El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Exposición larga #3
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Exposición larga #3

Saca la hoja de Sayer. El papel de estraza conserva los nombres de barcos, los años, las indicaciones de los registros ingleses; bajo Madrás todavía pueden leerse la palabra corregida y la que el viejo hizo escribir encima: consultas.

Gabriel refuerza con otra hoja el doblez que amenaza con abrirse.

Desde que hay sitio en sus carpetas, aquellos papeles ocupan más espacio y sufren menos, pero tarda más en encontrar una frase que antes sabía localizar entre los pliegues.

Coloca la fotografía del muro al lado de la reproducción de Madrid.

La semejanza no llena los años que faltan entre ambas.

En el bolsillo interior lleva la moneda de Culión.

La saca, limpia del borde una fibra y lee otra vez el año, 1913.

No pesa lo suficiente para mantener cerrado un pliego.

La introduce en un sobre pequeño y dobla la solapa sin pegarla.

Debajo de la moneda deja la hoja del inglés, con dos dobleces; encima, la ficha y la fotografía.

Cierra la carpeta, la abre para comprobar que el metal no presiona la copia y cambia el sobre de sitio.

Quedan las otras dos imágenes. Una irá a Consuelo, a quien por fin termina la carta empezada después de comprar el espejo.

La promesa figuraba ya en aquellas líneas guardadas: una imagen cuando consiguiera obtenerla.

Ahora añade lo que ha podido comprobar y lo que sigue sin saber; no presenta la figura como respuesta a la petición sobre su padre.

El espacio destinado a esa respuesta le obliga a reconocer que apenas ha avanzado.

Escribe la frase sin borrarla. Adjunta la copia, protegida entre cartones, y la dirige por el conducto de Musa.

La dirección para el segundo sobre también ha llegado a través de Musa.

Gabriel había enviado una consulta a partir de los apellidos y de las referencias a Tondo que leyó en las fotografías de los cuadernos.

Lo antiguo no le daba una casa a la que escribir ahora.

Consuelo preguntó; Musa hizo comprobar el domicilio en Manila y devolvió una hoja con la dirección vigente de la mujer de la familia Gatmaitan que podía recibir el envío.

Gabriel pasa los datos al sobre. Vuelve sobre una letra del nombre de la calle antes de continuar.

No incluye carta. Empieza una en otro papel, escribe una forma de saludo y la retira.

La fotografía podría llegar a manos de alguien que no encontrase en ella más que un error del remitente; podría quedar guardada sin que nadie relacionase aquella mancha con una historia contada en casa.

Esa posibilidad lo inquieta menos que tener que poner su nombre debajo de una explicación.

Deja el reverso exterior del sobre en blanco.

En correos pide que comprueben el porte.

El empleado pesa los dos envíos por separado y acerca uno al borde para señalar dónde falta un sello.

Gabriel paga la diferencia. Le queda una tira engomada pegada al dedo; la desprende con cuidado, la coloca donde le indican y mantiene la presión unos segundos antes de retirar la mano.

A principios de noviembre vuelve a abrir la carpeta en la mesa de un hotel.

Ha ido a ver al representante de una casa londinense con la que negocia porcelanas; meses atrás le había confiado una copia de las indicaciones de Sayer, preguntando si podía hacerlas consultar por alguien que conociese los archivos.

La respuesta ha llegado junto con unos precios.

El representante se la entrega después de discutir el lote, sin atribuir al recado más importancia que la que tiene para una persona que ha tenido que pedir dos veces una información ajena a su trabajo.

Un lector de los registros ha devuelto los nombres antiguos y añadido una referencia de su ordenación actual.

No hay transcripción de un diario ni noticia de un naufragio encontrado.

Hay una familia de documentos por la que continuar, unas letras que a Gabriel no le dicen nada hasta que las coloca al lado de las palabras Marine Records.

El representante debe marcharse. Gabriel le da las gracias y permanece en el vestíbulo, frente a una cristalera que conserva la lluvia en su parte baja; detrás del vidrio, los coches se detienen, descargan a alguien y desaparecen antes de que el agua vuelva a ocupar el rectángulo de suelo que han protegido.

Pide papel en recepción. Le entregan dos hojas con el membrete del hotel. Sobre una recopia a lápiz:

IOR/L/MAR/B

Ganges Merchant

1772

Deja la segunda intacta. No añade un volumen que la respuesta no le ha dado.

Al plegar la hoja observa que ha escrito el nombre del barco con más presión que las letras superiores; por debajo, el papel conserva los surcos cuando lo vuelve hacia la luz.

Guarda la referencia nueva junto a la estraza.

La escritura antigua y el lápiz de esta tarde quedan en superficies distintas.

Con la siguiente carta envía a Consuelo una copia de la secuencia y le pregunta si permitirá añadirla en el margen que él señaló en 1955, para encontrar juntas las indicaciones cuando puedan reanudar la lectura.

Musa le comunica la respuesta y, semanas después, que la anotación se ha hecho ante ella, con su permiso.

Gabriel no ha pedido traer los cuadernos.

En la copia que conserva subraya la noticia del añadido y guarda la carta detrás de las fotografías de aquellas páginas, donde podrá distinguir lo que recibió entonces de lo que acaba de mandar escribir.