Exposición larga #2
Los dos días contienen trabajo suficiente para no permanecer esperando.
Hay que separar unas tazas que un agente ha incluido en un juego al que no pertenecen, responder por un embalaje mojado, comprobar un pago a Manila.
Hélène devuelve una página del catálogo con tres medidas corregidas.
Él la lee, empieza una respuesta y alza la vista hacia el patio.
La pared no guarda ninguna figura. Una caja ocupa el lugar de los libros y un empleado ha puesto la tabla sobre dos caballetes.
Gabriel termina la cuenta antes de pedir que no encalen aquel trecho.
El jueves, el hombre de Pasteur extiende los negativos sobre una superficie iluminada y le ofrece una lupa.
Gabriel mira seis rectángulos que no sabe interpretar de inmediato.
Donde esperaba claridad encuentra densidad; lo que a simple vista parecía apenas registrado se ordena de otra manera bajo el aumento.
El hombre le muestra el movimiento de las primeras tomas y descarta otra en la que los tonos se han cerrado demasiado.
De la segunda serie elige la exposición intermedia.
Gabriel coloca a su lado la libreta. Cuatro segundos.
Las letras que escribió en el patio parecen ahora más grandes.
Le hacen una prueba para escoger el contraste.
Al verla, Gabriel siente una decepción que procura esconder al empleado: había esperado, sin admitirlo mientras preparaba la máquina, que el papel separase lo que el ojo reunía con esfuerzo, que le concediera un detalle no obtenido durante tantas mañanas.
La imagen conserva la pared, la zona iluminada, el contorno débil.
No añade pelo ni escamas. En un borde de la figura hay una franja clara seguida por otra gris; más allá, dos puntos oscuros permanecen fuera de la mancha.
Si no hubiera estado allí, tendría que preguntar qué debía mirar.
—De esta —dice.
Pide tres copias de nueve por doce, en papel al bromuro, brillo, con el borde dentado.
El hombre señala en el negativo el encuadre que conservará.
Gabriel confirma que quiere también las picaduras de la pared.
No pide que las eliminen. Al recoger los sobres comprueba que las tres copias proceden de la misma toma; la prueba queda en el taller.
Guarda los seis negativos aparte y sale con las fotografías dentro de una carpeta que había comprado para unas facturas.
Hélène está en el almacén cuando él vuelve.
Ha reunido sobre la mesa dos cuencos y una hoja de papel carbón; mantiene levantada una esquina para que no manche el original mientras escribe una corrección.
Gabriel espera a que termine. Le gusta verla resolver una dificultad sin necesidad de preguntarle qué opina, aunque a veces, cuando ella no lo incluye en la tarea durante demasiado rato, se sorprende deseando una consulta cuya respuesta ya sabe que sería inútil.
Se acerca y le toca brevemente el hombro.
Hélène cubre su mano con la suya antes de retirar el carbón.
—Esto no saldrá con el envío de mañana —dice.
Él mira el cuenco señalado. Hay una pérdida en el borde que no figuraba en la ficha.
Hablan del embalaje, de quién comprobó las piezas, del tiempo que costará localizar otra del mismo juego.
Gabriel deja la carpeta en el sitio libre.
Hélène la aparta unos centímetros para poder extender la hoja y una fotografía sale del sobre.
—¿Qué es?
La sostiene por dos esquinas. Gabriel podría colocar el espejo en el patio, esperar otra mañana, enseñarle el ajuste de los libros; incluso empieza a ordenar esa explicación antes de recordar que, detrás, vendrían las preguntas para las que no ha preparado una respuesta que no lo comprometa a seguir hablando.
Tiene cerca su mano, la presión que ha buscado al entrar.
Le resulta desagradable notar que está calculando cuánto puede conservar de esa cercanía mientras deja fuera aquello que ocupa sus horas.
Coge la copia por un borde y la vuelve, como si la información estuviera allí.
Todavía no ha escrito. La ausencia del dorso lo detiene.
Hélène mira el papel blanco, luego a él.
Gabriel abre la libreta, busca los datos de la segunda serie y toma un lápiz.
