El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Sucesión Hébrard #3
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Sucesión Hébrard #3

Sentado frente a la cal, busca el ángulo.

El primer resplandor pasa por encima de la pared, después aparece a un lado, deformado por una desigualdad del yeso.

Gabriel vuelve a inclinar el disco. Dentro de la claridad distingue algo más oscuro que no coincide con la mancha del muro.

Mueve la muñeca y lo pierde. Prueba de nuevo, acercando la silla, hasta que la luz queda a poco menos de un metro del espejo; entonces alcanza a separar un cuerpo, las patas recogidas en una posición que no pertenece a su propia mano, una cabeza vuelta hacia la derecha de quien mira la pared.

Permanece tan quieto que se le endurece el brazo.

Lo que ve tiene unos treinta centímetros, pero los bordes no acaban de decidirse: una franja clara acompaña a otra gris, se ensanchan al menor movimiento y dejan entre ambas una forma débil que podría borrar una nube.

No hay pelo que pueda contar ni escamas; al empeñarse en encontrar detalles pierde incluso el conjunto.

Es un animal. Un león, piensa después, con la cautela de quien reconoce en un metal corroído una pieza de máquina sin saber todavía si podrá hacerla funcionar.

Le tiembla la mano y el animal recorre la cal.

Retira un momento la vista de la pared para comparar la figura con la del mango.

Ha mantenido el mango abajo. Allí, en la montura, el animal se orienta hacia el otro lado; sobre la cal, la cabeza persiste a la derecha.

Más allá entrevé una forma vertical, ramificada, y algo que se repliega sin ofrecer un contorno que se atreva a nombrar.

Acerca la cara como si la pared guardase una impresión que pudiera examinarse de cerca, pero su sombra se interpone y la figura desaparece.

Retrocede despacio. La claridad vuelve a ocupar el hueco que ha dejado.

Apoya el disco entre los libros, protegiendo el borde con la tela.

La imagen se aquieta. Tiene que agacharse para corregir la inclinación y, al levantarse, la sombra de su hombro la corta.

Se aparta. Desde fuera llega una voz que pregunta dónde han dejado las cuerdas de embalar; Gabriel contesta sin volverse y aguarda a que se cierren los pasos en la galería.

Se ha irritado con una interrupción necesaria.

La irritación le resulta familiar y le ayuda a respirar con normalidad.

Mide primero la distancia a la pared, después la altura aproximada de la silueta.

Al alejar la silla, la forma crece y se deshace; al acercarla vuelve a contraerse, pierde extensión y gana algo que se parece a la firmeza.

Cubre media cara del espejo con un cartón.

Se altera el campo iluminado. Lo descubre, gira apenas el apoyo, repite el movimiento más despacio.

Cada comprobación reduce una posibilidad y deja otras intactas.

Anota sin intentar escribir una explicación completa.

Cuando la punta del lápiz se rompe, busca otra en la caja de herramientas en lugar de afilar aquella, incapaz de soportar la demora mínima de una tarea que sabe hacer.

Las fotografías esperan sobre un cajón, alejadas del sol.

Gabriel relee las frases donde había esperado encontrar una descripción.

Sigue sin haberla. La advertencia sobre la limpieza, aislada entre signos cuya lectura aún vacila, adquiere ahora una utilidad que no depende de que pueda demostrar la historia entera.

Mira el paño con el que iba a quitar la suciedad del borde.

Lo deja. Para averiguar si el pulimento mejoraría la imagen tendría que gastar una parte de la superficie que intenta entender, y ya ha visto demasiado esmalte desprenderse de una porcelana después de que alguien llamara suciedad a lo que no sabía conservar.

Querría que Sayer estuviera allí y se sorprende imaginándolo antes sano que vivo, capaz de acercarse sin pedir ayuda, de inclinar el espejo y despreciar su primera explicación.

Luego la figura que imagina recupera las manos enfermas.

Tendría que acercarle la silla, colocar los libros de otra manera, sostener la hoja a la distancia que pudiera leer.

Esa continuación imposible de una tarde de trabajo lo conmueve más que la aparición sobre la pared.

Se sienta en el borde del cajón y deja pasar un minuto.

El sol sigue moviéndose. Cuando vuelve al espejo, ha de corregir su inclinación.

Escribe para Consuelo unas líneas en las que por primera vez no oculta qué está tratando de encontrar.

Dice que ha comprado un espejo, que ha visto proyectarse una figura al sol y que aún no puede unirlo con seguridad al de sus cuadernos.

Promete enviarle una imagen cuando consiga fotografiar lo que aparece en la cal; de momento adjuntará la transcripción, con las dudas señaladas.

La carta no sustituye lo que ella le pidió acerca de su padre.

Gabriel lo sabe al empezar un segundo párrafo y dejarlo sin terminar.

No lo arranca. Dobla la hoja para continuar por la tarde.

En la libreta queda la medida de aquella mañana, junto a la indicación de la pared y el dibujo muy pobre que ha podido hacer del animal.

En la tienda, a pocas calles, la compra ha requerido bastante menos espacio.

Bajo la huella del vaso, la tinta antigua enumera lo que entró; a su derecha, con un azul distinto, la mano de abril ha despachado lo que sale:

1956 — Miroir de bronze, Japon, cadre argent et or, succession Hébrard.

Vendu — 1966.