Desalación
Hélène sostiene el cuenco sobre la cuba antes de preguntar cuánto tiempo lleva en el agua.
Gabriel iba a decirle de dónde procede, pero ella repite la pregunta y él busca la ficha.
Es la primera vez que viene al almacén. Ha dejado su cartera sobre un cajón, lejos de las salpicaduras, y cuando recibe el papel no suelta la pieza: lo apoya junto a la cartera, gira el pie hacia la puerta y procura leer los signos sin que la sombra de su cabeza los cubra.
—La última agua, ¿cuándo la cambiaron?
Gabriel señala el renglón. Ella lo lee, comprueba que el número de la ficha corresponda al de la cuba y devuelve el cuenco a su soporte.
No ha empezado por el objeto que él quería mostrarle.
En la mesa hay una fuente grande que habría permitido una conversación más favorable, con el azul conservado bajo la cubierta y una escena central reconocible incluso desde la entrada; Hélène la ha visto al pasar, pero se ha detenido donde un trabajador examinaba el borde de uno de los recipientes, levantando el forro interior para averiguar por qué había bajado el nivel del agua.
Las doce cubas ocupan el lado menos luminoso del almacén.
El cinc, por fuera, conserva señales de golpes y un cerco distinto en cada una; dentro, las láminas de plástico evitan el contacto de las piezas con el metal, aunque en los pliegues se detenga una suciedad que obliga a vaciar, mirar y volver a colocar antes de llenar.
La disposición parecía suficiente cuando solo había que pasar entre ellas.
Ahora Gabriel debe ensanchar los corredores para que un hombre pueda agacharse sin golpear con el codo el recipiente vecino.
Hay tablas apoyadas contra la pared, soportes para las piezas y una mesa pequeña donde el aparato de lectura no recibe el agua de los trasvases.
Desde el patio entra claridad hasta la tercera cuba; las del fondo quedan separadas de ella por los hombres que trabajan y por las cajas que esperan embalaje.
El olor del agua parada se hace más perceptible al inclinarse.
No todas las cubas lo tienen en la misma medida.
Gabriel ha empezado a distinguirlas antes de ver sus números, un conocimiento que no anota porque aún le parece demasiado impreciso para pagar por él, y que sin embargo lo ha hecho ordenar un cambio antes de la fecha prevista.
En la ficha figuran la temperatura, la lectura del agua nueva y la del baño retirado.
El operario lleva dos muestras a la mesa, deja que se igualen las condiciones y aguarda a que la aguja se estabilice; después llama a Gabriel para que compruebe un valor que no corresponde al descenso de las semanas anteriores.
Repiten la medición. Una cifra baja, por sí sola, no les permite sacar nada.
Estas piezas no proceden todas de las campañas que Gabriel hizo con Ismail.
Desde que se instaló en Saigón compra lotes a quienes siguen trabajando en las islas, recibe partidas que ya han pasado por un almacén de Manila y rechaza otras cuyo estado no puede juzgar por la fotografía.
Entre el hombre que las encuentra y el que se las ofrece se interponen nombres que no siempre consigue recuperar.
Lo que le parecía tolerable cuando vendía sus propios hallazgos empieza a molestarle al tener que creer a otros.
Descubre que ha reservado para sí una indulgencia que no concede fácilmente a quien llega con una caja.
Hélène vuelve a la mesa. En el cuenco seco que toma ahora, una uña se detiene junto a una pérdida del borde; no insiste, pasa a mirar el pie y luego inclina la pieza para comparar el azul con la zona donde el esmalte se ha desprendido.
Gabriel conoce ese movimiento. Lo ha hecho muchas veces ante compradores que no atendían a lo mismo que él.
En sus manos, sin embargo, la demora tiene otra distribución: ella no contempla primero lo que podría elevar el precio y después el daño, sino que permite que cada observación modifique la anterior, sin buscar aún una frase con la que venderla.
—La marca dice Qianlong —advierte él.
—La marca dice eso.
Le enseña una fotografía de otro cuenco en un catálogo inglés.
El signo del pie se parece, pero el dibujo y la hechura no.
Hélène coloca la página cerca, sin apoyar la pieza sobre ella, y le señala la diferencia que a Gabriel le habría resultado más cómodo no ver.
No descarta la antigüedad del cuenco; tampoco la acepta porque alguien la haya escrito debajo.
Al darle una estimación en libras separa el precio de esa pieza del de una compañera que conserva mejor el borde.
Él había pedido por las dos la misma cantidad.
—Se parecen bastante.
—Por eso se venderán juntas. No por eso valen lo mismo.
Se llama Hélène Lefèvre, aunque en la primera carta que le envió a Gabriel figuraba también Duclos entre paréntesis, como una precisión que todavía consideraba útil.
