El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Exposición larga
83%

Exposición larga

Gabriel ha despejado el patio antes de que lleguen las cajas.

Queda una escoba junto al sumidero, una tabla apoyada de canto contra la galería y, en el lugar donde suele secarse la cuerda, el trípode que ha traído de la rue Pasteur.

La máquina viene dentro de una funda cuyo cierre exige levantar primero una esquina.

El hombre del laboratorio se lo ha mostrado dos veces, sin impaciencia; la segunda ha dejado que Gabriel lo haga solo.

También le ha prestado un filtro neutro, un fotómetro y el cable que permitirá accionar el obturador sin tocar la cámara.

Cada cosa figura por separado en el recibo del depósito.

Es marzo. El espejo ha regresado de Hong Kong y su cara sigue dando una imagen débil; Gabriel conserva el informe de la limpieza con la factura, en una funda distinta de aquella donde guarda las fotografías de los cuadernos.

Durante varios días ha intentado dibujar lo que se forma en la pared.

Sus dibujos se parecen demasiado a lo que desea reconocer.

Al corregir una pata termina por alargarla; al repetir el perfil, lo que había sido una vacilación de la luz se convierte en una línea continua que después no encuentra en la cal.

Tiene tres hojas así. Las lleva al patio y las deja boca abajo sobre un cajón.

Desde la galería, la pared parece blanca.

Cuando se acerca, descubre la desigualdad de sus reparaciones: una franja reciente junto al suelo, una superficie más lisa alrededor del gancho retirado, la huella de una mano que al encalar había llegado por debajo del alero y se había detenido allí, dejando sin cubrir una lengua de yeso antiguo.

Gabriel busca el trecho que conoce, entre dos picaduras pequeñas y una fisura oblicua que no entra en el campo iluminado.

El muro recibe el resplandor del cielo, pero el sol todavía cae sobre el suelo del patio, sobre la madera de los embalajes y sobre un ángulo de la pila donde la humedad conserva un verde oscuro.

Al otro lado de la tapia, alguien golpea una esterilla.

Con cada golpe baja un polvo que el aire hace visible antes de dispersarlo.

Coloca el espejo entre dos libros de cuentas, protege el borde y desliza debajo un pliego doblado.

Ha aprendido cuánto cambia la imagen con una corrección minúscula: la mano cree haber girado apenas y la claridad ya está en otra parte.

Aquí, sin la obligación de sostener el peso, puede retirar los dedos y esperar.

La regla marca ochenta centímetros desde la cara hasta la pared.

Repite la medida porque el extremo se ha apoyado sobre un saliente.

Luego señala en el suelo la posición de las patas de la mesa.

El cartón negro ocupa el lado abierto de la galería.

Tiene que moverlo dos veces antes de conseguir que quite parte de la luz lateral sin interponerse en el trayecto que va del sol al espejo y del espejo a la cal.

Lo sujeta con una caja vacía, prueba desde fuera del patio y descubre que su propio paso ha dejado oscilar el cartón.

Añade peso. A la altura del tobillo corre una claridad estrecha; arriba, el borde de la sombra no coincide del todo con la vertical de la pared.

Le molestaría esa irregularidad si estuviera haciendo una fotografía para vender una pieza. La deja.

No ha contado a los empleados qué busca.

Uno pregunta si deben trabajar en el otro extremo; Gabriel dice que basta con no atravesar el patio cuando avise.

Le parece una petición razonable hasta que advierte la facilidad con que todos han empezado a rodear sus instrumentos, a bajar la voz al acercarse, a tratar la mesa y los dos libros como si una disposición extraña hubiese adquirido autoridad por ocupar el centro.

Desplaza el cajón para devolverles el paso.

Quien transporta un bulto no puede adivinar por dónde se permite ahora llevarlo.

La cámara queda un poco a un lado, dirigida hacia la pared.

Gabriel comprueba el encuadre, se aparta para mirar sin el aparato y vuelve a inclinarse.

Dentro de la claridad hay una figura que pierde consistencia cuando la busca demasiado deprisa: el cuerpo, el levantamiento de una pata, la cabeza hacia la derecha, otros trazos que se confunden con los bordes de luz.

Tiene unos treinta centímetros. Fuera quedan las dos picaduras de la cal.

Le interesa conservarlas porque permanecen cuando la figura se mueve y le permitirán reconocer el mismo lugar.

No intenta llenar toda la fotografía con el animal.

Abre la libreta en una página limpia. Escribe un uno y debajo reserva tres renglones.

