El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Fletamento por tiempo
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Fletamento por tiempo

SILVA SHIPPING (PANAMÁ)

Asunto: Instalación y previsión de servicio.

Señores del Consejo:

Les saluda atentamente,

Ignacio de Silva Arizmendi.

Copia: Saigón. Original por correo aéreo.

El ventilador próximo al balcón baja y sube un borde del papel cebolla.

Gabriel lo observa desde la silla donde le han pedido que espere; sobre la copia han colocado una regla de madera, insuficiente para contener la esquina que se levanta, se curva y vuelve a caer con un susurro apenas perceptible entre los golpes del télex.

La máquina ocupa una mesa propia. Cada vez que empieza a trabajar, el empleado que está sumando se detiene, deja un dedo en la columna y vuelve la cabeza.

Gabriel ha conocido talleres menos atentos a la voz de sus motores.

Es 23 de junio. Lleva una relación de cajas y las medidas de tres lotes que deben reunirse antes del viaje a Hong Kong.

Su comisionista le ha recomendado la agencia nueva: por ahora desean clientes.

En el vestíbulo, junto a las huellas que las patas de los muebles han dejado en un suelo recién lavado, hay una caja con formularios que todavía no han pasado al archivador.

La pintura de la pared conserva el rectángulo de un armario anterior; más arriba, el polvo dibuja la posición abandonada de dos cuadros, y entre esas marcas de una ocupación que nadie se ha molestado en borrar han fijado el plano de la costa, una hoja de gran tamaño con seis recuadros relativos a las obras portuarias de RMK-brJ y correcciones a lápiz cuyo sentido Gabriel no conoce.

Reconoce Saigón, Vũng Tàu, la disposición general del litoral.

Donde el plano termina, una línea de humedad baja hasta el zócalo.

La secretaria se llama Lan; él lo ha oído cuando el hombre de las sumas le ha pedido un recibo.

Levanta la regla para buscar una referencia.

Junto a la copia hay un pliego de papel de hilo, más grueso, con el membrete limpio y todavía sin doblar; la sociedad gasta en los originales una firmeza que no concede a lo que permanece en la oficina.

Lan lleva un lápiz detrás de la oreja y se lo quita cada vez que alguien necesita prestado otro, como si hubiera aceptado de antemano que su trabajo incluyera perder de vista el instrumento.

Al devolverlo, Gabriel tiene el cuidado de dejarlo sobre el cuaderno abierto y no entre sus propios papeles.

Ella le pregunta si la factura irá a la casa de Hong Kong o a su nombre.

—A la casa.

Lan escribe. Él podría dejar ahí la conversación, pero quiere saber quién ha escogido el nombre que aparece en el membrete.

—¿Silva es el propietario?

—El señor de Silva está en el puerto. Si necesita verlo, vuelva por la tarde.

No necesita verlo. Esa es la respuesta que ha preparado antes de que ella termine, y le parece demasiado rápida, como si la urgencia de negar delatara una solicitud más importante que la que acaba de hacer.

Pide, en cambio, una tarjeta. Lan busca en el cajón y le entrega una que no lleva dirección particular: Ignacio de Silva Arizmendi; debajo, la sociedad, el teléfono y la oficina.

Gabriel la guarda con la relación de cajas.

No ha visto antes ese nombre entero. Silva puede pertenecer a otros hombres, a otras familias, a socios que no figuran en una razón comercial; aun así, el orden de sus preguntas ha cambiado desde que lo leyó en la puerta.

Mientras esperan el regreso del encargado, Gabriel se acerca al balcón.

Desde allí ve un tramo de calle y, entre dos edificios, una porción del río que los tejados reducen a una superficie sin orilla.

Una gabarra cruza el hueco muy despacio: primero aparece la proa, luego un hombre agachado junto a una pila de tablones, después una caseta cuyas ventanas son oscuras; durante unos segundos la carga tapa el agua y Gabriel tiene que esperar a que pase la popa para recuperar aquella franja que parecía inmóvil.

Más cerca, un vendedor protege con un toldo bajo sus recipientes de comida.

El vapor queda sujeto un instante debajo de la tela y sale hacia la calzada cuando un automóvil pasa demasiado cerca.

Hay conductores esperando, un muchacho que lleva una pieza de hielo entre arpillera, dos mujeres detenidas ante una bicicleta averiada.

Gabriel desearía quedarse mirando hasta averiguar cómo termina cada pequeña demora.

Se acuerda de las embarcaciones que veía de joven desde mucho más abajo, de los costados que le quitaban la vista del muelle y de la voz con que su padre nombraba una pieza antes de pedirle que la alcanzara.