Tiene treinta años. Nació en Hanói y pasó parte de su juventud en Saigón; cuando menciona el Lycée Marie Curie lo hace para situar a una antigua compañera que le presta publicaciones atrasadas, no para explicarle quién es.
Su marido, Bertrand, trabaja en el banco.
Gabriel conoce esos datos por el intermediario que los presentó.
Hélène ha dicho que Bertrand trabajó antes en asuntos de cambios.
El apellido, unido a ese empleo, le trae la sala del Grand Monde, los billetes y la voz de un hombre que no necesitaba mirarlo para disponer de su trabajo.
Ella le pregunta por un transporte. Gabriel vuelve a escucharla; todavía no ha averiguado cuánto de aquel pasado conoce.
Hélène trabaja por comisión. Quiere conocer el mínimo que él aceptaría, los gastos que pueden deducirse y el número de piezas que no deben salir hasta terminar los baños.
Escribe las condiciones en una hoja y le deja espacio para cambiarlas.
Gabriel encuentra excesivo uno de los porcentajes; ella le pregunta qué parte del trabajo piensa hacer por su cuenta.
Él enumera dos tareas. Hélène las retira de su relación y recalcula.
La facilidad con que acepta la reducción lo desconcierta más que una negativa.
No parece necesitar demostrarle que es indispensable.
La primera disputa llega con una copia de la factura de 1962. Gabriel la ha sacado para explicar una liquidación de Hong Kong. Hélène lee old stock , pide un lápiz y espera a que él le diga si puede escribir sobre la hoja.
—Es una copia —responde.
Ella tacha las dos palabras y anota que se trata de porcelana recuperada del mar en aguas filipinas.
No añade un nombre de barco. Gabriel procura explicarle que esa descripción fue puesta por la casa comisionista, que él necesitaba vender, que hubo una retención y que, sin cobrar, no podía continuar la temporada; al ordenar los motivos encuentra exactamente las mismas razones que aceptó cuatro años atrás, solo que ahora tiene delante a alguien capaz de preguntar por el espacio que esas razones dejaron vacío.
—¿Sabía que no eran existencias de un almacén? —dice ella.
—Claro.
—Entonces podía pedir que lo cambiaran.
Gabriel retira de la mesa un recibo que no guarda relación con aquello.
Le irrita que una mujer que no estuvo en la embarcación pueda resumir su dificultad con tanta rapidez.
Había cuentas de Ismail, jornales, piezas que se rompían después de haber pagado por sacarlas; querría disponer todos esos hechos delante de Hélène, no para que ella los comprendiera, sino para que dejara de hablar durante el tiempo necesario para leerlos.
Le lleva unos segundos reconocer ese propósito. Vuelve a poner el recibo donde estaba.
—A usted le sirve para vender —dice, señalando lo que ella ha escrito.
—Sí. Y a usted lo otro le sirve para esconderse.
La franqueza no acaba la conversación. Hélène le pregunta si conserva las fechas de recuperación y si puede distinguir las piezas de sus propias campañas de las compradas después.
Quiere vender lo que pueda sostener, dice, y no una fecha, un barco o una historia que deba corregir cuando el objeto ya esté en Londres.
Gabriel busca el segundo hule. Al abrirlo aparecen los nombres de los buzos, las entradas de combustible y una cuenta que lleva a Ismail por un camino más corto que cualquier explicación que él hubiese preparado.
Deja el libro abierto. Hélène acerca su silla y empieza a separar los lotes.
Vuelve tres días después. La fuente grande sigue sin estimación.
Gabriel la ha apartado para obligarla a preguntar por ella, una maniobra tan pequeña que cuando Hélène pregunta por otra cosa le da vergüenza haberla calculado.
Trabajan hasta el mediodía. A ella le faltan una regla más larga y una fotografía legible del reverso de un plato; a él le faltan dos facturas.
Durante una hora ninguno puede reprochar al otro la demora sin tener que explicar la suya.
Hélène acaba riéndose de una suma que los dos han dado por buena y que no lo era.
Gabriel vuelve a hacerla. Luego coloca el resultado bajo la lámpara, dispuesto a desconfiar también de ese.
Empieza a esperarla. Lo advierte una mañana en que ha ordenado la mesa antes de atender a un comprador, y el hombre agradece un despeje que no estaba destinado a él.
La anticipación le resulta agradable mientras puede confundirla con el trabajo.
Cuando suena la puerta, levanta la cabeza demasiado pronto; si ella se retrasa, termina otra tarea y vuelve a comprobar una cifra que ya conoce.
No había previsto que una relación estable de negocios pudiera restituirle esa vulnerabilidad de los horarios, la diferencia entre una mañana corriente y otra en la que alguien ha dicho que vendrá.