El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Desalación #2
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Desalación #2

La casa de Đa Kao la ha alquilado pocas semanas antes de conocerla.

Al firmar, había calculado cuánto ahorraría reuniendo en un lugar los papeles, las muestras secas y su habitación, aunque la cuenta dejaba sin explicar el jardín, dos estancias que no necesitaba y el cuidado con que preguntó si las ventanas podían abrirse.

No ha comprado todos los muebles. En el comedor una mesa demasiado pequeña ocupa el centro del dibujo de las baldosas; junto a la pared ha colocado las sillas sobrantes del almacén, y en un cuarto donde podría dormir otra persona se acumulan cajas de papel, catálogos y dos mapas que no ha colgado.

Hélène va por primera vez para trabajar con los lotes que ya están listos.

Antes de entrar, se detiene a comprobar el número de la casa contra el que lleva escrito.

Desde la puerta, el suelo conduce la vista hacia el patio por una sucesión de dibujos que solo se interrumpe donde una reparación sustituyó cuatro baldosas por cemento.

El ventilador mantiene en movimiento el aire de la sala, pero no consigue alcanzar el rincón donde esperan las cajas.

Las persianas de lamas están echadas. Entre una estancia y otra cambia la temperatura del piso, y Gabriel, que se ha quitado el calzado al volver del jardín, descubre que empieza a escoger el recorrido por ese motivo: bordea la mesa, cruza una franja todavía fresca, evita el umbral que ha recibido el sol y se queda junto al hueco de la puerta mientras Hélène distribuye sus papeles.

Nunca había tenido sitio para distinguir tantas formas de estar dentro de una casa.

Ella le pide que traiga una lámpara. Los lotes necesitan números antes de la descripción, porque cambiar una atribución no debe obligarlos a perder de vista el objeto.

Ha preparado un cuadernillo a máquina y deja la segunda copia bajo el carbón.

Al equivocarse en una medida, corrige ambas; al faltar una pieza, deja libre el número y anota la ausencia.

Gabriel le ofrece café. Hélène acepta sin interrumpir la cuenta y, cuando él vuelve, encuentra en la página el lugar que le corresponde a cada cosa que ha ido trayendo del cuarto de al lado.

A finales de noviembre una lluvia los obliga a cerrar las puertas del patio antes de terminar.

Gabriel se levanta al oír los primeros golpes, pero el agua ya ha cruzado el umbral cuando consigue apartar una caja.

Hélène pone los papeles sobre la mesa. Lo ayuda a recoger lo que ha quedado en el suelo y después se detiene, con una carpeta en cada mano, mientras él busca un lugar que no esté ocupado.

La casa, tan grande a la hora de pagar el alquiler, se ha llenado de pronto con dos personas que necesitan salvar unas cuantas hojas.

El chubasco borra la distancia hasta la pared del fondo.

Desde la sala todavía se distinguen los tiestos más próximos, la boca del canalón y el agua que rebasa un borde de cemento, pero el jardín se convierte por momentos en una continuidad móvil donde las hojas dejan de tener forma propia; cuando afloja un poco, reaparecen un tronco, una rama inclinada, la línea del sendero, y Gabriel descubre que ha estado esperando la vuelta de esas cosas con una atención desproporcionada, como si la casa que acaba de alquilar pudiera volverse extraña entre dos golpes de lluvia.

Hélène ha recogido la franja mojada del suelo con un paño.

Ahora lo mira desde el otro lado de la mesa.

—Puede volver a dejar las cajas. No llega más.

Él conserva aún una entre los brazos. La baja, comprende tarde que ella se está riendo y empieza a reírse también.

Habían discutido media hora por una atribución, habían logrado distinguir dos lotes que un intermediario mezcló para aumentar el precio y, durante unos minutos, un canalón insuficiente ha impuesto a los dos una urgencia más sencilla.

Gabriel le ofrece llevarla cuando cese. Hélène contesta que puede esperar.

Se quedan en la sala, sin retomar enseguida el trabajo.

Ella habla de un catálogo que llegó a Saigón con casi un año de retraso y que aun así encontró comprador antes de que pudiera reunir el dinero para pagarlo.

Tuvo que pedirlo prestado, copiar descripciones y devolverlo con una mancha que no estaba cuando lo recibió.

Gabriel pregunta cuánto tiempo lo tuvo. Hélène no se acuerda.

Recuerda, en cambio, la hoja que faltaba y el enfado que sintió al descubrir que allí estaban precisamente las piezas que necesitaba comparar.

Gabriel no busca una conclusión. Escucha hasta que ella misma abandona el asunto.

Él le dice que le gustaría que se quedase después de terminar las fichas.

Al pronunciarlo advierte que acaba de concederle a una tarea el derecho de fijar la duración de algo que no pertenece al trabajo.

Hélène tarda en responder. Tiene marido, dice, y no va a fingir que él lo ignora.

