Fletamento por tiempo #2
Ignacio se levanta, acerca la silla para facilitarle el paso y espera a que el camarero quite un servicio sobrante.
Gabriel reconoce el nombre de la tarjeta, no una cara.
El hombre que tiene delante es algo más joven que él, posee una manera sobria de ofrecer la mano y pregunta de inmediato si la agencia ha cumplido lo convenido en junio.
No pregunta por la cantidad de dinero, sino por el plazo.
Gabriel responde que el segundo lote llegó tarde.
—Lo sé. Nos cobraron la espera por adelantado. Debimos avisarle antes.
La disculpa acaba ahí. Tampoco dice que aquellos días todo el mundo sufriera retrasos.
Gabriel había traído consigo una prevención cuya forma advierte solo ahora, al no encontrar enseguida dónde apoyarla; la conserva, pero tiene que escuchar al hombre que está cenando con él, no al que le habría resultado más sencillo reconocer.
El restaurante ocupa la planta baja de una casa profunda.
Las mesas cercanas a la entrada reciben la luz de los automóviles cada vez que se abre la puerta; en el fondo, donde están ellos, el aire ha perdido casi todo movimiento y la claridad procede de unas lámparas bajas que dejan el techo en penumbra.
Detrás de Ignacio se abre un patio estrecho, con una pila y macetas colocadas sobre ladrillos para apartarlas del agua.
Ha llovido durante la tarde. Las hojas siguen descargando gotas desiguales, algunas gruesas, otras tan breves que Gabriel solo advierte su caída cuando cambia el reflejo en el borde de la pila.
La cocina comunica con aquel patio por un pasadizo; de allí salen camareros que tienen que girar el cuerpo para pasar entre la última mesa y el marco de la puerta.
Cada vez que uno lo hace, Gabriel recoge un poco el codo.
Vĩnh pide demasiado. Describe un pescado con tal detenimiento que Ignacio acaba consultando la carta para saber si están hablando del plato o de la compra de una embarcación.
Sonríe al darse cuenta de su error y el comisionista se ríe con él.
Gabriel, que empieza a tener hambre, acepta el pescado y rechaza un segundo entrante.
Sobre el mantel van quedando tres vasos húmedos, una botella, el pequeño plato donde Ignacio deja la espina que acaba de sacar con cuidado.
Durante un rato pueden comer sin producir una decisión.
Gabriel agradece la ocupación de las manos y, cuando el camarero cambia los platos, experimenta una resistencia absurda a la limpieza inmediata de la mesa: lo que él había ido distribuyendo junto al cubierto desaparece y hay que empezar de nuevo.
—Su compañía trabaja desde Madrid —dice.
—La administración. La sociedad que contrata aquí está en Panamá.
—¿El nombre viene de su familia?
Ignacio asiente. Vĩnh se adelanta a explicar que es una casa antigua, con negocios de otra época en Filipinas.
Le gusta atribuir antigüedad a todo lo que presenta.
Gabriel espera a que el español precise algo; Ignacio acaba de pedir agua y, antes de volver a hablar, comprueba que hayan entendido la petición.
—Mi abuelo tuvo intereses en Manila. Después cambiaron las sociedades. En casa se sigue hablando de ellas como si fueran una sola.
—¿También se llamaba Ignacio?
—Carlos.
El camarero deja el agua en el centro. Gabriel acerca su vaso, da las gracias y deja pasar una pregunta de Vĩnh acerca del volumen de su próximo envío.
Carlos, la familia de Silva, Manila: los elementos se aproximan a lo que conserva de aquellas lecturas, pero todavía hay intervalos que ningún apellido resuelve.
El cuaderno de José no hablaba de este hombre.
Gabriel no puede atribuir a un rostro que acaba de conocer los actos de otro ni valerse de una cena para completar todos los años que le faltan; puede, sin embargo, recordar que una casa conserva capital, correspondencia, objetos, costumbres al decir nosotros, y que la ignorancia del heredero, si de veras ignora, no hace desaparecer aquello que ha recibido.
Le inquieta comprobar cuánto desea que la relación sea cierta.
Esa impaciencia podría volverlo tan negligente con las pruebas como los hombres a quienes lleva años buscando.
—Perdone —dice—. ¿Qué me preguntaba?
Vĩnh repite la pregunta. Gabriel da el número de cajas de un envío pendiente. Ignacio saca de su cartera una tarjeta como la que Gabriel guarda desde junio y hace una cuenta en el reverso: viajes, espacio, temporada. Deja el resultado cerca del plato de Gabriel para que pueda verlo.
—Con ese volumen, quizá le convenga agrupar.
Gabriel reconoce la operación. Si aquel lote fuese todo su comercio, el consejo sería bueno.
Hay otros agentes, otras salidas, ventas que no pasan por Saigón; Ignacio ha tomado una cantidad verdadera por la medida de un negocio entero.