El empleado le ha recomendado probar exposiciones próximas con la película lenta y el filtro colocado ante el objetivo; ha medido la luz y repasado las indicaciones, pero lo que tiene delante no es la jarra que fotografió la tarde anterior para aprender a enfocar.

Al mirar el disco no sabe cuánta claridad acabarán recibiendo las diferencias más débiles del muro.

Dos segundos, cuatro, ocho. Mantiene el diafragma en ocho y cambia la duración.

Antes de la primera toma apoya una mano sobre el libro superior para corregir el ángulo.

El papel que sirve de cuña cede. Retira los dedos y la figura vuelve a estar quieta, aunque algo más alta; debería comprobar otra vez el encuadre, pero teme que el sol se retire detrás del tejado y empieza.

Cuenta mientras mantiene accionado el cable.

El sonido de un carro que entra en el almacén atraviesa la primera cuenta; en la segunda oye los números que él mismo está diciendo, demasiado fuertes.

Para la tercera se los dice por dentro. Entre una exposición y otra avanza la película y anota.

Le agrada que esa parte del trabajo tenga un orden que no depende de ver mejor.

Al terminar descubre que una pata del trípode ha quedado sobre un fragmento suelto.

La mueve y el fragmento se rompe. Sobre la cal la figura no ha cambiado, pero él ya no confía en los tres renglones escritos con tanto cuidado.

Se sienta un momento, no para descansar, sino porque siente ganas de empezar de nuevo antes de comprender qué ha hecho mal.

La prisa le resulta desproporcionada. Ha esperado años para llegar hasta ese objeto y ahora le cuesta conceder unos minutos a un pedazo de ladrillo.

Trae una baldosa entera del cuarto de los embalajes.

Limpia el suelo, asienta las tres patas y comprueba los cierres.

Uno necesita otra vuelta. La tuerca no se ha gastado de manera uniforme; hay un punto en el que parece apretada y otro, después, en el que vuelve a admitir movimiento.

Gabriel lo reconoce con una satisfacción casi doméstica, la de encontrar una resistencia que sus manos saben resolver.

Cerca del sumidero la escoba ha caído. La recoge antes de volver a la libreta.

Escribe un dos. El reloj señala las once cuando empieza la nueva serie.

El espejo queda a ochenta centímetros, como antes; ha corregido la inclinación para seguir la entrada del sol, sin cambiar de sitio la mesa.

La primera exposición es breve. Durante la siguiente, los cuatro segundos mantienen abierto algo que él no ve desde donde está: el animal permanece en la pared, pero Gabriel mira el reloj, escucha el almacén, nota el sudor que baja por dentro del cuello y tiene que confiar en la colocación que acaba de comprobar.

No mejora la imagen por atenderla con más fuerza.

Suelta el cable, anota y prepara la tercera.

Cuando acaba, una hoja cae junto a la pata del trípode.

Permanece curvada, con el pecíolo hacia arriba, y se desplaza dos veces antes de quedar en un charco antiguo.

Gabriel empieza a recoger por el instrumento prestado.

Cierra la máquina, guarda el cable, saca el espejo de entre los libros y descubre que estos han conservado el calor del patio en las cubiertas.

Dentro, las cuentas de la semana no han cambiado.

Se queda mirando un recibo usado como señal antes de recordar por qué lo había dejado allí.

En la rue Pasteur la sombra de los árboles llega hasta los escaparates por tramos.

Entre uno y otro, el pavimento recibe una claridad que obliga a entornar los ojos; bajo las ramas, los vehículos detenidos parecen más oscuros de lo que son y el vidrio de las tiendas mezcla sus contornos con las caras de los retratos expuestos.

Gabriel pasa ante una pareja fotografiada de pie.

Ambos miran hacia un punto situado por encima del hombro de quien los contempla.

La mano del hombre descansa en un mueble que no tiene sitio en el encuadre.

Al otro lado del cristal hay un niño sentado muy recto, con un pie que aún no alcanza el suelo.

El laboratorio ocupa el fondo de la tienda.

Desde el mostrador se distingue una cortina y, debajo, los zapatos de alguien que trabaja sin salir.

El hombre que le prestó la cámara examina primero el cierre, después la lente; se sirve del recibo para ir tachando lo que Gabriel devuelve.

No pregunta qué ha fotografiado. Quiere saber si necesita ampliaciones y cuándo pasará a recogerlas.

Gabriel pide ver antes los negativos. Dos días.

Anota el jueves en la libreta, en el espacio inferior que había reservado para los gastos.