Sucesión Hébrard
La aportación se hace en enero, después de que Gabriel consiga cobrar una de las cuentas pendientes de Manila y discutir una comisión que, repartida entre dos intermediarios, había crecido sin que aumentase el trabajo.
Firma sobre una mesa de Hong Kong. La sociedad le permite expedir mercancías con una dirección estable, pero durante las primeras semanas apenas dispone de dinero que pueda gastar sin consultarlo; cuando el empleado le entrega las copias, descubre que aquello que había imaginado como una salida exige ahora regresar, responder cartas, conservar recibos.
Pide una segunda carpeta. En una guarda los documentos de la compañía; en la otra, la cuenta de Ismail y los papeles que no ha aportado al negocio.
Antes de volver a Saigón escribe a Musa.
Quiere unas fotografías de los cuadernos de Consuelo, ciertas páginas que podrá reconocer por la fecha puesta a lápiz, y adjunta una carta para ella que tarda más en terminar que la relación de gastos.
Había empezado preguntando por su salud.
Al releerlo le desagrada la facilidad con que ese comienzo le permite demorar la petición; conserva la pregunta, porque desea saber cómo está, y debajo escribe que hubo una noticia sobre un espejo, una noticia que encontró mientras trataba de leer lo de su padre y que no incluyó en la hoja que le dejó al marcharse.
No explica todavía cuánto ha pensado en aquello.
Le cuesta más confesar una omisión pequeña que volver a relatar las penurias con las que podría disculparla.
La respuesta llega por Musa. Consuelo ha permitido que un fotógrafo vaya a ver los libros; los ha abierto ella misma, ha retirado la mano cuando se lo han pedido y ha vuelto a guardarlos al terminar.
Los gastos figuran aparte, pagados, sin descontarlos del jornal de nadie.
En su carta, escrita en tagalo, Consuelo pregunta qué ha sabido del espejo y le recuerda que espera noticias de las otras páginas.
No hay reproche sobre la despedida de marzo.
Gabriel lee dos veces ese silencio, tentado de tomarlo por una absolución que ella no ha escrito.
Después recoge las fotografías: dos salen demasiado oscuras cerca de la costura; en otra, una esquina queda bajo la sombra de un dedo.
Sobre la mesa puede disponerlas de manera que las líneas continúen. Los cuadernos se han quedado en Culión.
A la luz de una lámpara, con las copias sujetas por vasos vacíos, trabaja durante varias noches en la escritura que Sayer le ayudó a abrir.
Ahora le falta la impaciencia del inglés, su modo de rechazar una solución demasiado cómoda.
Hay signos que recuerda y otros que ha simplificado en la memoria, hasta el punto de que debe volver atrás cuando una frase parece obedecerlo con excesiva facilidad.
Separa las tres noticias del japonés de Dilao, el capitán y la sangre que habría de reunirse.
En ninguna encuentra dimensiones, un dibujo, la disposición de un mango.
El hombre que escribió aquello no había visto el objeto.
Gabriel deja al lado del papel la regla que había sacado sin pensar.
Una línea próxima, que antes no consiguió resolver, menciona una advertencia transmitida con la historia: después de limpiar el espejo se veía menos.
No puede reconstruir todos los enlaces de esa tradición ni saber qué llamaban limpiar quienes la contaban.
Copia las palabras legibles, deja un espacio donde duda y sigue.
Es una indicación bastante pobre para buscar entre miles de cosas.
Podría referirse a una lámina ennegrecida, a un metal cubierto de figuras, incluso a un relato que hubiera acabado prestándole a un utensilio común las propiedades de otro.
Sin embargo, cuando vuelve a guardar las copias, las coloca encima de los documentos de la compañía, donde estarán más a mano al abrir la carpeta.
Regresa a Saigón en agosto. Lo llaman monsieur Lê antes de que tenga tiempo de decidir cuánto de su madre cabe en ese nombre pronunciado por un empleado que solo espera una firma.
Contesta. Hay un coche contratado, una dirección de almacén y una habitación donde han dejado una jarra con agua; la modestia de aquellas comodidades le produce una satisfacción que procura ocultar, como si aún hubiera alguien encargado de medir lo que le corresponde.
Se lava la cara y tarda en secársela. Bajo los párpados cerrados persiste la claridad del camino, con sus tramos de polvo, los vehículos inmóviles, los hombres que se acercaban a las ventanillas y volvían a retirarse al ponerse en marcha la fila.
La primera tarde baja por la calle que sigue llamando Catinat cuando piensa, aunque en las placas diga Tự Do, y el desacuerdo entre esos dos nombres lo acompaña con una incomodidad que no puede atribuir solamente a la nostalgia: el que conserva en la cabeza tampoco había sido siempre el de la calle, ni lo pronunciaban del mismo modo su madre, los clientes del taller y los hombres ante quienes Sixto se quitaba la gorra.
