Estadías #2
La última vez que Ignacio vio a su padre en ese despacho, seis años antes, habían discutido por una firma.
Conserva la palabra firmar mejor que el motivo.
El padre acercó un papel hasta el borde de la mesa y él lo devolvió sin cogerlo; la conversación prosiguió con la hoja entre ambos, en un lugar al que ninguno quería extender el brazo.
Ahora el recuerdo trae también una mota en el cristal de la ventana, la alfombra desplazada bajo una rueda del sillón, cosas que no le ayudan a decidir qué está viendo.
Le irrita esa abundancia inútil de la memoria.
Debería recordar dónde guardaban los objetos retirados antes de la guerra, quién hizo la lista, si había una lista.
—¿De dónde viene la pieza? —pregunta—. Para tasarla, digo.
Gabriel no la recoge. Mira hacia la cartera, pero contesta de memoria, con una lentitud que permite a Ignacio oír la fecha por separado:
—«1956 — Miroir de bronze, Japon, cadre argent et or, succession Hébrard.» Eso pone en el libro del anticuario.
Vĩnh pronuncia Hébrard como si intentara localizar a un cliente.
No encuentra ninguno que quiera nombrar.
Gabriel añade que la compró el año pasado, en Chợ Lớn.
Ignacio bebe agua. Puede preguntar qué Hébrard, pedir la dirección, decir que un objeto semejante aparece en un cuadro familiar.
Todas esas frases modificarían el trato.
La última lo convertiría, de inmediato, en alguien que podría reclamar o comprar; también en un hombre que tendría que explicar por qué no sabe qué ocurrió con las cosas de su casa.
Tiene enfrente a un comerciante que no ha hablado de vender el espejo. Todavía puede limitarse a escuchar.
—Hay que ver la pieza —dice Vĩnh—. El libro no la ha mirado.
Gabriel sonríe. Ignacio agradece al comisionista una observación que no le estaba destinada.
El camarero llega con el pescado y necesita espacio.
Gabriel acerca el espejo al centro, donde la luz de una pantalla se derrama sobre la cara sin formar nada que Ignacio pueda distinguir de un brillo desvaído.
Vĩnh se inclina para mirar el reverso. Ignacio espera un comentario que no llega; encuentra absurdo esperar que un objeto haga algo, que interrumpa la cena por su cuenta y lo libre de decidir si debe nombrarlo.
El espejo permanece junto al pan. Cuando el camarero termina de servir, Gabriel deja caer sobre él una esquina de la envoltura para protegerlo de las salpicaduras.
Vuelven a los fletes. Ignacio explica una prima que Vĩnh ha confundido con el seguro ordinario, y agradece poder hablar de algo cuya división conoce.
El riesgo de guerra tiene un anexo, dice; el reembolso no cubre lo que uno decida incluir después bajo ese nombre.
Gabriel pregunta quién adelanta el dinero.
Ignacio contesta y oye, al hacerlo, el argumento que Madrid utilizará contra él en cuanto revise la próxima cuenta.
Fuera, una sirena de barco da una señal breve.
Las conversaciones del comedor no se detienen.
Sobre el río han desaparecido dos luces.
Ignacio comprueba el reloj. La aguja le concede una información exacta que no altera en nada lo que está pasando a bordo del vapor; aun así, vuelve a mirarla cuando Vĩnh pide café.
Lleva toda la noche tratando las horas como si su atención pudiera emplearlas mejor.
Le gustaría estar en la oficina y le gustaría no tener ninguna oficina a la que acudir después de cenar.
En Madrid, a esa misma hora, alguien podría encontrarse sentado bajo el retrato.
El pensamiento no trae una imagen nueva: solo la molestia de una habitación que sigue existiendo mientras él come a miles de kilómetros.
Gabriel aparta el plato. Hablan de un contrato antiguo, del tiempo que una casa comercial puede continuar usando un nombre después de haber cambiado de dueños.
Vĩnh sostiene que un buen nombre vale dinero aunque quien lo llevó haya muerto.
Ignacio dice que en ocasiones también cuesta.
Gabriel lo mira, pero no pregunta a qué se refiere.
Durante un momento, Ignacio teme haberle ofrecido la entrada que evitaba.
Puede oír los cubiertos de la mesa próxima, la tos de una de las mujeres, un plato apoyado con demasiada fuerza en el aparador.
