El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Sucesión Hébrard #2
81%

Sucesión Hébrard #2

Durante ocho meses repite la vuelta cuando el trabajo se lo permite, casi siempre el mismo día de la semana.

La descripción que lleva consigo se vuelve más prudente a medida que aumenta el número de objetos que ha descartado: pregunta por bronce, por procedencia japonesa, por monturas añadidas; evita pronunciar la frase sobre lo que habría de mostrarse, porque no desea oírla repetida por un vendedor tres calles más abajo.

Tampoco sabe qué haría con una respuesta favorable.

A veces, de regreso al almacén, se reprocha haber reservado tantas horas para algo que podría no reconocer aunque lo tuviera delante, y en la mañana siguiente encuentra una razón comercial para pasar cerca de otra tienda.

En Chợ Lớn la búsqueda cambia de paso. Los establecimientos se prolongan hacia el fondo, detrás de una primera habitación en la que las cosas caras tienen espacio para parecerlo; Gabriel atraviesa puertas bajas, pasa junto a tinajas que obligan a recoger los codos y espera mientras alguien aparta un saco de la silla ofrecida.

En los patios se interrumpe la continuidad de los techos.

Cae allí una luz casi blanca, que descubre el polvo suspendido y deja oscuras las habitaciones de alrededor, de modo que al entrar en ellas hay que concederles unos instantes antes de distinguir una cara.

Las familias comen, discuten, ponen ropa a secar en los mismos lugares donde se almacena lo que otras familias han vendido.

Desde una escalera una niña pide que le devuelvan una caja vacía.

Nadie parece haberla oído hasta que baja a buscarla.

En una de las calles que desembocan en Đồng Khánh, una mujer le enseña las señales que deja una restauración bajo el borde de un plato.

No intenta venderle la pieza como intacta.

Pide más por otra y lo deja comparar sin interrumpirlo.

Gabriel acaba comprando dos cuencos para un cliente de Hong Kong; cuando pregunta por espejos, ella lo manda a una tienda donde han reunido parte del ajuar de una casa.

Le da una indicación basada en una puerta verde.

La puerta es azul, pero encuentra el lugar por el hombre que trabaja a su lado, sentado entre sillas sin asiento.

El espejo está en la trastienda, en abril, encima de una bandeja que contiene tiradores y piezas sueltas de una lámpara.

Gabriel tarda en verlo porque ha atendido primero a unos platos de azul y blanco, anunciados como bleu de Huế, que ocupan el centro de la mesa.

El comerciante ha ido a buscar un papel.

Al quedarse solo, Gabriel permite que la vista continúe por los objetos sin propósito de tasarlos: una pantalla abollada, dos pies de copa, la cara gris del disco, el mango que sobresale entre los brazos de latón.

No hay nada dispuesto para realzarlo. Tiene que retirar un tirador antes de levantarlo.

El peso se concentra de una forma que le exige corregir la posición del pulgar.

Encuentra plata bajo un dorado gastado, el cerquillo oscuro de cobre, la labor de concha en el reverso; una falta en la madreperla interrumpe el dibujo y permite ver que la superficie no fue concebida con aquel hueco.

El mango tiene una funda de plata y un hilo de oro que aún retiene claridad en las vueltas menos tocadas.

Bajo la cubierta dorada, cuyas pérdidas dejan ver algunos trazos oblicuos, distingue parte de un escudo, la corona y una pata alzada.

El león de la montura queda incompleto en los lugares donde la materia superpuesta le impide seguirlo; Gabriel pasa la uña por el aire, sin apoyarla, reuniendo las partes que puede ver.

No hay en las fotografías de los cuadernos una descripción que autorice a reconocerlo por ese adorno.

Podría comprarlo y descubrir después que ha elegido una semejanza inventada por su deseo.

Lo vuelve. Su cara apenas consigue reunirse en el metal: una mancha clara por la frente, la sombra de la nariz, el ojo que aparece al inclinarlo y se pierde cuando intenta hacer aparecer el otro.

