Estadías
La botella que Ignacio ha pedido todavía no llega y el buque lleva otras dos horas esperando.
No es el mismo reloj, se dice, aunque ambos gastos vayan a parar a una cuenta que tendrá que firmar.
Del vapor que la agencia despacha por viaje, retenido con una parte de la carga a bordo, sabe la hora en que se aceptó el aviso de disponibilidad, los tiempos descontados, las horas que el fletador discute y las que, si nadie rectifica antes de medianoche, entrarán en la liquidación.
Del vino solo conoce el precio de la carta.
El camarero vuelve para preguntar si desean otra marca.
Ignacio acepta y no pregunta cuánto cuesta.
Ha escogido una mesa en el comedor alto del Majestic desde la que se puede ver el río.
Es Navidad, pero a lo largo del muelle sigue habiendo luces de trabajo, agrupaciones de hombres demasiado pequeñas para que desde allí se distinga qué hacen, una grúa cuyo brazo corta por momentos el resplandor de la orilla contraria.
El agua no devuelve las luces enteras. Las estira, las pierde bajo una embarcación oscura, vuelve a reunirlas en un tramo próximo a tierra donde la corriente parece menor; más lejos, las gabarras tienen la pesadez de unas casas a las que les hubieran retirado el suelo y que, pese a ello, continuaran habitadas.
Ignacio identifica la silueta de una de las subcontratadas.
No puede leer la matrícula. Le basta la disposición de la caseta para empezar una cuenta que interrumpe cuando Gabriel retira la silla.
Vĩnh llega detrás, con dos paquetes estrechos que entrega a un empleado para que los guarde.
Ha aprovechado la invitación para recoger unas muestras en la otra punta de la ciudad.
Dice que se ha pasado la tarde en el coche, que una cena de Navidad no debería empezar con mercancías, y pregunta enseguida por el vapor.
Ignacio le contesta mientras deja a Gabriel elegir sitio.
El comerciante se sienta frente a él, un poco de lado respecto a la ventana.
Trae una cartera blanda. La coloca debajo de la silla, comprueba con el pie que no estorbe y abre la servilleta.
Al subir, Ignacio ha tenido que esperar junto a una puerta por la que trasladaban un aparador.
Dos empleados, uno a cada extremo, discutían en voz baja cómo girarlo sin golpear la pared; durante unos instantes el hotel había perdido esa apariencia de estar dispuesto de una vez y para siempre que tanto trabajo le cuesta mantener.
Ahora reconoce el aparador junto a la entrada del comedor.
Conserva un trozo de cuerda atado a una pata.
Sobre la madera han puesto platos, una jarra y una cesta de pan, y la cuerda ha quedado allí, a la vista de cualquiera que se incline para recoger una servilleta.
Le agradan esos descuidos pequeños. Le permiten habitar el establecimiento sin sentir que también su cansancio debe ajustarse a la tarifa.
Lleva tres semanas en la misma habitación.
Se trasladó mientras reparaban las conducciones de la villa que tiene alquilada en Duy Tân: una avería dentro de un tabique había obligado a abrir la pared, y el propietario aprovechó el trabajo para acometer otras reparaciones que hasta entonces declaraba imposibles.
Ignacio había calculado diez días para esta estancia, después quince; los últimos cambios de reserva ya no los ha comunicado a Madrid de uno en uno.
El contrato de doce meses firmado el año anterior tiene ahora una prórroga, cuyo anexo ha hecho copiar dos veces porque en una versión desaparecía una salvedad sobre la aptitud del buque.
Ese barco cobra por tiempo. El vapor de esta noche corresponde a otro servicio, a un fletamento por viaje en el que la espera se discute con un calendario distinto.
Cada vez que desde Madrid suman ambos ingresos en una sola columna, Ignacio debe volver a separar lo que se remunera por estar disponible de lo que se reclama por haber esperado demasiado.
A veces le parece que su verdadero trabajo consiste en impedir que unas palabras cercanas lleguen a significar lo mismo.
—¿Aún con la descarga? —pregunta Gabriel.
—Con las horas de la descarga.
—Las cajas no se han movido.
—Por eso hay horas.
Vĩnh se ríe y abre la carta. Ha decidido comer pescado, pero necesita leerlo todo antes de comprometerse.
Gabriel quiere saber si el porte a Hong Kong incluye el traslado desde el almacén.
Ignacio recuerda las medidas del envío, no el número de piezas.
Han trabajado lo suficiente juntos para que cada cual conozca ya dónde suele aparecer el desacuerdo: el comerciante desconfía de lo que se firma sin abrir; la agencia, de lo que se declara sin medir.
Lo resuelven sobre el mantel, con dos cucharas haciendo de límites para una caja que ninguno necesita dibujar.