Escribe despacio, apoyándose sobre la carpeta, con las letras pequeñas que usaba para las columnas del taller. Al acabar lee:
—Cholon, marzo del sesenta y siete. Once. Diafragma ocho. Cuatro segundos. Ochenta centímetros. Pared blanca. Dos ensayos.
Ella espera. Gabriel coloca la fotografía del derecho y señala las dos marcas del muro, pero no llega a decir nada de ellas.
—Ya veo que es una pared.
No alza la voz. Le devuelve la copia, recoge el papel carbón y le pregunta a qué hora estará listo el coche que debe llevar las cajas.
Gabriel contesta. Durante el resto de la tarde ella sigue trabajando junto a él, le pide una regla, le corrige una cifra; no hay una retirada que le permita ofrecer una disculpa fácil ni un regreso que pueda tomar por perdón.
Cuando se marcha, él sale hasta la puerta.
Hélène le acomoda el cuello que ha quedado doblado bajo la chaqueta y se despide antes de que Gabriel encuentre una frase que no empiece por las fotografías.
Completa los otros dos dorsos con la copia delante. En los tres queda lo mismo:
Cholon, 3/67. 11 h. f/8. 4 s. 80 cm. Mur blanc. — 2 essais.
Deja las fotografías separadas mientras prepara los sobres.
No escribe un nombre en ninguna. Las dos series están contadas en la libreta, con sus tres exposiciones respectivas; al lado de la elegida añade una pequeña cruz.
El filtro figura en el recibo del préstamo, devuelto.
Gabriel guarda ese recibo con los gastos, sin trasladar todos los datos a las copias.
Al levantar la última, se le dobla una esquina contra el cartón.
La alisa con una presión muy leve y después deja de hacerlo. El papel conserva el quiebro.
La fotografía doblada entra en la carpeta de los documentos particulares.
Hay allí una carta llegada de París a comienzos de mes y una reproducción que todavía no ha ordenado con el resto.
El anticuario que se la envía le había vendido una pieza por correspondencia para un cliente de Hong Kong.
Gabriel acudió a él el año anterior, después de la compra, con fotografías ordinarias del frente y del reverso del espejo, sus medidas y la línea copiada en Chợ Lớn: sucesión Hébrard, 1956.
Quería saber si alguien conservaba una noticia anterior.
La primera respuesta solo contenía preguntas.
Hubo que pagar otras consultas. El anticuario pidió a un corresponsal en Madrid que buscase entre las relaciones de objetos retirados de casas durante la guerra; la dirección, el gasto de las reproducciones y dos portes aparecen en la cuenta que ahora acompaña a la carta.
Gabriel conserva también aquella primera respuesta, porque la última abrevia el trabajo hasta hacerlo parecer un encuentro inmediato.
No ha encontrado una venta parisina. Ha encontrado una ficha española que propone cotejar con las fotografías recibidas.
La reproducción es reciente. Dentro de ella, el papel fotografiado reúne escrituras de varios momentos.
Arriba figura la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico; abajo, el Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, con un espacio para una devolución.
El número de inventario, 11484, aparece junto a la descripción.
Gabriel recorre los veinticuatro centímetros de longitud, los doce de diámetro, la plata, el nácar, el desconchado.
Hay una fotografía adjunta reproducida en otra hoja.
Busca la falta de la montura y gira su propio espejo para comparar el sitio. Las sombras dificultan el examen.
Lee después la procedencia: casa de Silva, palacete del general, paseo de la Castellana, treinta y siete bis. La incautación está fechada el dieciocho de septiembre de 1936; la entrada en el depósito, el nueve de octubre. En el apartado inferior no hay destinatario:
Devuelto a: ______ Acta n.º ____ de ____
Apoya un dedo lejos de la fotografía del objeto.
Podría escribir a Ignacio; sabe dónde encontrarlo, conserva la tarjeta y tiene un motivo comercial para pedirle otra entrevista.
También podría mencionar Madrid durante una cena y observar lo que cambia en su cara.
La facilidad de esas ocasiones le permite demorarlas.
No dispone de una pregunta inocente que conduzca hasta aquella casa, ni de una relación completa entre el papel español y el libro del comerciante de Chợ Lớn.
Lo que desea averiguar empieza a exigir que alguien averigüe cosas de él.