El comerciante empieza a levantarse. Se vuelve para dejar pasar al camarero y habla en la voz con que hace un rato ha pedido el café, sin dirigir la frase a una cara:
—Todo imperio construido sobre sangre, tarde o temprano, debe mirarse al espejo.
Ignacio pone la servilleta junto al plato.
No encuentra una respuesta que pueda pronunciar sin escoger a quién se refiere Gabriel.
Si pregunta, hará suya la alusión; si se ríe, tendrá que oírse reír.
Vĩnh ha bajado la vista hacia la carta, aunque ya han terminado.
Ignacio llama al camarero y pide la cuenta.
El muchacho comienza a retirar los platos.
Con la otra mano recoge el pequeño bulto que hay junto al pan, protegido a medias por la tela, y lo apoya encima de una bandeja.
Gabriel tarda en advertirlo. Ha vuelto a sentarse para alcanzar la cartera; cuando levanta la cabeza, la bandeja está pasando entre dos sillas.
—El espejo —dice.
El camarero se vuelve. Gabriel se acerca, separa la envoltura del borde de un plato y comprueba la cara antes de guardarlo.
El muchacho pide disculpas. Hay salsa en una punta de la tela.
Gabriel la dobla hacia dentro, vuelve hasta la mesa y recoge la cartera.
Ignacio paga, firma la cuenta y tiene que solicitar otro papel porque la punta de la pluma ha atravesado el primero al escribir el número de su habitación.
Durante enero permanece en el hotel incluso después de que le devuelvan las llaves de la villa.
Desde el Majestic llega antes a las oficinas del muelle; la justificación es cierta, pero no alcanza a explicar el alivio con que aplaza el regreso a unas habitaciones donde el único sonido al entrar procede de la puerta que él mismo acaba de abrir.
Tiene allí muebles elegidos por otro, una vajilla que nunca utiliza completa y un armario en el que todavía huele la reparación.
Al pagar una habitación puede considerar provisional esa soledad, concederle una fecha de salida que cambia sin necesidad de admitir que ha cambiado de propósito.
Ve a Gabriel dos veces en la agencia. La primera, el comerciante reclama una caja recibida sin su listón transversal; la segunda, viene a entregar un justificante.
No trae el espejo. Ignacio tampoco lo menciona.
Ha escrito a Madrid por un poder, por una factura y por la renovación del alquiler, asuntos que le dan ocasión suficiente para añadir una pregunta sobre el cuadro.
No la añade. Cuando piensa en formularla, tiene que imaginar quién abrirá el archivo, quién preguntará el motivo y qué parte de la respuesta le resultará después imposible retirar.
Puede seguir ignorando el itinerario de una cosa; le cuesta más aceptar que otra persona sepa que desea averiguarlo.
Antes de las fiestas del año nuevo lunar, Lan deja terminadas las copias temprano.
Se llevará a casa el dinero que le han adelantado y no volverá hasta después de la fiesta.
Ignacio aprueba el recibo, le pregunta si necesita coche y recibe una negativa con una precisión que lo sorprende: necesita marcharse ahora, antes de que el tráfico empeore.
Él deja de buscar otra cosa que ofrecerle.
Desde el balcón la ve alejarse con el paquete de sus pertenencias pegado al costado.
En la mesa queda una cinta usada, enrollada sin orden alrededor de una caja de grapas.
La noche del treinta de enero, en el Majestic, tarda en dormir.
Las celebraciones llegan por intervalos; entre una y otra se oye el movimiento del río, motores que no distinguen la fiesta de una jornada ordinaria, una voz abajo, puertas cerrándose en el corredor.
Ha dejado los zapatos juntos al lado del armario para encontrarlos sin encender.
Desde que prolongó la estancia conserva allí un segundo traje, tres libros que no ha terminado y un frasco de una medicina que compró por precaución y todavía no ha abierto.
La habitación comienza a acumular una forma de vida que no había solicitado.
Si tuviera que partir por la mañana, necesitaría una maleta más.
Lo despierta un ruido que al principio incorpora al sueño.
Busca con la mano la sábana apartada y oye otro, seguido por una serie de golpes más secos.
Ha visto pasar la medianoche; el reloj, cuando consigue acercarlo a la lámpara, está próximo a las tres.
Durante unos segundos espera que el ruido recupere una forma conocida.
Las detonaciones de la fiesta no lo habían obligado a permanecer escuchando después de cesar.
Estas dejan entre una y otra un espacio en el que se le tensan los músculos del cuello.