada herida en enero queda oculta detrás de un camión detenido; al moverse el vehículo reaparece el boquete, y la calle recobra una profundidad que Gabriel no recordaba haber perdido.

Hay comercios abiertos junto a otros cuyos tableros no se han retirado.

En el banco, sin embargo, una mujer pide una copia legible, un hombre protesta por una comisión y alguien acerca una silla a una anciana que no consigue permanecer de pie.

Gabriel mira a la mujer mayor. Le han quitado el sobre de las manos para hacer una consulta y ella sigue juntando los dedos en el mismo sitio.

El empleado revisa los endosos y la firma de aceptación.

Gabriel reconoce el nombre de Bertrand Lefèvre en el lugar del obligado al pago, debajo de una rúbrica más grande que las otras.

Lo ha visto también en las facturas que acompañan a cierto papel de importación, y en cartas donde una mercancía vuelve a prometerse con una fecha distinta.

No todas las piezas coinciden. Algunas son corrientes, tienen entrega y comprador; en otras, las cifras han viajado más que las cajas.

Quien se las ha vendido le ha mostrado las diferencias para justificar el descuento, no para proporcionarle una acusación.

Gabriel se repite esa circunstancia mientras el empleado pasa de una hoja a otra.

—¿Los presenta al cobro?

Asiente. El hombre quiere saber dónde debe comunicarle el resultado.

No le promete dinero esa mañana ni le enseña ninguna cuenta de Lefèvre.

Escribe una dirección y devuelve el justificante de la entrega.

Gabriel había previsto una pregunta más difícil.

Conserva bajo la lengua una explicación innecesaria hasta que el empleado lo llama de nuevo: ha olvidado firmar.

Recibe el importe días después. El abono no le produce alegría.

Lo que había comenzado como una prueba acaba de darle una capacidad que antes solo podía imaginar; todavía puede guardar el recibo entre los de sus porcelanas, dejar de preguntar por aquel nombre y perder, a cambio de una renuncia que nadie le exige, la ocasión de averiguar hasta dónde llega esa capacidad.

En vez de hacerlo vuelve a la calle que el prestamista sigue llamando Ohier.

El hombre trabaja en el fondo de un local estrecho.

Es chettiar y mantiene correspondencia con Madrás; Gabriel ha llegado a él por una operación anterior, cuando necesitó cobrar una remesa cuyo destinatario cambiaba de instrucciones sin pagar los gastos.

Sobre la mesa hay un libro de préstamos, una caja de lápices cortos y un paño que protege la cubierta del roce del antebrazo.

Las columnas quedan tan próximas que Gabriel tiene que inclinarse para distinguirlas.

El prestamista gira el libro. Es la primera señal de que una pregunta ha alcanzado el límite de lo que está dispuesto a contestar.

Le explica su comisión por separado. Puede buscar otros efectos que sus titulares quieran ceder, comprobar los papeles y escribir a su corresponsal; no puede convertir la firma de un hombre en garantía de que ese hombre seguirá pagando.

Gabriel dice que lo sabe. Mientras habla, ve cómo el lápiz desciende por una columna, se detiene ante un importe y vuelve a la otra página.

Donde esperaría encontrar su apellido aparecen dos iniciales.

—Los franceses también sabían —dice el prestamista, al oírlo mencionar los negocios de cambios—. Diecisiete hasta mayo del cincuenta y tres. Después, diez. El papel estaba bien impreso antes y después.

Gabriel recuerda las palabras del sargento, los billetes contados en el Grand Monde, el saludo de Lefèvre a Kessler.

Esas cosas sucedieron delante de él. Lo que vino después no puede ordenarlo del mismo modo; ha juntado nombres, se ha obstinado en relaciones que no consigue demostrar y, cada vez que encuentra una falta en el hombre del banco, siente el alivio de haber acertado también en lo que todavía ignora.

El prestamista le pregunta cuánto está dispuesto a inmovilizar.

Gabriel da una cifra. El otro la repite, ahora sin comentario, y él no la reduce.

En septiembre, Hélène lleva a la casa de Đa Kao un cuadernillo cuyo título ha escrito a mano: Inventaire Lefèvre.

Saigon, 1968 . Bertrand le ha pedido que prepare una relación de los muebles y las piezas que podrían venderse si aparece un comprador conveniente.

Ha dicho conveniente dos veces, como si ella fuese a entregar la vajilla a la primera persona que llamase a la puerta.

Hélène ha aceptado el encargo y ha fijado un porcentaje antes de abrir el cuaderno.

El marido no había supuesto que fueran a hablar de eso.

Gabriel le busca una regla. Ella ha dibujado una pequeña planta de las habitaciones, suficiente para saber a qué estancia corresponde cada número, sin pretender que las proporciones sean exactas. Él señala un cuadrado.

—¿Y esto?

—El sitio donde Bertrand dice que pondremos el piano cuando lo compremos.

Gabriel levanta la vista.

—Llevamos trece años sin comprarlo.

Se ríe. Lo ha dejado en el dibujo porque ya cuenta con aquel espacio al recorrer la sala, aunque no haya nada que rodear.

Le gusta descubrirlo en presencia de Gabriel.

Hay cosas de su matrimonio que puede mencionar allí sin pedir que se juzguen ni desear que él las vuelva contra Bertrand.

Gabriel mira otra vez el cuadrado y acaba por preguntarle si tocaría.

Hélène recuerda unas escalas, una maestra que corregía la posición del pulgar, la propia impaciencia ante un ejercicio cuya dificultad no disminuía por repetirlo.

No está segura. Podría querer el piano y no tocarlo nunca.

Esa tarde trabajan poco. El calor se ha detenido en los cuartos que dan al jardín y las hojas, mojadas desde la mañana, conservan gotas que no terminan de caer.

Hélène abre las lamas una a una: el verde se ensancha, aparece un trecho de pared, una maceta partida deja ver las raíces que han seguido creciendo a pesar de la rotura.

Gabriel está detrás de ella. Le besa la nuca y espera a que se vuelva; cuando Hélène lo hace, el borde de la persiana le roza el pelo.

Se quita la horquilla con una impaciencia que lo hace sonreír.

—Ahora no me ayude.

La deja en el alféizar y vuelve a buscarlo.

Todavía le agrada reconocer la sorpresa con que él recibe un deseo que se ha repetido muchas veces, esa atención algo desmañada que lo lleva a comprobar si está cómoda cuando ella preferiría que dejase de preguntárselo.

Se lo dice. Gabriel acepta la corrección y la atrae más cerca.

La tarde pierde sus tareas durante un rato; después, cuando la habitación vuelve a tener bordes y Hélène necesita encontrar su horquilla, él se levanta a buscarla donde ambos la han olvidado.

Le gustaría quedarse hasta la mañana. El deseo aparece con una sencillez que desordena sus precauciones: despertarse allí, tardar en hablar, decidir qué hacer después de haber abierto los ojos, sin calcular primero la hora a la que debe salir.

También sabe que una noche entera no resolvería la distancia que Gabriel sostiene en otras cosas.

No le ha vuelto a preguntar por la fotografía de la pared.

Ella misma se ha habituado a rodear aquella reserva, del modo en que rodea el piano que nunca compraron; le molesta advertir cuánto trabajo exige no tropezar con un objeto ausente.

—¿Tiene algo que ver conmigo lo que no me cuenta?

Gabriel tarda. Hélène lo ve buscar la camisa y detenerse antes de alcanzarla.

—Hay cosas de antes.