Al terminar, Gabriel desplaza una de las cucharas para dejar sitio al plato del pan.
Hablan del cinc. Vĩnh ha recibido una cotización que no se mantendrá hasta que llegue la respuesta del comprador; Ignacio le aconseja confirmar primero el espacio disponible.
Gabriel pregunta por un embalaje, por la madera que se está usando cuando escasea la otra, y durante unos minutos los tres participan de una conversación que podría prolongarse sin que nadie tuviera que revelar una preocupación personal.
A Ignacio esa facilidad le parece una forma legítima de descanso.
Tiene treinta y siete años y le fatiga más una cena en la que esperan que sea interesante que una tarde de trabajo con cifras difíciles.
En Madrid, cuando lo sientan junto a alguien que desea conocer Oriente, debe escoger entre decepcionarlo o contar una historia cuyos mejores detalles no ha visto.
Aquí puede decir que una gabarra llegó tarde. Los otros quieren saber cuánto.
El mantel está tibio cerca de la ventana.
Las lámparas, cubiertas por pantallas claras, dejan sobre los cubiertos una luz ancha que no coincide con el reflejo de los vasos; detrás de Gabriel, dos mujeres conversan junto a un hombre que ha doblado la carta por la mitad y golpea con ella su rodilla.
De otra mesa llega un olor dulce, algo calentado con licor.
El ventilador empuja de vez en cuando ese olor hacia el río y trae, en sentido contrario, la humedad del muelle, mezclada con humo de motores y con una lejanía de comida que el comedor no consigue excluir.
Ignacio se afloja el puño izquierdo. La camisa, recién devuelta por la lavandería, tiene una rigidez en la costura que le roza la muñeca al cortar.
Gabriel se inclina hacia la cartera cuando han retirado el primer plato.
Saca un paquete envuelto y lo abre junto al pan, apartando antes su copa.
Ignacio piensa que va a mostrar una muestra pequeña de porcelana; ha aprendido que los comerciantes no sienten la necesidad de terminar una cena antes de empezar otra operación.
Pero lo que queda sobre la tela es un espejo de mano.
La cara, dirigida un instante hacia las lámparas, devuelve un resplandor mate.
Gabriel lo gira y lo deja con el mango hacia Vĩnh.
Ignacio ve las patas del animal.
No necesita acercarse aún. Dos relieves se separan del tallo con la desigualdad que recuerda, y bajo ellos corre una cinta estrecha, interrumpida en el sitio donde el mango se ensancha.
El pintor del retrato había resuelto aquella cinta mediante un trazo claro y otro que casi se confundía con el fondo.
De niño, Ignacio la tomó por un cordón. Había pasado mucho tiempo mirando ese rincón del lienzo mientras su padre terminaba una conversación, porque quedaba a la altura de sus ojos cuando le permitían sentarse en el sillón bajo.
El uniforme del general estaba más arriba.
También la mano sobre el sable. A la mesa pintada podía llegar sin levantar la cabeza.
Vĩnh toca la envoltura, pregunta si el marco es de plata.
Gabriel responde que eso le dijeron. Ignacio sigue cortando.
El tenedor ha sujetado mal un pedazo y tiene que repetir el movimiento.
Querría retirar el plato para ver el mango entero; le basta no hacerlo para que los otros continúen hablando.
Ninguno espera de él un dictamen sobre antigüedades.
La primera semejanza no basta. Se lo impone con la misma severidad con que examina una factura duplicada que tal vez sea solo una copia: posición de las patas, cinta, unión del mango y del disco.
El león podría repetirse en muchos objetos.
También los escudos que hay en las vajillas de su casa se repiten y, durante años, nadie ha sabido decir cuáles pertenecieron a la familia y cuáles se compraron después para completar un juego.
Sin embargo, reconoce una inclinación, una estrechez entre dos partes, un modo de ocupar el espacio que la pintura había conservado incluso sin explicarlo.
El parecido se vuelve más preciso mientras busca razones para no concederle importancia.
Su abuelo murió cuando él apenas había cumplido un año.
No recuerda su voz. Las inflexiones que podría atribuirle proceden de hombres que hablaron del general durante su infancia, de sobremesas en las que el respeto hacia el muerto permitía a cada cual terminar sin interrupciones una historia que los demás conocían.
Carlos de Silva y Alcázar: aquel nombre completo se pronunciaba de un modo que Ignacio no habría podido emplear para llamar a nadie desde una puerta.
Después su padre se sentaba a trabajar bajo el retrato.
Había desplazado el escritorio para aprovechar la ventana, y por eso, cuando recibía visitas, el espejo pintado parecía quedar justo encima de su hombro izquierdo.