Hay fachadas que reconoce por un balcón y no por la puerta; otras parecen haber cambiado de altura porque han retirado una marquesina, dejando a la vista una franja de pared más clara que no había recibido la intemperie.
Se detiene bajo una persiana de hierro. En el lugar de un escaparate que recuerda hay botellas ordenadas en escalones, y al fondo una mujer cuenta billetes sobre un plato mientras otra se calza un zapato, apoyada de espaldas a la barra.
Los rótulos nuevos reclaman la mirada desde encima de los viejos.
El inglés ocupa el vidrio y la chapa, promete música, bebidas, habitaciones; un nombre francés permanece en el relieve de una cornisa que nadie se ha tomado el trabajo de picar.
Gabriel pasa frente a una puerta abierta y oye el hielo chocar dentro de un vaso.
En una pizarra han escrito Saigon tea. Dos hombres discuten el precio de unas consumiciones con la gravedad de quien cree haber sido estafado por primera vez, y la mujer que los atiende espera, sin dejar de secar la misma copa.
Un muchacho empuja su bicicleta entre las mesas.
Pide paso en vietnamita, después lo pide con el hombro.
No logra poner aquella calle sobre la de su infancia sin que algo quede fuera.
Al acercarse al río, el espacio se ensancha y deja entrar una luz que aplana las distancias: los troncos de los árboles, el borde del muelle, las embarcaciones que se cruzan detrás de un camión parecen ocupar durante un instante la misma superficie; luego una gabarra se separa de la orilla y el agua vuelve a interponer su anchura.
Gabriel se queda mirándola. Ha pasado años calculando el trabajo que cuesta mover una carga, pero aún recuerda haber creído que la corriente se llevaba las cosas sin necesidad de nadie.
En el camino de vuelta toma una calle más larga para no pasar frente al lugar donde cree que estuvo una de las entradas del taller.
Ha dicho cree, incluso para sí, y esa precaución lo enoja: podría ir, contar las puertas, preguntar; lo que teme no es equivocarse de fachada, sino acertar y encontrar una actividad que no necesite ninguna de las explicaciones que él lleva preparadas.
Un zapatero podría indicarle que antes hubo allí otro negocio.
Una mujer podría recordar a Sixto y añadir un detalle que contradijera los pocos que Gabriel ha protegido.
Se permite no averiguarlo esa tarde. Compra fruta en un puesto y se queda comiendo junto al carro mientras la vendedora aparta las piezas golpeadas; la destreza de sus dedos le recuerda a Marguerite, aunque su madre no hubiera hecho nunca ese trabajo, y reconoce en la semejanza la urgencia con que anda buscando a alguien en cada gesto.
Cuando termina, le pide otra pieza para llevar.
La mujer escoge una más madura y le advierte que debe comerla esa noche.
La ruptura con Francia, en junio, ha entrado en las conversaciones de los comerciantes como entra una variación de portes.
Un hombre le dice que el consulado sigue atendiendo asuntos; otro asegura que ya no se puede hacer nada sin conocer a alguien.
No coinciden ni siquiera en aquello que cada uno dice haber gestionado la semana anterior.
Gabriel escucha. No tiene un trámite que presentar allí.
Le interesa más la mujer que ofrece el mobiliario de una casa antes de irse y que, al pedir por una mesa una cantidad excesiva, añade que su marido había mandado hacerla, como si el nombre de ese hombre pudiera seguir sosteniendo el precio después de que ella abandone la ciudad.
Empieza por los anticuarios de Tự Do. Mira lacas de Thành Lễ cuya negrura, bajo el barniz, parece tener una profundidad que la mano podría atravesar; mira árboles de nácar, un paisaje en el que el oro concentra la luz alrededor de una barca, marfiles guardados lejos del borde y bronces que el vendedor sitúa en Huế con una seguridad que Gabriel no sabe comprobar.
Ha aprendido a oír cuándo un comerciante describe una pieza y cuándo describe al comprador que espera.
Se deja hablar en francés. Cuando pregunta por espejos de metal, la conversación suele detenerse lo justo para que el otro cambie de mercancía y de tono.
Le enseñan discos pequeños, mangos partidos, un espejo montado en una caja moderna para que parezca un objeto completo.
A veces entra por una compra posible y pregunta después; otras pregunta de inmediato, cansado de pagar por el derecho a interesarse.
Un dependiente, que ya lo conoce, le guarda durante dos semanas una pieza con dos aves en el dorso.
Gabriel la examina, le da las gracias y la devuelve.
El muchacho no disimula el fastidio. Había rechazado una oferta por esperarlo.
Gabriel se pregunta si ha empezado a causar a los demás las pequeñas pérdidas que él mismo suma con tanto cuidado.