Gabriel no lo corrige. Años atrás habría sentido la necesidad de demostrar que movía más, de recuperar con una cifra la consideración que atribuía a los demás; ahora le conviene que la estimación quede pequeña, y ese provecho no impide que una parte de él siga resentida por haber sido medido deprisa.
—No puedo esperar a reunirlo todo.
Hablan de almacenes y plazos, de cajas dañadas antes de llegar al costado del buque, del momento en que una recepción se firma sin abrir lo recibido.
Ignacio escucha las objeciones y vuelve al cálculo.
Tiene una uña ligeramente partida; la pasa por el borde de la tarjeta antes de escribir la cifra nueva.
Gabriel demora su conformidad. Busca otro reparo que permita continuar aquel trato, retener al español dentro de una conversación cuyo objeto puede discutir sin revelar por qué necesita que dure, y siente una vergüenza leve al encontrar una objeción verdadera que está a punto de emplear con ese propósito.
Se trata de la descarga. La plantea. Ignacio apoya de nuevo el lápiz en el papel.
Vĩnh propone café. Gabriel lo acepta. Podría mencionar una pieza de bronce, preguntar por los objetos que la familia guardaba antes de la guerra, tantear cuánto recuerda el español de una casa española que él no ha visto.
La ocasión es pobre: hay un comisionista dispuesto a convertir cualquier interés en una oferta, un camarero que espera la respuesta sobre el café y, sobre todo, demasiado deseo de hacer una pregunta cuyo alcance no sabría reducir después. Mantiene la conversación en la tarifa.
Ignacio recoge la tarjeta con la cuenta y se la ofrece.
Han tachado la cifra inicial; la segunda lleva un plazo de validez.
Gabriel la guarda. Cuando Vĩnh pide otra botella, él mira la hora y dice que debe levantarse temprano.
Ignacio tampoco quiere beber más. El comisionista finge sentirse abandonado, pero es el primero que busca sus gafas para comprobar la cuenta.
Al salir, el aire de la calle le resulta a Gabriel menos espeso que el del comedor.
Desde una bocacalle se ve una luz de trabajo moviéndose sobre una cubierta; el hombre que la lleva desaparece detrás de la carga y el resplandor permanece un momento suspendido en el borde de un bulto.
Ignacio se despide porque aún tiene que pasar por la oficina.
Vĩnh intenta ofrecerle coche a ambos. Gabriel prefiere caminar un trecho.
Se aparta de la puerta para dejar entrar a dos personas y, antes de echar a andar, vuelve a palpar la tarjeta dentro del bolsillo, allí donde la cuenta comercial ha quedado escrita al dorso de un nombre que ya conoce.
SILVA SHIPPING (PANAMÁ)
Oficina de Saigón. 8 de noviembre de 1966.
Ref.: SGN/7/66.
Asunto: Fletamento por tiempo. Confirmación.
Señores del Consejo:
1. Recibida su conformidad a las condiciones revisadas. Remito ejemplar del contrato y anexo de gastos. Rogamos que ambos documentos permanezcan unidos; las cifras del segundo no pueden interpretarse al margen de las exclusiones del primero. La copia de trabajo queda en esta oficina.
2. La dotación filipina propuesta ha sido aceptada para este servicio conforme a la relación presentada.
Se comunicarán las sustituciones. Los anticipos de salarios y los gastos de incorporación se registrarán por separado.
No procede deducirlos dos veces, como ocurre en la última hoja enviada por Manila.
3. La tarifa corre durante las esperas ordinarias previstas en el contrato.
No correrá cuando proceda suspender el devengo por causa imputable a la aptitud del buque o a la suficiencia de su dotación, según las cláusulas adjuntas.
Hemos convenido liquidación quincenal. Los quince días que Madrid emplee en comprobar una cuenta no se añaden al vencimiento: solicito que designen a una persona capaz de resolver las diferencias sin devolver el expediente entero.
4. Se autoriza a la oficina a organizar los servicios de agencia y gabarraje necesarios, sujetos a presupuesto y justificante de recepción. Mantendremos una relación diaria de las operaciones; el hecho de que el buque aguarde no permite omitir la fecha de aquello que sí se ha hecho.
Queda firmado con el Military Sea Transportation Service el fletamento por tiempo de doce meses. Las primas adicionales por riesgo de guerra serán reembolsadas por el Gobierno de los Estados Unidos, conforme al anexo; el seguro ordinario sigue a cargo de la sociedad.
Les saluda atentamente,
Ignacio de Silva Arizmendi.
Registro de entrada. Madrid, 17 de noviembre de 1966.
[Lápiz rojo bajo «reembolsadas por el Gobierno de los Estados Unidos». En el margen: «Comprobar exclusiones».]