Gabriel asiente. Podría prometer una discreción que todavía no sabe practicar o explicar que tampoco su vida es sencilla; le resulta difícil renunciar a una respuesta que lo favorezca, pero no encuentra ninguna que no reduzca lo que ella acaba de decir.

—Lo sé.

Hélène deja la carpeta en una silla. Se acerca hasta poder tomarle la mano y permanece allí antes de besarlo.

Gabriel no la atrae de inmediato; la indecisión de ese instante, en el que ambos podrían volver a la mesa, conserva para él una intensidad que después no sabrá separar de la lluvia.

Se besan otra vez. Cuando ella se aparta para apagar la lámpara, la habitación no queda oscura: detrás de las lamas persiste la tarde, y el patio sigue entrando en la casa por el sonido.

Hélène oye el agua cambiar de sitio en el tejado.

Se ha vuelto de lado sobre el diván, con la cabeza apoyada en el brazo, y ve desde allí el ángulo inferior de la mesa y una caja cuya etiqueta Gabriel no ha terminado de pegar.

La mitad suelta se levanta cada vez que el ventilador alcanza ese rincón.

Podría levantarse a corregirla. Durante buena parte de su vida ha descubierto algo que hacer en el momento preciso en que quedarse quieta le exigía una decisión, pero ahora prefiere mirar cómo el papel se alza y vuelve a caer, y aceptar que hay una tarea pendiente sin ofrecerse todavía a resolverla.

No había acudido a la casa con la intención de quedarse.

Tampoco puede decirse que nada lo anunciara: las visitas se habían prolongado, las discrepancias habían dejado de servirle como motivo para marcharse y, al escoger esa mañana qué catálogo llevar, había añadido otro que no necesitaban, sabiendo que encontraría una manera de abrirlo.

Recordar esos preparativos le quita la coartada de la sorpresa.

Le produce a la vez inquietud y una satisfacción que no intenta rebajar.

Deseaba estar allí. Al nombrárselo por fin no desaparece Bertrand ni se vuelve más fácil la vuelta a casa; sencillamente deja de atribuir al azar lo que acaba de hacer.

Gabriel le pregunta si tiene frío. Ella niega y vuelve la cara hacia la mesa.

Entre los lotes preparados hay seis cuencos terminados, enjuagados esa mañana en agua limpia, revisados y apartados de los baños de trabajo.

El recipiente que los contiene se ha quedado en la sala desde antes del chubasco; el termómetro, utilizado al comparar dos lecturas, marca veintiséis grados.

Hélène había pesado una de las piezas: doscientos diez gramos.

La cifra permanece en su hoja junto al diámetro, aunque aún no han convenido la estimación del conjunto.

—Tráigame el que tiene el círculo incompleto en el pie.

Gabriel lo seca antes de alcanzárselo. Ella lo sostiene un momento, apoya el borde exterior contra el dorso de su mano y vuelve a mirarlo.

Es una pieza íntegra, sin la fisura que obligó a retirar otra de la misma partida.

Al dejarla sobre la mesa observa que Gabriel está esperando una explicación.

Hélène se vuelve boca abajo y le pide que se la ponga en la espalda, donde pueda sostenerse sin rodar.

Él pregunta si está segura. La porcelana ya no pertenece al baño, dice ella; y si cae, puede atraparla sobre el diván.

El contacto la hace cambiar de posición.

La diferencia de temperatura es menor de lo que esperaba, pero dura más: nota un punto de apoyo y, al respirar, un desplazamiento que Gabriel corrige con dos dedos en el cuenco.

Le pide que lo deje solo. La pieza permanece.

Cuando él empieza a buscar otra, Hélène dice que no; una basta.

Esa limitación pequeña la tranquiliza. No tiene que aceptar la continuación de una cosa solo por haberla propuesto.

—Tres libras —dice Gabriel.

—Dos y diez chelines. A ese cliente.

Discuten el precio sin levantar la voz. Hay un defecto en el dibujo que Gabriel llama variación y ella considera razón suficiente para bajar la estimación.

Hélène no puede ver el cuenco mientras lo tiene encima; debe recordar la línea y reconocer que quizá está exagerando su importancia por no ceder después de haberla señalado.

Se lo pide. Él lo retira de inmediato. Al poder examinarlo otra vez, acepta tres libras para una venta suelta, pero no para el conjunto de seis.

Gabriel pregunta por qué cuesta menos decidirlo así.

—Porque todavía no ha venido el comprador.

Se ríe antes que él. La pieza queda al lado de la etiqueta levantada, y Hélène cierra los ojos un momento mientras la lluvia vuelve a apretar.

No necesita prolongar aquel juego ni convertirlo en un modo de conocerse.

Le interesa más la rapidez con que Gabriel ha obedecido cuando le pidió que retirase el cuenco, la falta de una pregunta que la obligara a justificar por qué había dejado de quererlo allí.