No lo acerca a la ventana. El comerciante regresa con una factura de los platos y le pregunta si también quiere llevarse aquello.

—¿De dónde salió?

El hombre señala hacia la parte delantera de la tienda.

Gabriel cree por un momento que va a llamar a alguien, pero solo busca un libro.

Lo abre con las dos palmas, venciendo la resistencia del lomo reforzado con esparadrapo.

Las páginas de papel grueso están pautadas; el canto se ha abarquillado y una huella circular atraviesa varias columnas sin respetar sus divisiones.

El hombre humedece un dedo y vuelve atrás.

No recuerda el año. Al encontrarlo, sostiene la hoja por una esquina para que no se cierre.

Gabriel lee la entrada de 1956. El nombre Hébrard aparece unido a una sucesión, sin dirección de la casa ni relación de herederos.

Diez años. Hace una década él movía sacos de arroz y esperaba que una revisión corrigiera la anterior; este objeto estaba aquí o, por lo menos, había entrado entonces en este libro, mezclado con mercancías cuyo destino cabía en una columna.

Le molesta sentir que los dos tiempos han corrido tan cerca sin tocarse.

Inclina la cabeza para leer de nuevo y advierte que el comerciante observa, sobre todo, el punto donde sus dedos sujetan el marco.

—La plata está entera —dice el hombre.

Gabriel señala el dorado perdido. Se ponen a discutir el precio.

El vendedor quiere cobrar la montura; Gabriel insiste en el estado de la cara.

Ninguno dice que la montura pueda separarse ni que el disco parezca inútil para afeitarse, aunque ambas posibilidades están presentes en la manera de volver la pieza, de buscar una zona de color intacto, de apoyar sobre la mesa aquello cuyo peso todavía no han convenido en estimar.

La balanza obliga a retirar una pila de papeles.

Gabriel ve oscilar el platillo y piensa en la cantidad de trabajo que ha tenido que pagar para sacar del fondo del mar objetos más fáciles de vender que este.

Tiene dinero para comprarlo. Esa certeza lo vuelve menos paciente y debe corregirse antes de aceptar demasiado pronto.

El comerciante baja una vez. Gabriel sube otra.

Se quedan separados por una cantidad que ninguno necesita explicar, y al final el hombre dice que por ese precio debe llevárselo como está.

Gabriel asiente. Rechaza la oferta de hacerlo brillar.

Cuenta el dinero, espera a que lo cuenten de nuevo y envuelve el espejo en la tela que le dan.

No le piden nombre. Mientras el vendedor anota la salida, él copia en su libreta la línea antigua, con la fecha y la procedencia que el libro atribuye al objeto. No añade ninguna anterior.

El patio del almacén tiene una pared encalada al fondo, un sumidero que se atasca cuando caen hojas y una galería estrecha por la que se llega al cuarto de los embalajes.

Por las mañanas, durante las semanas que lleva observándolo, el sol entra por encima de un tejado y cruza el suelo hasta retirarse bajo el alero opuesto; de nueve a once, aproximadamente, Gabriel puede trabajar con luz directa en el espacio de la silla.

Conoce esa franja por las cajas que ha tenido que apartar para que no se recalienten.

Ahora despeja también un trecho de pared.

Al mover una tabla descubre detrás una marca seca de barro, más alta que las otras, y el cuerpo encogido de una lagartija que había buscado refugio allí.

Trae las fotografías de Consuelo, la transcripción, una regla de madera y dos libros de cuentas cerrados.

Ha pasado parte de la noche mirando el espejo bajo la lámpara, avergonzado a ratos de su impaciencia, como si estuviera a punto de pedirle a una compra que justificara los años empleados en alcanzarla.

El metal no le ha dado más que reflejos pobres.

Ni siquiera puede afirmar que sea el objeto de aquellas páginas; la noticia del japonés de Dilao es demasiado antigua, el rastro entre unos hombres y otros demasiado incompleto.

Se dice que solo va a probar una cosa. La frase le permite salir con todo preparado.