El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Estadías #3
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Estadías #3

Se sienta sin encender. El río aparece detrás de la cortina como una franja apenas más clara.

Por encima del zumbido del ventilador llegan ráfagas, una pausa, un golpe más profundo cuya dirección no sabe reconocer.

Se reprocha no saberla, como si la experiencia en transportes debiera concederle también la capacidad de situar una detonación dentro de una ciudad.

Se levanta para cerrar la ventana. Antes de tocar el marco se aparta. Vuelve por los zapatos.

En el corredor hay dos puertas abiertas.

Un hombre pregunta en inglés y otro le contesta desde una habitación; Ignacio entiende las palabras y no encuentra en ellas más certeza que la que él mismo posee.

Baja con la cartera y la chaqueta en el brazo.

En la escalera se cruza con un empleado que lleva una pila de toallas.

El empleado se detiene para dejarlo pasar, Ignacio se pega a la barandilla para dejar paso al empleado y los dos permanecen un momento inmóviles, entregados a una cortesía que la siguiente ráfaga vuelve insoportable.

Abajo se han reunido huéspedes que conservan piezas sueltas de la noche: unas zapatillas, una bata sobre el pantalón, la marca de la almohada en una mejilla.

Un hombre quiere que le preparen el coche.

La persona de recepción responde que no puede garantizarle el paso.

No discuten todavía el destino; discuten el derecho del huésped a que alguien resuelva la distancia entre la puerta y el lugar al que desea llegar.

Ignacio busca el teléfono. Prueba el número de la agencia y espera junto a otros que también están esperando, con el auricular demasiado apretado contra la oreja.

Al amanecer, una claridad sucia permite distinguir los cristales, las plantas de las jardineras y el polvo que durante la noche había sido invisible.

Desde un hueco alto del hotel ve humo hacia el interior de la ciudad.

Le dicen que hay combates en torno al hipódromo, que también han atacado el aeropuerto, que la embajada de los Estados Unidos ha sido asaltada; recibe esas noticias de personas que las atribuyen a la radio o a una llamada, y no logra hacer coincidir los nombres con lo que ha oído desde su cama.

Entre los tejados no puede señalar el hipódromo.

El humo se abre, pierde un borde y vuelve a espesarse en otro lugar.

La gente de la agencia no llega. Primero lo piensa como una falta que desorganiza el trabajo; después se acuerda de la prisa de Lan por marcharse y siente vergüenza de haber contado ya las horas sin imaginar el recorrido que tendrían que hacer para cumplirlas.

No sabe dónde vive el hombre de las sumas.

Tiene una dirección en una ficha, sí, pero no recuerda si está al otro lado del río, si debe pasar por una calle de las que ahora nombran.

No puede proteger a un empleado cuya casa desconoce; tampoco puede dejar de necesitarlo.

La coexistencia de ambas cosas le resulta más incómoda que una culpa limpia.

Han anunciado restricciones y toque de queda.

En recepción le recomiendan quedarse. Ignacio pide papel y encuentra en la cartera la cuenta de Navidad, doblada alrededor de un recibo.

La aparta sin abrirla. Hace falta informar a Madrid.

No puede decir que el buque esté a salvo si no ha hablado con el agente del muelle, ni dar por interrumpido el devengo sin leer la cláusula correspondiente.

Sobre la mesa baja del vestíbulo escribe nueve líneas para el télex:

MADRID SILVA SHIPPING

SAIGON 31 ENERO 1968 REF SGN 6 68

BUQUE EXPEDIENTE 27 DESCARGA SIN CONFIRMAR STOP

COMBATES EN CIUDAD COMUNICACIONES IRREGULARES STOP

PERSONAL AGENCIA SIN ACCESO A OFICINA STOP

RESERVAR COMPUTO ESTADIAS SEGUN CONTRATO STOP

SOLICITAMOS CONFIRMAR COBERTURA RIESGO GUERRA STOP

NO AUTORIZAR NUEVOS COMPROMISOS SIN CONSULTA STOP

SILVA

Había puesto asegurar donde ahora escribe confirmar.

No manda sobre el seguro por elegir un verbo.

Copia el texto en un impreso que le acercan y mantiene encima de la línea la corrección, para que quien lo curse no tenga que decidir cuál de las dos palabras quería.

No hay seguridad de transmisión inmediata; le prometen intentar la comunicación y avisarlo.

Se queda con su borrador. La cinta de la máquina, si consiguen cursarlo, llegará después al expediente de la agencia, con una copia que habrá pasado por manos de alguien a quien él todavía no puede nombrar.

Un camarero trae café y pide que acerquen las tazas a un lado porque necesita limpiar la mesa.

Ignacio recoge sus papeles. Desde donde está sentado oye otra detonación, más distante o amortiguada por el edificio; la cucharilla vibra contra la loza y se detiene.

En las nueve líneas no ha quedado sitio para la cena.

Tampoco ha hecho falta quitárselo. Guarda la cuenta del Majestic detrás de los gastos del mes, dobla el mensaje por la mitad y vuelve a marcar el número de la agencia.