Esa voz no ha envejecido. La suya, al responder en la oficina, suena paciente, casi descansada; tiene una dirección donde recibir la factura, dinero que puede comprometer sin contarlo allí y un apellido materno que los otros pronuncian con la facilidad de quien no necesita pedir explicaciones.

Nada de eso le permite saber qué habría dicho Sixto al verlo esperar una cotización junto a un balcón.

A Gabriel le gustaría imaginar una aprobación, pero el recuerdo que llega es el de una corrección del trabajo: el padre volviendo a aflojar lo que él había apretado antes de tiempo.

Lan le pregunta si puede cerrar. El resplandor le impide leer la copia.

Gabriel se aparta y ayuda a arrimar una de las hojas del balcón, cuyo borde ha empezado a hincharse; tienen que alzarla un poco para que encaje.

Al volver a la mesa encuentra la cotización.

Hay cargos de recogida, almacenaje, embarque y transbordo; la suma de esos renglones es mayor que la cifra que el comisionista le anunció de palabra.

No protesta por la diferencia completa. Pide que separen la recogida de los tres lotes, porque uno llegará al muelle por su cuenta, y que no calculen el espacio de bodega antes de verificar las medidas.

El encargado aparece con la camisa oscurecida bajo los brazos.

Revisa la cuenta y borra dos cifras. Gabriel le pregunta dónde guardarán la porcelana mientras aguarda el embarque.

El hombre señala una dirección en la lista de agentes de Manila y Hong Kong, se corrige, saca otro papel.

Gabriel espera. Le molesta menos aquella confusión reconocida que una respuesta inmediata que no pudiera comprobar.

Antes de irse, exige que anoten el tiempo durante el cual se mantendrá la oferta.

El encargado escribe una fecha y la rodea con un trazo.

Así tienen algo sobre lo que volver a discutir.

En la escalera, Gabriel se detiene para guardar la tarjeta en otro bolsillo: la humedad de la carpeta ha empezado a ablandar los cantos de las hojas.

Después baja hasta la calle, donde el muchacho del hielo ya no está.

SILVA SHIPPING (PANAMÁ)

Oficina de Saigón. 27 de septiembre de 1966.

Ref.: SGN/4/66.

Asunto: Personal y relación institucional.

Señores del Consejo:

1. El equipo sanitario español llegado este mes trabaja en Gò Công.

Lo componen doce hombres y su cometido es médico.

No debe confundirse su presencia con una representación comercial facultada para atender nuestros asuntos.

He hecho llegar una carta de presentación y un ofrecimiento de transporte para envíos que puedan acomodarse en nuestros servicios ordinarios.

Cualquier gasto se presupuestará antes; no se cargará a una cuenta indeterminada de relaciones.

2. Por conducto de un comerciante que suministra al hospital hemos conocido a dos intérpretes civiles.

Solo uno solicita empleo; el segundo desea conservar sus encargos actuales.

No procede hacer constar a ambos en plantilla, como aparece en el borrador que me devuelven.

El candidato será entrevistado aquí y negociará aquí sus condiciones.

Si más adelante presta servicio a otro cliente, no habrá de pedirnos permiso fuera de las horas contratadas.

La relación institucional facilita una presentación; no nos proporciona empleados.

3. La agencia necesita un capataz que pueda entenderse con los patrones de las gabarras y registrar las entregas sin esperar al cierre de oficina.

Seguimos buscando. La recomendación recibida a través del mismo comerciante no exime de comprobar experiencia ni referencias.

Ruego que no anticipen una reducción de gastos de supervisión en la previsión de octubre.

Por el momento tengo que acudir personalmente a operaciones que en Madrid figuran como resueltas.

4. Prosigue la negociación del fletamento.

La oferta revisada conserva doce meses, tarifa diaria y pagos por quincenas; falta cerrar el alcance de los riesgos asumidos por el fletador.

He solicitado la documentación completa.

Una frase transmitida por teléfono no basta para eliminar la provisión del cuadro de gastos.

Les saluda atentamente,

Ignacio de Silva Arizmendi.

El comisionista llega a la cena con una mancha en el puño y una explicación que ninguno de los otros le ha pedido.

Se ha rozado con el coche; asegura que no es grasa, aunque no deja de examinarla bajo la lámpara.

Gabriel lo conoce desde hace meses. Se llama Vĩnh, cobra por conseguir compradores que no se contenten con mirar y, cuando una venta tarda, sabe hacer sentir a cada parte que es la otra quien necesita tiempo.

Aquella noche, el 8 de octubre, ha reservado una mesa para tres en un restaurante próximo al río. El español ya está sentado.

—Monsieur Lê —dice Vĩnh—. El señor de Silva.